lunes, mayo 20, 2024

Dos destinos y una pelota

Por Miguel Souto

Según la mitología griega, los seres más poderosos y respetados de aquellas historias eran las moiras. Temidas incluso por los propios dioses. Eran representadas por tres mujeres de túnicas blancas con el semblante inquebrantable y en cuyas manos se encontraba el destino de todos. Se encargaban de repartir a cada mortal una porción de la existencia al determinar el principio y el final de cada vida. En contraposición, la filosofía entiende al destino como el resultado de una cadena causal. Es decir, que las cosas suceden porque otros elementos del mismo plano las desencadenan, muchas veces sin premeditación ni lógica aparente. Las personas se dirimen entre una existencia donde todos los sucesos ya fueron sellados y son insoslayables o una en la que cada quien es dueño (a medias) de sus acciones y consecuencias. Oscilan así entre el orden de lo establecido o el caos de lo indeterminado. Aunque en general, en el día a día, las personas no se detienen a pensar sobre las diferentes ramas con las que se puede interpretar el flujo universal. En general. Todo cambia cuando un tiro libre, una definición poco certera o un arquero con buenos reflejos, sentencian el final de 71 vidas. 

La mirada de Martín Cauteruccio bailotea indecisa entre la pelota y el área a la que deberá dirigirla. Hacia cualquiera de los puntos cardinales que vea hay una tribuna repleta de mareas verdes. El 1 a 1 en el Nuevo Gasómetro, este 0 a 0 parcial y una polémica regla que desempata por mayor cantidad de goles en condición de visitante, coloca al equipo brasileño en la final. El estadio Arena Condá desafía su límite de 12.800 personas. La gente, hecha bollos unos con otros, se aprieta fuerte de su espíritu como si de eso dependiera que los once jugadores que están en el campo con sus mismas camisetas puedan espantar la pelota que caerá en su área en instantes y aguantar 30 segundos más. Este equipo ignoto del municipio de Chapecó nunca jugó un partido internacional definitorio, ni siquiera ganó jamás el Brasileirao, y esos 30 segundos son todo lo que lo separa de su cielo. Los 30 segundos, y el tiro libre que hará descender a la pelota, vil y traicionera, sobre el punto del penal frente al arco que defienden. 

Agustín Torrico, arquero visitante, tiene el impulso de ir al ataque a sumar una chance más de gol, pero Néstor Ortigoza lo detiene haciendo un gesto con las manos. Con excepción de ellos dos, el resto del equipo espera en el centro del área brasileña. Apurado por el contexto, Cauteruccio da dos pasos hacia el frente y con la cara interna de su botín derecho manda a volar a la pelota con destino de área. Frente al arco defendido por los locales, los 16 jugadores, que hace un instante se arremolinaban entre sí, ahora corren en estampida hacia el punto donde se definirá mucho más que una semifinal. La esfera de cuero sintético viaja rápida en un arco bajo, casi recto. Con la altura suficiente para que no pueda ser despejada con facilidad y esa potencia impresa que hace dudar a las mejores defensas. Es Nicolás Blandi quien con todo su cuerpo a la vez logra frenar el centro y dejar la pelota, y el tiempo, detenidos en el límite del área chica; al alcance de su compañero Marcos Angeleri, defensor de currículum, pero atacante para la ocasión. Bajo los tres palos, Danilo, arquero de los verdes, espera el disparo inminente.

En el Arena Condá hay casi 13.000 hinchas. A esa cifra se le suma la gente que trabaja en el estadio, los encargados de la seguridad, los que venden Coca Cola, los periodistas, los fotógrafos, los alcanzapelotas, los jugadores que miran con impotencia desde el banco de suplentes, los técnicos, sus ayudantes, los médicos, los preparadores físicos, el árbitro, los líneas y el cuarto; los 22 jugadores en el campo. De todos ellos solo importan dos. Dos son los posibles caminos en los que, en este instante, se bifurca el cosmos. Dos son los destinos que se definen por la causalidad de los filósofos o los dictámenes escritos, vaya uno a saber cuándo, por las moiras de la mitología griega. En lo que pueda hacer Marcos Angeleri para enviar esa última pelota entre los tres palos y lo que pueda hacer Danilo para evitarlo. Cinco metros, dos jugadores, una pelota y el caos universal girando como una ruleta.

El defensor, con el cuerpo recto frente al esférico, lo remata con el empeine derecho y lo hace viajar sin colocación ni potencia hacia el arco. El disparo no es bueno, pero la distancia es tan corta que cualquier tiro que intente cruzar la línea de gol desde ese punto será peligroso. Danilo espera con sus dos pies plantados sobre la raya final. Ya no hay lugar para la razón ni el pensamiento. Ahora todo es instinto y reflejos. Una fracción de segundo. Ganar o perder. Morir o vivir. Extiende su pierna derecha y detiene la pelota a centímetros del límite donde termina un destino y comienza el otro. 

Es el final. Lo que sucede en el Arena Condá, ya no interesa. Un defensor que despeja, un árbitro que termina el partido, una hinchada que festeja el pase a la final por primera vez en la historia. Lo mismo da. Cinco días después, el plantel brasileño se tomará un vuelo chárter para viajar a Colombia, donde hubieran jugado la tan deseada final. El avión despegará excedido de peso, con menos combustible del indicado por las normas aéreas, con pilotos negligentes y finalmente se estrellará a las 21:58 de un 28 de noviembre en Cerro Gordo, a cinco minutos de la pista de aterrizaje. 71 personas perderán la vida, entre ellas Danilo, quien con su pie derecho le dió a su club el pase al partido más importante de su historia, el cual nunca jugará. 

Quizás si el centro hubiera caído sobre alguien más familiarizado con la definición, quizás si Angeleri hubiera ajustado un poco más el disparo, quizás si Ortigoza hubiera dejado que Torrico vaya a cabecear, quizás de no haber existido la ley del gol de visitante, quizás si a Danilo le hubieran fallado los reflejos… Es curioso pensar cómo funciona esto que llamamos destino. Que no se sabe si cambia de rumbo con cada capricho del azar o si ya fue escrito hace mucho por seres que habitan en los cuentos. La acción más intrascendente puede torcer el rumbo de muchísimas vidas, o tal vez nuestros intentos más desesperados de hacer un gol no sean capaces de cambiar aquello que inexorablemente será.

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