sábado, marzo 21, 2026

Buenos Aires Herald, el mensajero en la Argentina del horror

Por Lucas Sotelo

Robert Cox tenía cinco años cuando escuchó por primera vez sobre el fascismo. Era 1938 y las bombas nazis de la Luftwaffe caían todos los días sobre Londres, hogar del pequeño Bob, hijo de Edward John Cox. Edward, desde sus trece miembro del Ejército, fue mensajero a caballo en la Primera Guerra Mundial y patrullero callejero en la Segunda. Robert, marcado por la prematura muerte de su padre y su posterior mudanza a la localidad costera de Frinton-on-Sea, conoció el periodismo a sus catorce como repartidor de diarios. Años después, ya con un bagaje acumulado como redactor de notas necrológicas en el East Essex Gazette, fue contratado como criptógrafo por la Marina Real británica para la Guerra de Corea, preludio de la Guerra Fría. Pudo morir en la altamar. Pero el ya mayor Bob quería más que un par de medallas de combate. Y así, tras responder a un aviso clasificado en el World Press News, es como llegó en 1959 a la Argentina del peronismo proscripto y la presión militar legitimada quien, desde 1968, cambiaría por completo la historia del Buenos Aires Herald como su director. El mensajero en tiempos de gritos ahogados y de horrores silenciados.

Antes de Cox, el Herald era un “espectador de una obra de la que se sentía ajeno”, como escribe Sebastián Lacunza, periodista político y último director del diario desde 2013 hasta el cierre de su redacción en julio de 2017, en el libro “El testigo inglés”. En sus páginas, Lacunza repasa luces y sombras durante la existencia de este medio conservador-liberal, fundado cien años antes de que la dictadura de Jorge Rafael Videla asestara el golpe de los golpes el 24 de marzo de 1976. Cercano a los sectores militares por su distancia y repudio hacia “el terrorismo de izquierda” de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el Herald apoyó en primera instancia a la Junta. Pero cuando “la gente dejó de aparecer”, Cox -como cuenta en “El mensajero”, documental dirigido por el cineasta australiano Jayson McNamara quien, además, produjo una película sobre la vida de Nora Cortiñas- “no vio otra posibilidad que convertirse en periodista otra vez”. Y así, con el apoyo incondicional de Peter Manigault, dueño del diario, su medio empezó a publicarlo todo cuando no se publicaba nada.

Tapa del Buenos Aires Herald del 27 de mayo de 1976. El título: “Chicos secuestrados siguen desaparecidos”.

Por supuesto, esta decisión no estuvo exenta de presiones -a veces indirectas, otras mucho más directas- de parte de los sectores de poder. Desde la prohibición inicial a dar voz a los “hechos subversivos” hasta las amenazas de Carlos Pablo Carpintero, secretario de información pública, al editor escocés Andrew Graham-Yooll (“dejate de joder o te la vamos a dar”). Graham-Yooll, criado en Ranelagh -sur del conurbano bonaerense- y amigo personal del secuestrado Haroldo Conti, tuvo que exiliarse junto a su esposa en Londres. Desde tierras inglesas prosiguió su ya firme colaboración con Amnistía Internacional, que realizó una misión en el país entre el 6 y el 15 de noviembre de aquel oscuro 76’. Los militares, a través de medios afines, calificaron la visita del organismo de derechos humanos como una “campaña antiargentina” y afirmaron vínculos con el comunismo y los sectores guerrilleros. A contramano de todos, Cox defendió a AI, “una organización terriblemente incomprendida”. El informe final, presentado en marzo de 1977, contabilizó trescientos sesenta y cinco desaparecidos entre el golpe y enero de ese año. Serían treinta mil.

Faltaban días para el inicio del Mundial de 1978. Todo el mundo estaba pendiente de la pelota cuando treinta trabajadores de prensa fueron citados en la Casa Rosada. “Deben presentar una imagen perfecta de la Argentina”, consignó Albano Harguindeguy, en aquel entonces ministro del Interior. El Herald siguió publicando. Fue “núcleo de información” aun siendo parte de la “World Cupitis” (Mundialitis). Denunció la desaparición de Julián Delgado, director de El Cronista, y cuestionó la detención de Adolfo Pérez Esquivel, nominado al Premio Nobel de la Paz que ganaría en 1980. Y fue vocero de las “Madres locas de Plaza de Mayo”, presentadas sus vueltas ante el mundo por las televisiones de Holanda, Bélgica y Reino Unido y ante el país por la editorial “Una bomba de tiempo política”. “Es su imagen en las pantallas de televisión lo que dará la imagen de la Argentina durante el próximo campeonato por la Copa Mundial de Fútbol”, vaticinó Bob Cox, “una voz de otro mundo que sirvió muchísimo”, diría años después Estela de Carlotto.

La editorial “Una bomba de tiempo política”, escrita por Cox y publicada en el Herald el 17 de mayo de 1978.

Durante el mes en el que se gestó la primera estrella, Robert Cox disfrutó de “escribir y ver los partidos”. Pensó que “podía haber una chance de que los militares se volvieran decentes y que pararan”. Se emocionó con “las mayores multitudes de la historia argentina saliendo a las calles”. Pero ni el Argentina 3-1 Holanda pudo acallar los gritos que llegaban desde la ESMA. Tampoco evitaron las lluvias de papelitos y de festejos de gol las once gestiones personales o mediante nota de Cox ante Harguindeguy y su segundo, José David Ruiz Palacios. El sol de la victoria militar y deportiva, además, no pudo tapar el bosque de los tres años de recesión económica post-Rodrigazo y del descontento popular. La visita de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a raíz de la situación de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión detenido y torturado por la dictadura, evidenció nuevamente el contraste entre las actitudes serviles de la prensa general y la irreverencia del Herald, “el osado pequeño David”, en particular.

Tapa del Buenos Aires Herald del 26 de junio de 1978. “Argentina gana la Copa”, el título principal.

Pasó el tiempo y al director le pasaron las facturas. El 20 de noviembre de 1979, una carta-amenaza supuestamente escrita por Montoneros y dirigida a Peter, uno de los cinco hijos de Robert y Maud, fue la gota que colmó un vaso lleno de “recomendaciones” para dejar el país. Cox cedió, no sin publicar una última columna en el diario de su vida. “Au revoir” (“hasta luego”) fue el título. Denunció que la amenaza decisiva “vino de esa zona negra de la vida nacional que nadie desafía ni cuestiona”; defendió la existencia de “dos terrorismos”; agradeció a todos los que le habían escrito a raíz de su decisión de marcharse y explicitó su deseo de seguir vinculado al Herald pese a su partida. El 17 de diciembre, Robert Cox se fue “con gran dolor y convencido de que había traicionado a quienes lo habían defendido”. Pero las Madres de Plaza de Mayo, fieles a quien supo abrirles las puertas que todos les habían cerrado, le agradecieron en una solicitada paga en el diario La Prensa. “A Robert Cox: el periodista digno, el hombre íntegro”.

Solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, publicada en el diario La Prensa el 18 de diciembre de 1979.

James Neilson tomó la posta en el Buenos Aires Herald. Más frío que su predecesor, con Neilson “cambió el estilo, pero no la sustancia”. Así fue, al menos, hasta que los editores Daniel Newland, Andrew McLeod y Ronald Hansen borraron el nombre de Cox del diario y, con él, los últimos vestigios de su línea. “El Herald parece estar escrito por la Inteligencia naval”, se quejó Bob hacia el editor Ronald Hansen desde Estados Unidos durante la Guerra de Malvinas, en la que acusó al tridente editorial de hacer “el diario de (Emilio) Massera”. Cox no volvería a la Argentina hasta el retorno de la democracia, invitado personalmente por Raúl Alfonsín para su toma del mando presidencial. Poco después, su alejamiento definitivo con Neilson supuso su alejamiento definitivo del Herald. Fue citado como “testimonio crucial” por Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo a declarar en el Juicio de las Juntas en abril de 1985. Descompensado al recordar los horrores vividos en el primer intento, expuso durante cinco horas en el segundo. Encuentros con Videla. La Masacre de los Palotinos. Casos concretos de robos de hijos. Todo eso y más que eso al desnudo en la voz de un hombre que conoció el fascismo a sus cinco años. Y que, como director del Buenos Aires Herald, fue el mensajero en la Argentina del horror.

 

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