viernes, abril 12, 2024

Sebastián Pena, sin edulcorante: “El entorno del fútbol me cansa”

Por Juan Tobías Graib

En el kilómetro 54 de la ruta Panamericana, dando la cara a la carretera más larga del mundo, el shopping Paseo Champagnat se luce en el corazón de la ciudad de Pilar: un verdadero punto de encuentro para jóvenes escolares y señoras con el chimento de siempre. Detrás del estacionamiento, en la cafetería Frik’s, Sebastián Pena pidió un cortado.

Tímido, pero de ropa apretada –esa que caracteriza a los futbolistas post-década de los 90’– y con las piernas cruzadas, Pena se sentó en la única mesa que se escondía detrás de un árbol. Como si el propósito detrás de esa decisión hubiera sido esconderse de algún hincha enojado del Real Pilar: su renuncia al puesto de entrenador del club “Monarca” todavía no cicatrizó, y la cercanía con el estadio Carlos Barraza aumentaba esa probabilidad.

A su apego con el club pilarense se le suma Nicolás, el segundo de sus cinco hijos: “Tenerlo en el plantel fue complicadísimo, lo subí a Primera porque se caía de maduro”, sentenció Pena, sobre quien lleva en sus botines un legado familiar.

Esa herencia empezó con Hugo, hace más de cincuenta años. El recordado defensor Tomate Pena le hizo honor a las camisetas de Chacarita Juniors, San Lorenzo, River Plate y Argentinos Juniors, durante los años ‘70. En el medio de esa exitosa época, trajo a Sebastián al mundo, un 3 de julio de 1976, en el barrio de Villa Devoto.

La Comuna 11, plagada de casas bajas y coloreada con graffitis de Diego Maradona, anida a la familia Pena hasta la actualidad, con su primo en La Paternal y su madre en la calle Cervantes. Después de la trágica muerte de Hugo, en 1981, ella acompañó a Sebastián a jugar a la pelota en el Club Jorge Newbery, cuando tenía ocho años.

Y empezó la extraña relación entre Pena y el fútbol: para 1994, la inevitable comparación con su papá, partida de su debut en Primera División en Argentinos Juniors. Ese mismo día, fue la publicación de la revista El Gráfico la que inmortalizó el apodo Tomatito, en honor a su padre.

Un ‘hat-trick’ de cabeza en la Selección Sub-20 de José Pekerman, tres partidos en el River Plate de Ramón Diaz, la puesta en forma en Independiente, un regreso fallido a Argentinos Juniors, su característico look rapado en Chacarita Juniors, pasos olvidables por Belgrano de Córdoba y Quilmes, sus tres hijos con Natalia, un viaje express al Atlas de México –que probó su pánico a los aviones–, seis meses sin jugar y un renacimiento en Tiro Federal Argentino. Todo condujo a Pena a Mar del Plata, en junio de 2007. Fue Julio César Huevo Toresani, DT de Aldosivi en ese entonces, el que tentó a Pena de mudarse otra vez de su Villa del Parque.

Su larga y vigente historia con el deporte dio un giro tras su paso por el Tiburón: “Si hay algo que extraño del fútbol, es la época de Aldosivi”, es una frase alimentada por cuatro años de capitanía, el curso de entrenador en 2010 y su encuentro con Laura, su segundo matrimonio, que dio dos hijos más al apellido Pena.

Se pidió otro café cortado, sin azúcar o edulcorante. “El entorno del fútbol me cansa”, reconoció. Varias fueron las veces en las que denunció un ambiente “ventajero, sucio y resentido”, con él formando parte de ese sistema. Hasta el 2014 como jugador profesional, y desde 2015 como director técnico.

Pena mantiene un estado físico digno de un deportista en actividad, pese a tener 47 años: “Voy al gimnasio todos los días para estar bien mentalmente, me hace bien”. En su casa, del vecindario Los Tilos, se toma agua durante la semana y gaseosa los fines de semana. Eran las seis de la tarde y pagó la merienda con su tarjeta de crédito. Buscó su auto y fue a una reunión de trabajo. Es cuestión de tiempo para que el fútbol le presente otro desafío.

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