Por Santiago Peñoñori Gaona
No le gusta el fútbol, pero su amigo trabaja en prensa del club y él lo acompaña. Llega al estadio Tres de Febrero y no entiende lo que pasa. Los equipos ingresan a la cancha, se forman y, lejos de llamarle la atención alguna cuestión táctica, lo alerta otra cosa. Cree que el centrodelantero del equipo se llama Unión Ganadera; ve que los laterales también llevan ese nombre en la espalda; imagina que puede tratarse de una publicidad, aunque duda. El capitán y arquero no lleva puesta la misma vestimenta que sus compañeros. Si tiene una camiseta distinta, será como en el vóley, piensa. Tambu… Tamburii… Tamburrini. ¿Qué marca es Tamburrini? El capitán de Almagro lleva una camiseta con ese nombre. ¿Cuánta plata puso ese tal Tamburrini para que todo el estadio lo aplauda de pie?
“Parate, nene”, le dice un plateista de esos que besa el mismo plástico del mismo asiento con su culo desde que el mundo era en blanco y negro. “No hay minutos de silencio, acá es minuto de aplausos. Sería contradictorio hacer un minuto de silencio por Claudio”, agrega. ¿Quién es Claudio?, le consulta. El viejo lo mira extrañado y, una vez finalizado el aplauso, le señala con el índice de su mano la butaca; luego se lo lleva a sus labios rogando silencio y comienza con el sermón:
Claudio Tamburrini es exfutbolista, filósofo, escritor y dramaturgo. Estudiaba Filosofía y militaba en la Federación Juvenil Comunista, cuando fue secuestrado el 23 de noviembre de 1977 y trasladado a la Mansión Seré en Castelar, un centro clandestino a cargo de la Fuerza Aérea. Como Albert Camus, era arquero y atajaba en Almagro, club en el que, al igual que el filósofo francés, no solo aprendió de fútbol.
Estuvo detenido 120 días en los que sufrió todo tipo de tortura. Su libro “Pase Libre: La fuga de la Mansión Sere” y la película “Crónica de una fuga”, basada en él, narran los hechos con lujo de detalles. Allí, Tamburrini reconoce haber creído que la detención era una simple confusión, pero los incesantes picanazos en su cuerpo le demostraron lo contrario. Con arrojo y acompañado de tres compañeros de cautiverio (Daniel Russomano, Guillermo Fernández y Carlos García) pudo escapar el 24 de marzo de 1978 en una noche de tormenta. El día que se cumplían dos años del golpe de estado perpetrado por las Fuerzas Armadas contra María Estela Martínez de Perón. En 1979 emigró a Suecia, país en el que hoy vive y donde construyó su vida, alejado de las tierras que lo vieron nacer.
Hasta allí le resume la historia el viejo plateista y lo deja recalculando. Motivado por la curiosidad, en el camino de regreso a su casa le escribe a su amigo que trabaja en el departamento prensa del club tricolor. Necesito el número de Tamburrini, le dice. “¿De Tamburrini?”, le responde asombrado el amigo, y en el mismo instante se da cuenta de que lo que necesita es el número de Emiliano González. El arquero y capitán de Almagro que homenajeó a Claudio Tamburrini en el partido contra Quilmes. Se lo pasa. El joven no duda en llamarlo:
-¿Conocías la historia de Claudio Tamburrini?
-No, no la conocía. Me la contaron resumida antes de entrar a la cancha y después, cuando llegué a mi casa, me puse a leerla y vi la película. Es una historia muy conmovedora.
-¿Cómo surgió la idea?
-Fue una idea del club. La camiseta la llevamos puesta el arquero suplente y yo con mucho orgullo.
-¿Generó alguna repercusión en el vestuario?
-Todos lo aceptaron sin problemas. Está bueno que esta generación más joven llegue a un acuerdo común respecto al tema. Es más, todos los chicos llevaron el pañuelo en el pecho de su camiseta.
-¿De qué manera crees que el fútbol puede aportar a la construcción de memoria de la sociedad?
-El fútbol moviliza un montón de gente y tiene mucho alcance, por eso está bueno aprovechar eso para tratar temas importantes como este. Además, que tantos clubes hayan hecho homenajes es bueno para la sociedad porque demuestra que lo que sucedió no le es ajeno a nadie.
Cuelga el teléfono conmovido y sonríe. La charla con Emiliano González le sirvió para entender que de fútbol no sabe nada, pero el concepto de sembrar memoria le quedó clarísimo.



