sábado, mayo 18, 2024

Futbol ciego: empatía, juego y pasión

Por Guadalupe Marcati

En el folklore del fútbol, hay frases cotidianas que uno repite cuando juega…”Fijate a donde das el pase”, “Te vi solo por eso te la pasé”,  “Mírame que estoy libre”, son lo que uno considera normales. Pero… ¿Si estas frases son dichas por una persona no vidente?.

Día nublado en Palermo, la Plaza República del Ecuador se llenó de personas. Se escuchaban distintos idiomas, había puestos de comida, de suplementos deportivos. La tercera edición de “Unión Europea Bs As Run” fue organizada por la sede argentina de la entidad geopolítica que lleva el nombre de la carrera en la que participaron cerca de 12.000 personas. Entre ellas María, profesora de educación física de Lanús, que se acercó para acompañar a su hijo Ariel, quién decidió seguir los pasos de su madre. Al finalizar la carrera aprovecharon y observaron las distintas actividades que proponía el evento: Beach voley, handball y fútbol.

Este último, inventado en Inglaterra pero el más “argento” de todos, fue el que más llamó la atención de los presentes. Una cancha marcada por un pelotero, dos arcos chicos. Dos contra dos. No por la “coca” sino por la experiencia de que te gambetee un campeón del mundo.

Oscar Moreno mostró su destreza complementada por su simpatía. Fue campeón del mundo en 2002 y 2006, medallista paralímpico en Atenas 2004 y campeón de América en 2005. Allí estaba, enseñando que su deporte es más complejo que cualquiera. Acompañado por el jugador de River Plate, Vicente Zuccala y dos integrantes de la selección argentina, Miguel “Juja” González y Nazareno Villamayor Greco, brindaron una experiencia empática con quienes participaban de su actividad. No estaban solos, los acompañaba Mateo Díaz Raful, arquero de Huracán. Con su voz imponente, templanza y rapidez mental guiaba a los futbolistas dentro y fuera de la cancha. Mateo era el líder, pero no nato. “Jamás lo fui, aprendí a serlo. Soy los ojos de mis compañeros, si no sabía guiar, liderar, no podría jamás dedicarme a esto. Me adapté y soy mejor deportista gracias a ellos”, reconoció.

Reconocer, rapidez, templanza. Si, son palabras que utilizamos como en este texto con mucha fluidez. Pero para un no vidente son tres virtudes fundamentales. Momento de que la gente los conozca, que ellos conozcan. La entrada en calor en primera instancia fue caminar, distinguir, tocar, analizar mentalmente el sector de juego, después vino la activación muscular. Una vez listos, jugaron entre ellos. Dos contra dos. Oscar y “Vicen”, histórico de los Murciélagos y uno de los valores del “Millonario”, se enfrentaron al presente de la selección, Naza y “Juja”. Lo hicieron parecer fácil. Pases, toques, silencio fuera y gritos dentro. Respeto. El árbitro era la persona más capacitada del país. Enrique Nardone, primer entrenador de fútbol para ciegos en Argentina y uno de los creadores del reglamento que hasta hoy sigue vigente. “¿Quién se anima?” decía el juez mientras se acercaba con simpatía a convencerte de que juegues. “Vivan la experiencia que no se van a arrepentir” y así fue como los presentes formaban tríos. Uno al arco y dos a jugar.

El partido entre los futbolistas profesionales lo ganaron Oscar y Vicente, así que se quedaron en el campo de juego a enfrentar a los retadores. Otra vez, dos contra dos. Cuatro minutos divididos en dos tiempos. El primero cada uno jugaba con sus condiciones, en el segundo era la experiencia de la que hablaba “Quique”. Los que se animaban a desafiarlos debían ponerse los antifaces y jugar sin uno de los sentidos. Sin visión y afinar el oído. La escucha es fundamental pero no es solo eso. La orientación espacial, el reconocimiento del lugar, todo lo que los jugadores habían hecho antes de la movilidad articular.

Cada partido no solo era una experiencia sino un aprendizaje. Enrique y Mateo, cada uno desde su rol enseñaban cómo se jugaba. La importancia de gritar “VOY”, fuerte y claro. Aquel que no avisaba, era advertido. Al momento de terminar el partido quienes se sacaban el antifaz, abrazaban a los jugadores, los felicitaban, les agradecían. María y su hijo se animaron; jugaron contra Naza y “Juja”. Risas, cuidado, dudas, preguntas. Todo eso en cuatro minutos. Quique tocó el silbato y dijo: “María, Ariel, pónganse los antifaces” y desde afuera Oscar gritó: “Ahora los quiero ver” causando risas entre los presentes. Cada vez que uno de los chicos tocaba la pelota era un lujo verlos. Pases, gambetas, giros, caños. Fútbol pibe, el del barrio. Pero con esa maravilla de saber que ellos tienen una complejidad mayor y juegan mejor que cualquiera de los presentes. Cuando terminó su juego, la mujer de Lanús lo hizo con una sonrisa, miró a quienes estaban en ese lugar y expresó: “es realmente maravilloso, que feliz estoy de haber venido”. 

Varias personas que los enfrentaron, salían y se reunían entre ellos a hablar de la experiencia. Un señor canoso asombrado comentó que “lo que hacen ellos es maravilloso, dos minutos no tuve visión y por segundos me desesperé; ellos conviven con esa sensación e incluso pareciera que no la tienen”. Ariel salió de la cancha con satisfacción, si bien conocía del tema porque estudió la ceguera en el deporte, se sorprendió con la facilidad que se adaptaron. Él y su mamá sabían de la convocatoria de los jugadores pero “la verdad que no sabíamos que iba a ser una experiencia tan interesante, sentimos un orgullo muy grande por lo que hicieron”, reflexionó.

Mientras tanto, los partidos seguían. La gente que no hablaba en esas pequeñas reuniones, observaba, se asombraba y aplaudía. En cada uno se escuchaba algún chiste. “Ahora cambiamos” decía Quique cuando invitaba a los retadores a taparse los ojos. “Ahora vemos nosotros” dijo Vicente. Humor. Era una de las tantas características con la que se comunicaban. Cuando no les tocaba jugar, las personas se acercaban a hacerles preguntas y ellos respondieron contentos pero con seriedad. Estaban cumpliendo un objetivo: difundir su deporte. Nazareno sonreía mientras manifestaba: “La gente tenía muy buena predisposición. Desde el primer momento en el cual estaban en silencio, afuera de la cancha viendo y disfrutando de la entrada en calor y de los distintos partidos; incluso también, las personas que se animaron a participar con muchas ganas y buena voluntad”. 

Al terminar “Quique” Nardone estaba algo emocionado. “Yo estoy desde el inicio del deporte y ver cuánto creció es satisfactorio. Son deportistas de élite pero sobre todo grandes personas, humildes”, decía mientras aflojaba sus hombros en señal de que se cumplió el trabajo. Por su parte Mateo contaba que él es uno más en el grupo . En la cotidianeidad del equipo toma mates, charla, se divierte porque son personas, amigos, compañeros. Su banda. Cuando la jornada terminó, él era uno más, no un simple guía que acompañaba a los chicos al auto.

En su vuelta a Parque Patricios demostraba satisfacción. En esa caminata, desde la Plaza República del Ecuador hasta Juan B. Justo y Santa Fe, donde está la estación Palermo del subte “D”, analizó cada situación: “La gente tiene que entender. Lo que ellos hacen es un deporte de alto rendimiento y deben reconocerlo más. Por eso es importante que se hagan estas jornadas. Cuando viven la experiencia y logran comprender que lo que hacen es espectacular, se van como se fueron. Con el corazón lleno y con la cabeza abierta. Lo de este domingo es fundamental para que la gente tenga algo tan básico, simple y lindo como la empatía”. La gente la tuvo y la multiplicó, por eso había satisfacción en todos. Mateo en forma de chiste caminó hacia el subte con su mochila, guantes en mano, cerró los puños, sonrió y expresó: “Misión cumplida”.


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