Por Martín Macias

“Esfuerzo” es una palabra sagrada en Casilda, provincia de Santa Fe: su crecimiento se debió al trabajo agropecuario, la actividad molinera y la expansión a través del puerto. Mano de obra. Trabajo duro. “Cuando entro a jugar, siento que no me van a meter ni un gol”, dijo Franco Armani a La Nación en 2018. Desde chico soñó con parecerse a Ubaldo Fillol, su ídolo; tanto, que atajaba con un buzo verde, característico del Pato en su paso por River.

A 208 kilómetros de Santa Fe, en el club Aprendices Casildenses, atajaba “Chili”, el primer apodo de Armani. Como el Pato, que nació en San Miguel del Monte, a más de 100 kilómetros de Buenos Aires. Hasta en eso tenían similitudes: vivir lejos de la capital. Siempre parado en puntitas de pie, era la postura predilecta del oriundo de Casilda. Muy fuerte de piernas, saltaba muy alto, parecía que volaba. Nunca dejó de volar: se convirtió en el arquero argentino más laureado de todos los tiempos, con 22 trofeos.

Oscar Torres, su primer entrenador, vio en Chili un talento sin igual. Era muy amigo de la familia Armani. Tras una larga charla con Analía, mamá de Franco y Leandro -su hermano- lo hizo debutar en la Liga Casildense, con la Primera de Alumni, a los 16 años: terminó como el mejor arquero de la liga. “Los rivales le decían que era imposible hacerle un gol”, dijo Torres para Olé en 2018. Fue en Aprendices donde, también, coincidió con Damián Musto, jugador del Cartagena de España, quien le picaba los penales -a propósito- para hacerlo enojar.

Soñaba con ser futbolista como su hermano, que jugó en Newell’s. Contrario a Leandro, que era 9, Franco quería atajar. Compartieron equipo en Central Córdoba de Rosario: el delantero, en Primera. El arquero, en Reserva. Sin escalas, Chili se fue de Rosario a La Plata con 20 años. En 2007, llegó a Estudiantes, pero competir con Mariano Andújar, Damián Albil y Mauro Dobler fue complicado. Así como llegó, se fue en busca de minutos a Ferro. En su primer -y último- partido, perdió 4 a 0 con Atlético Rafaela. Lo reemplazó Fernando Otárola y perdió más minutos de los que pudo encontrar en el arco del Verde.

Sin alquiler en Capital, Armani viajaba junto a dos compañeros en auto hacia la pensión de Estudiantes. La situación era compleja, y todavía tenía contrato con el Pincha: si no salía a préstamo, se quedaba a pelearla, pero la Reserva le empezó a quedar chica. Aún en la adversidad, siempre se mantuvo firme en su decisión, ya que nunca pensó en dejar el fútbol; así fue como lo sentenció para Olé en 2018: “Volver a Casilda no era una opción”.

Año 2008. En Deportivo Merlo, se olía desesperación: había que conseguir un arquero. José Luis Coutinho, presidente del club en ese momento, fue a buscar a Otárola a Ferro, pero los dirigentes le ofrecieron otra opción: el arquero suplente, a préstamo de Estudiantes, Franco Armani. “A De la Riva, el técnico, le encantó. En el club se empezó a hablar de que teníamos un fenómeno en el arco”, declaró Coutinho. Desde su debut, en la victoria 1-0 contra Estudiantes de Buenos Aires, Armani no soltó el arco de Deportivo Merlo: jugó los 42 partidos de la B Metropolitana, el reducido por el segundo ascenso y terminó con la valla menos vencida: 30 goles en 40 partidos. Como recompensa, el club le regaló un Ford Fiesta para que viaje a la pensión de Estudiantes, donde aún vivía, hasta tener un alquiler en Merlo.

Deportivo Merlo jugó la B Nacional 2009-10 con Armani, quien recibió 44 goles en 38 partidos, como figura absoluta. En la promoción, le ganó 2-0 a Sarmiento de Junín y mantuvo la categoría. Dentro y fuera del club se hablaban maravillas. Leonel García, ex compañero de Armani, dijo que no lo vio “cometer un solo error en 80 partidos”. Incluso, Mauro Pajón -otro de sus ex compañeros- propuso ponerle “Franco Armani” a una de las tribunas del estadio.

Ya afianzado, Armani demostró condiciones para estar en un equipo mayor. De la Riva, su técnico siempre le recalcó que iba a llegar lejos: “Si tuviese que hacer una lista, no encuentro tres arqueros argentinos mejores que vos. No te preocupes que el tiempo pone todo en su lugar”. Y todo se dio por, quizá, casualidades del destino. O mejor dicho, causalidades.

El 21 de enero de 2010, Deportivo Merlo hizo la pretemporada en Don Torcuato. Más precisamente, en Hindú Club. Ahí, coincidió con Atlético Nacional de Medellín, y armaron un partidito informal que terminó 1 a 1. La actuación de Armani fue suficiente para despertar el interés de los cafeteros. Tras preguntar por su ficha, negociaron con Estudiantes de La Plata: se arregló un convenio con Deportivo Merlo y Armani se mudó a Medellín en septiembre de 2010, a los 23 años. Se quedó hasta los 31, y se fue con 13 títulos bajo el brazo.

En 2018, el club que siempre anheló desde que era Chili, donde atajaba su ídolo, y que coloreaba su habitación con pósters de Hernán Crespo, Ariel Ortega, Enzo Francescoli y Marcelo Gallardo -quien se convertiría en su técnico- depositó su confianza en él. Así como el Pato, en 1978, debutó con la Selección Argentina en una Copa del Mundo, en Rusia 2018. Siempre agradecido, cumplió desde el primer día y llegó a donde siempre quiso estar. Todo gracias al trabajo duro. Por no aflojar aún cuando la situación no era favorable.