sábado, marzo 21, 2026

Entre la raqueta y la resistencia: la historia de Daniel Schapira

Por Valentina Gómez Focht

Una red lo separaba de su rival cada vez que pisaba una cancha, pero nada lo separó del terror de todo aquel que pensaba en la década de los 70´, los militares. Daniel Schapira se crió entre polvo de ladrillo. Se formó en Gimnasia y Esgrima (GEBA) hasta 1968 y luego en el Club Comercio y San Lorenzo, a pesar de ser gran hincha de Racing.

Cuando tuvo edad suficiente comenzó a transmitir a los más pequeños todo su conocimiento y pasión sobre el tenis en DAOM y luego en Maccabi. Siempre se destacó en su disciplina llegando a ubicarse en el top 10 nacional en tres ocasiones diferentes y jugando contra Guillermo Vilas antes de que éste despegara su carrera en Australian Open de 1974.

Pero el tenis no era lo único que enseñaba: “Daniel fue mi profesor de tenis en el club Macabi, pero era mucho más que eso. Al costado de la cancha, a la sombra, nos hablaba de política, de filosofía. No lo hacía con un fin partidario: nos hacía pensar. Nos llevaba a mirar las clasificaciones de los torneos porque decía que ahí estaba el verdadero tenis, lejos de los oropeles, lejos de la fanfarria”, contó Oscar Pinco en una nota para Los Andes, revista mendocina. 

Fuera de la cancha también era excepcional. Estudiaba derecho en la UBA y, gracias a su compromiso e intelecto logró ser  ayudante de cátedra de Derecho Constitucional, a cargo de Rodolfo Ortega Peña, quien fue asesinado por la Triple A en 1974, y Eduardo Luis Duhalde. 

Además estuvo un tiempo en Córdoba como cuadro de la Juventud Universitaria Peronista, donde recibió tres balazos por parte de las fuerzas militares. Sin embargo, escapó y llegó a Buenos Aires en tren, con un yeso y en silla de ruedas. Su familia intentó convencerlo de que se retirara del país, pero se negó rotundamente ya que decía que defendía sus ideales y derechos y que no iba a traicionar a sus compañeros. 

A pesar de ser perseguido político y tener que mantener distancia de su familia para protegerlos, llamaba a su hermano a diario para saber cómo estaban y seguir de cerca su actividad tenística. Ese maestro, que lo fue hasta el final, fue secuestrado por un grupo de tareas el 7 de abril de 1977 cuando viajaba en colectivo por San Juan y Boedo. 

Fue trasladado a las ESMA donde lo castigaron por defender su forma de pensar tirándole dardos venenosos para “ver si realmente hacian daño”. Cuando ocurrió este hecho, su mujer, Andrea Yankilevich, estaba embarazada de un mes. Daniel nunca llegó a enterarse de que iba a ser padre. Su hijo nació en cautiverio durante la dictadura, pero luego fue restituido a su abuela. Hoy, ese hijo, que también se llama Daniel, milita por la memoria y los derechos de los niños nacidos en cautiverio dentro de la organización H.I.J.O.S.

Guillermo Vilas, en un homenaje a Schapira.

Schapira fue una  gran persona dentro y fuera de la cancha y nunca podrá recibir el suficiente reconocimiento por haber luchado hasta con su vida por compartir todos sus ideales y pasiones. Aun así Racing lo intentó nombrándolo como uno de los 46 “socios eternos”, al igual que Maccabi y San Lorenzo.  

Por su parte, la Asociación Argentina de Tenis, le rindió homenaje tan sólo en 2005 y 2006 con la Copa Daniel Schapira. Mientras que en Italia, Raul Brambilla y Alessandro Mastroluca investigaron y escribieron la historia de Shapira en el libro  “dónde está Daniel Schapira”. Además de su relato nos dejaron una verdad que a 50 años de la dictadura mucha gente no comprende y ellos sí: “Un país sin memoria, sin verdad y sin justicia es un país bárbaro. Ustedes, en Argentina, saben bien que una persona muere sólo cuando nadie la recuerda”. 

Cada 18 de octubre se celebra el Día del Profesor de Tenis, en conmemoración del nacimiento de este gran maestro, no solo del deporte sino también de la vida. Recordar a Daniel Schapira, y a los 29.999 restantes, es una responsabilidad del pueblo argentino que va mucho más allá de cada 24 de marzo. Ellos dieron su vida por un país más justo, y la única manera de honrar ese legado es sostener su memoria todos los días y cumplir una promesa inquebrantable: Nunca Más.

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