Por Lola Fariña Villaverde
Un aplauso, un saludo, una sonrisa o una imagen fueron suficientes para abrir un debate que dejó opiniones fuertemente divididas y puso en cuestión al capitán de la Selección Argentina. El encuentro entre Lionel Messi y Donald Trump, presidente de Estados Unidos, reavivó la discusión sobre el vínculo entre la política y el deporte.
En medio de la convulsión internacional marcada por la guerra en Medio Oriente, Messi se presentó en la Casa Blanca, junto al plantel del Inter Miami, luego de consagrarse campeón de la MLS (Major League Soccer). La escena circuló rápidamente en redes sociales, en medios de todo el mundo y volvió a poner sobre la mesa si este tipo de gestos deben interpretarse únicamente como parte del protocolo que rodea a los eventos deportivos o si inevitablemente adquieren un valor político.
La Casa Blanca suele recibir a distintos equipos campeones de diversas disciplinas profesionales y universitarias, de los cuales algunos, deciden no presentarse. En ese contexto, la situación invita a pensar qué lugar ocupa Messi en ese encuentro: si se trata del capitán de la Selección Argentina, de una de las máximas estrellas del fútbol mundial, del embajador de UNICEF y fundador de la Fundación Leo Messi o simplemente de un jugador que participa de una tradición institucional del deporte estadounidense. También abre la posibilidad que, frente a ese escenario, haberse presentado pudo haber supuesto un riesgo menor que no hacerlo, sobre todo si se consideran posibles intereses futbolísticos y el hecho de que una de las sedes del próximo Mundial, que iniciará en tres meses, es Estados Unidos. La superposición de estos roles desencadena otra discusión: hasta qué punto es posible separar al deportista del personaje público y del referente social que, voluntaria o involuntariamente, también representa.
Estas características pueden producir cierta contradicción al verlo afable y complaciente con una de las figuras más controversiales en la conflictiva actual. La imagen de Lionel Messi junto al presidente estadounidense, tensiona las distintas facetas que conviven en un referente público.
A su vez, el episodio puede leerse desde otra perspectiva, en la del modo en que el poder político se vincula con personas de gran exposición y utiliza su visibilidad, y apoyo, para reforzar o legitimar ciertos actos y decisiones, de forma directa o indirecta.
En ese cruce de interpretaciones aparece, quizás, el núcleo del debate. No solo qué significa ese encuentro puntual, sino también qué tipo de expectativas proyecta la sociedad sobre sus ídolos deportivos y sí un gesto como éste alcanza para cuestionar, o incluso “cancelar”, a una figura pública.



