lunes, enero 19, 2026

Pablo Erbin encontró otra vida

Por Iván Pozzo y Facundo Carratú

“El Cabezón” Pablo Erbín pertenece al selecto grupo de 102 jugadores que se dieron el lujo de vestir las camisetas de Boca y River. Criado en 25 de Mayo, un pueblo a unos 200 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, no fue de esos chicos que crecieron soñando con jugar en la Bombonera o el Monumental. Llegó al fútbol casi de rebote, cuando los estudios le dieron la espalda y lo único que le quedaba era probar suerte con la pelota. Cuenta con una extensa trayectoria en el ámbito local más allá de su paso por estas dos instituciones. Fue partícipe del recordado ascenso de Huracán en el 2000, y protagonizó uno de los momentos más comentados de los años 90´ al lesionar a Ricardo Enrique Bochini en el último partido de su carrera. Alejado del ruido de las tribunas, se sumergió en un mundo nuevo y desconocido.

Ocho de la mañana en Pilar. La casa de Erbín, el eterno “Cabezón”, respira calma. Lejos —muy lejos— quedaron el bullicio, los gritos y la multitud que alguna vez fueron parte de su vida. Si hoy hay una ley que rige su mundo, esa es la de la tranquilidad. Se estira sin apuro. El despertador ya no suena; ahora lo despierta el canto de algún pájaro rezagado. Saluda a su esposa, con esa complicidad de todos los días y se toma el primer sorbo de café, ese ritual que arranca la jornada. Su destino ya no es un vestuario lleno de adrenalina ni la manga de un estadio que lo escupe a la cancha. Hoy, el ex defensor cambió las canilleras y los botines por el campo abierto. Su meta es La Ellerstina, la meca del polo mundial. El viaje al trabajo no es una obligación pesada, sino un respiro que abraza la pausa.

El aire fresco de la Ruta Panamericana entra por la ventanilla de su camioneta negra. Es una mañana nívea, que huele a pasto húmedo y a tierra removida. En el camino, los recuerdos, como fantasmas bienintencionados, se mezclan con el paisaje. Se superponen imágenes: los entrenamientos espartanos en Temperley, donde la garra era el único pasaporte; los días de gloria en River Plate, con la banda roja cruzada en el pecho como un rayo; los clásicos eternos con Boca Juniors, donde el país entero se detenía y los gritos eran balas audibles. Los insultos, la euforia, el sabor salado de la derrota y el dulzor de la victoria. Todo aquello, la vida de camisetas sudadas, la presión mediática y los vestuarios de cemento, parece pertenecer a otra persona, a una existencia ya clausurada.

Pablo Erbin: De la pelota a la bocha, hay un solo paso

Mientras maneja, la tranquilidad y el silencio del campo lo ayuda a rebobinar la cinta de su propia historia. Piensa en sus orígenes en 25 de Mayo, su pueblo natal. Él era de esos pibes que querían ser algo más “serio”, algo que se distanciara de la pelota. La Escuela de Aviación le dijo que no, la veterinaria le cerró la puerta. Fue ahí, con los estudios dándole la espalda y el destino jugándose una ficha, que el fútbol apareció como última carta. Y qué carta fue: Temperley, un mes y medio a prueba, y al toque estaba debutando. Cero inferiores, cero vueltas: “Tenía un poco de roce por los partidos en la liga del pueblo pero nada comparado al fútbol profesional”, recordó sobre su primera experiencia en Primera.

Un defensor hueso duro, temperamental, que en un año y medio ya tenía al Bambino Veira siguiéndole el rastro: “Mi segundo partido fue la revancha contra San Lorenzo, empatamos 1 a 1, a Veira le gustó cómo jugué y ahí me empezó a seguir”, comentó Pablo.
Al llegar a La Ellerstina, Erbín desciende del auto. Ya en la entrada del club, lo esperan algunos petiseros, gente de campo, con los que se saluda con el código silencioso del abrazo corto y la sonrisa larga. Huele a establo limpio, a cuero curtido, a alfalfa. Es otro idioma sensorial. Allí, entre caballos que descansan con la nobleza de animales de raza y monturas colgadas en perfecto orden a “un caballo se lo cuida como a un jugador de primer nivel, tiene su entrenamiento, tiene que estar bien descansado y comer bien”, explicó Erbín.

En el predio se mueve con una naturalidad que desarma cualquier prejuicio. La misma facilidad y dominio territorial con la que antes recorría su área de defensa, la despliega ahora sobre el pasto abierto, supervisando rutinas. Cambió los rivales de carne y hueso por animales que son, en sí mismos, atletas de élite, y la adrenalina del contacto físico por una paz metódica que aprendió a disfrutar: “Es un mito que el polo es un deporte exclusivamente para la clase alta”, argumentó Erbín. Y concluyó en que la pasión y los valores del deporte radican en el día a día del campo.

Su jornada es una sinfonía de disciplina. Su rol, hoy esencial para la estructura del equipo, no está en meter la pierna para desarmar un ataque, sino en cuidar el motor silencioso de cada jugador: el caballo. Revisa dietas, conversa con los jinetes sobre las cargas de trabajo, observa la preparación física equina con la misma seriedad con la que antes estudiaba un video del delantero rival. Cada movimiento es medido, cada detalle importa. “El polo también es sacrificio, disciplina, esfuerzo”, suele decir.

Pablo Erbin: De la pelota a la bocha, hay un solo paso

Y esa frase, que repite a quien quiera escucharlo, se convierte en un mantra, un puente entre su vida pasada y la actual. Es la misma cabeza decidida, la misma exigencia que le valió la admiración y la crítica en los estadios, ahora aplicada a la anatomía de un purasangre.

Pero estos días, la calma tiene un pulso distinto, una tensión que se respira en el aire fino de Pilar. El Campeonato Argentino Abierto de Polo, conocido simplemente como el Abierto de Palermo, ya está en marcha. Es el torneo más prestigioso del mundo, la cúspide de la temporada. En La Ellerstina se siente esa mezcla de concentración, tensión y expectativa que solo tienen los grandes equipos. Cada entrenamiento tiene un peso específico: las charlas son más largas, las rutinas más minuciosas, la exigencia más notoria. Pablo lo sabe. Su meta sigue siendo clara, tan clara como cuando entraba a una cancha con la banda roja o la azul y oro en el pecho: ganar, aunque sea desde este costado del alambrado.

—¿Qué es más difícil: ganar la Copa Libertadores o la Triple Corona?
—Y… todo es difícil en el deporte, no hay nada fácil. Ganar la Triple Corona es una exigencia muy grande. La única diferencia es que en la Libertadores hay muchos equipos que la juegan, y en el polo no hay tantos.

A media mañana, hay un descanso. Unos mates compartidos con su círculo de confianza. Y ahí, en el vapor de la bombilla, reaparecen los fantasmas viejos, aquellos que se niegan a quedar sepultados. El recuerdo de 1986, cuando Veira lo llevó a River. Él sabía que no era parte de la gloria eterna de la Copa Libertadores, no sintió esa espina por no ir a Japón con el equipo campeón. Para él, el verdadero bombazo fue el cruce de vereda a Boca, con Alegre de por medio: “El plantel lo recibió muy bien desde el principio, es uno de los tipos más extraordinarios que conocí en mi vida”, declaró Fabian Carrizo, quien fue compañero en Boca y Huracán.

En su memoria, la jugada más resonante siempre será el famoso patadón a Ricardo Enrique Bochini en 1991, cuando defendía los colores de Estudiantes de la Plata en un partido contra Independiente. Un roce normal del deporte, sin mala leche, que terminó en fractura, en escándalo mediático y en la necesidad de escolta policial para protegerlo: “Me acuerdo que le tiran una pelota y amaga para la izquierda pero sale hacia la derecha. Yo seguí de largo y le pegué en la pierna que arrastraba una lesión. Me tuve que ir con la policía porque me querían matar”, agregó Erbín. Hoy se ríe, porque hasta sus amigos más cercanos, como Fernando Di Carlo, lo cargan en broma: “cállate que vos lesionaste a Bochini”. Sin embargo, el “Tero” estuvo presente desde la tribuna en aquel encuentro y reconoció que la infracción no se vio tan grave, más bien fue una situación de partido.

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Esa firmeza, esa garra de no dar una pelota por perdida, fue la que lo definió en cada club, desde “La Banda” hasta el “Calamar”. Y su filosofía sobre la presión siempre fue brutalmente honesta: “Si andás bien, te aplauden igual. Y si te va mal, te critican como si fueras el peor. Así es el fútbol“, sentenció entre risas. En el polo, el escrutinio es diferente, más silencioso, pero la exigencia es la misma. Los errores se pagan con torneos perdidos. El concepto de la alta competencia es idéntico, solo cambió el escenario y el objeto de su desvelo.

Cerca del mediodía, mientras camina entre los corrales, la mente le trae el recuerdo del final de su carrera: el ascenso con Huracán en el año 2000. Después de dos descensos amargos con Estudiantes y Platense, fue el “El Gringo” Babington quien lo llamó para poner orden en un vestuario en llamas: “Siempre me sorprendió porque a pesar de ser más suplente que titular colaboró mucho afuera, fue muy positivo. Sin dudas uno de las personas más importantes de ese grupo”, destacó Carlos Babington. Él, ya veterano, aceptó ser el líder silencioso: “Fueron tres años muy lindos ya que cuando uno es más veterano no se fija solamente en jugar. Disfruté ir por la mañana, así se gestó el grupo”, expresó Erbín.

En aquella recordada final frente a Quilmes por el ascenso, en la ida el “Globo” se impuso por 1 a 0. Pablo entró por la ventana por la expulsión de Cáceres y completó uno de sus mejores partidos en el club: “Jugó un partido extraordinario, lo ganamos con gol de Gastón Casas y la solidez defensiva que tuvo Pablo fue tremenda”, comentó Fabián Carrizo. En la vuelta no tuvo minutos y tras empatar 1 a 1 con gol de Di Carlo, Huracán volvió a Primera y se quitó una espina luego de los descensos que tuvo en Estudiantes y Platense. Además, que considera la recuperación de categoría como el logro más importante que tuvo en su carrera: “En tema títulos fue el más importante porque fue el único que gané en mi carrera”. Ese ascenso fue la frutilla del postre, la revancha personal que cerró el círculo, el último grito de la multitud que se llevó.

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A veces, mientras el sol se levanta sobre los corrales y tiñe el pasto de un dorado intenso, Pablo se detiene un momento a mirar el horizonte. Quizás piensa en ese destino que le fue negado en su pueblo, antes de que el fútbol lo eligiera. Quizás recuerda aquel día en que le avisaron que iba a concentrar y, sin saber cómo, ya estaba en Primera. O los clásicos que lo encontraban firme en la defensa, sin miedo a las críticas, un muro de huesos duros y voluntad inquebrantable.

A media tarde, el trabajo físico con los caballos se intensifica. Hay una camaradería sobria en Ellerstina, un entendimiento mutuo de que todos están al servicio de una misma ambición. Ya no hay tribunas, pero la competencia sigue latiendo en cada gota de sudor. En silencio, con otro uniforme y otro escenario, el mismo espíritu combativo que lo llevó a enfrentar a los mejores delanteros del mundo se mantiene intacto.

“Acá encontré otra vida”, remarcó en reiteradas ocasiones. Y la verdad de esa frase se nota en sus gestos: en su forma pausada de hablar, en la serenidad con la que mira todo, en el afecto sencillo que reparte. Lleva más años en este mundo de campo que los que pasó defendiendo delanteros. Lo que realmente valora de su pasado es el sedimento: los amigos que le dejó el fútbol y la lealtad que solo se forja en la trinchera.

Aquellos que compartieron vestuario con Pablo destacaron lo humano por sobre lo buen defensor que supo ser: “Un hermano del alma, de los mejores amigos que me dejó el fútbol”, comentó Fernando Moner. Mientras que Di Carlo remarcó el respeto y humildad: “Él me pasaba a buscar con el auto cuando no me conocía nadie y el Cabezón ya había jugado en los dos clubes más grandes de Argentina”.

Cuando el sol empieza a ceder y la oscuridad toma protagonismo, Erbín termina su jornada. La rutina se desarma con la calma que lo caracteriza. Vuelve a casa, regresa a Pilar. Maneja despacio, sin necesidad de radio, sin ninguna prisa por llegar. La ruta con tránsito lo acompaña, y el día se cierra igual que empezó: relajado. El hombre que alguna vez escuchó el estruendo de multitudes coreando su nombre o en su defecto que recibió insultos por parte de la hinchada rival, hoy encuentra pleno sentido en el ruido sordo del viento sobre el parabrisas.

Cambió la gloria inmediata por la paz duradera. Pero la ambición, esa chispa esencial que define al atleta de élite, sigue ahí, intacta. Porque en el Abierto de Palermo, Pablo Erbín todavía juega —aunque desde otro lugar— para ganar. Y en esa paz conquistada, a kilómetros de la Bombonera o del Monumental, el “Cabezón” encontró finalmente su lugar en el mundo.

 

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