Por Bautista Bagliani

“¿A dónde me trajiste Signo la puta que te parió?”, fueron las primeras palabras de Diego Maradona luego de abrir la ventana de su habitación en la estancia El Marito. “A Fiorito, Diego”, respondió su eterno preparador físico, Fernando Signorini. En esa pequeña estancia a unos 53 kilómetros de Santa Rosa, capital de La Pampa, Maradona haría su preparación física de cara al Mundial de Estados Unidos.

Maradona pisó Santa Rosa el 10 de abril de 1994. Un domingo de elecciones, donde se eligieron a los convencionales constituyentes que tratarían la reforma constitucional ese mismo año. De las primeras tardes frías del otoño, sin fútbol. Con tan solo una hora de anticipación, la radio pampeana había informado la llegada del 10 a la capital. A pesar de la escasez de tiempo, miles de personas se hicieron presentes en el aeropuerto de Santa Rosa. Fue en un vuelo regular de la empresa Austral y cerca de las 19, el sol caía en el horizonte pampeano, y los cantos de “olé, olé, olé, olé, Diego, Diego” iluminaban la ciudad. “Esa es mi gente”, exclamó Maradona, y se subió a una Mercedes Benz Rural color bordó.

La de 1994 no fue la única vez que Maradona arribó a la provincia del centro del país. En 1979, unos días después de haber marcado su primer gol con la selección argentina en un amistoso frente a Escocia en Glasgow, viajó a General Pico junto al plantel de Argentinos Juniors para jugar un partido de exhibición frente a Costa Brava, un club de la ciudad pampeana. Frente a la imposibilidad de viajar en avión (a General Pico no llegaban aviones en ese momento) lo hicieron en tren. Recorrieron 574 kilómetros en 13 horas. Campo y más campo. Llegaron a Santa Rosa y, de ahí, una hora más hasta el pueblo. El viaje quedó como una anécdota. Argentinos perdió plata. El frío y la lluvia hicieron que fuera muy poca gente. Esa sería la primera vez que Diego se cruzaría con La Pampa. Y 15 años más tarde se reencontrarían.

Un día antes de la llegada del 10, Signorini y Don Diego se instalaron en la capital. Visitaron la casa de Don Ángel Rosa -dueño de la estancia- en la calle Maestras Argentinas. Hicieron las compras en el supermercado “La Anónima” y se aprovisionaron para toda la semana. Diego llegó junto a su representante Marcos Franchi. En El Marito convivieron Diego, Don Diego, Signorini, Franchi y dos personas más, Germán Pérez, el chofer, y el Mudito, un amigo sordomudo de Maradona, que era su compinche. Pasaron allí una semana maravillosa. “En los más de 4 mil días que pasé con Diego, elijo esos como los más inolvidables. Lo que pasó en esos días yo lo privilegio por sobre los Mundiales, por sobre todo, porque fue maravilloso”, afirma Signorini.

Durante esos días la rutina de Diego se basaba pura y exclusivamente en el entrenamiento. “El trabajo en el campo era a la mañana, de ahí iba al gimnasio de Miguel Ángel Campanino -ex campeón mundial de boxeo nacido en la provincia-, de allí venía al gimnasio Tiempo Libre, donde entrenaba conmigo, y de ahí nos íbamos directo a la pileta del club All Boys, a hacer la parte de rehabilitación, porque en La Pampa no había sauna”, explica Pablo Blanco, preparador físico pampeano que acompañó a Diego en esos días.

Fútbol, correr en el campo, entre el frío seco y el barro, y en la cinta. Guantear con un campeón mundial que un día se bajó del ring y le dijo a Don Diego, fanático del boxeo: “Menos mal que se dedicó al futbol y no al boxeo, sino nos llenaba la cara de dedos a todos”. Así eran los días de Maradona en La Pampa, rodeado también por el fantasma de la abstinencia. “Ese fue un tema muy difícil. Diego dejó todo por ir a La Pampa, su familia, su gente. Pero él se mentalizaba con algo y lo hacía”, dice uno de sus tantos médicos, Néstor Lentini. Una de las frías noches, Signorini se preparaba para dormir, sentado en la punta de la cama, escuchó que le tocaban la puerta. Era Diego. Con los ojos “como vidrios” lo miró y le hizo la seña de irse. Salieron, y bajo la luz de la luna, corrieron, saltaron, “de acá para allá mil veces”, hasta que Diego dijo: “Ya está, ya pasó”. El fantasma de la abstinencia había aparecido en la noche. Pero desapareció con el entrenamiento. Diego y Fernando se abrazaron. “Era lo que él necesitaba cuando le pasaban estas cosas”, explica Signorini.

¿Por qué La Pampa?

“Por la tranquilidad. Sabía que ahí íbamos a estar tranquilos, que si bien la prensa y la gente iban a estar, no iba a ser nada que ver a hacerlo cerca de Capital Federal, otras opciones que teníamos. Y eso sucedió. El primer día, Diego estaba enojado porque no encontraba esa paz, lo fueron a recibir miles de hinchas, y si bien sabia que a donde iba era así, pensó que en La Pampa no iba a ser el caso. Al segundo día ya se sentía como en casa. Como en Fiorito”, comenta Signorini.

“No vuelvo más a Santa Rosa, es un quilombo, me dijeron que iba a estar tranquilo”, le dijo Maradona a Pablo Blanco, el preparador físico, el primer día en el recorrido entre el gimnasio y la pileta. “Nadie sabía qué iba a pasar al otro día, si iba a venir o no”, dice Blanco. Pero el martes Diego apareció “con una sonrisa de oreja a oreja”. Ya estaba la prensa de Buenos Aires, los saludó uno por uno a todos. Se metió al gimnasio, se paró y dijo: “Muchachos, esta noche reunión con todos ustedes en El Marito”. No dio la ubicación del lugar, nadie sabía dónde estaba, pero a las 20 la estancia sé  llenó de periodistas.

Omar Lastriri, un reconocido preparador físico de La Pampa, dueño del gimnasio Tiempo Libre, junto al médico Néstor Lentini, fueron quienes coordinaron esa semana: “Yo no hice nada con él, de hecho solo lo vi una vez, pero me encargué de que todo salga a la perfección. No me podía permitir que haya algo que salga mal, y creo que gracias a Dios, así fue. Nunca se habla nada malo de esos días”, sentencia Lastriri.

En su gimnasio de la calle 25 de mayo, entre Lagos y Mansilla, Lastriri tenía un circuito aeróbico que contaba con una cinta de correr. Para 1994, era casi única en el país. El preparador físico pampeano la había visto en un congreso en Buenos Aires y había decidido gastarse todos sus ahorros para comprarla. No sabía que -en un futuro- sería un factor determinante para que Diego fuera a entrenar a su gimnasio. Diego era fanático de correr en la cinta. Llegaba al gimnasio y después de firmar todas las camisetas y hojas que le pasaban por abajo de la puerta, corría media hora sin parar y con un ritmo altísimo. 

El Marito

“Era una casa austera, típica casa de campo, pero con un hogar muy grande, así que era leña todo el día para calentar bien. Cuando llegamos estaba helado, pero lo recuerdo como un hotel cinco estrellas, mejor, más lindo”, dice Signorini. El Marito era un lugar humilde, nada ostentoso. Animales silvestres, de corral, un molino, y la soledad de la llanura pampeana. Un televisor en blanco y negro con un solo canal, al que había que pegarle para que la imagen fuera más nítida. Dos kilómetros separaban la entrada de la estancia de la casa. Y un agregado especial. El olor a comida de todos los días, bajo las manos de Don Diego. Pollo y cordero, acompañado de verduras y fruta de postre. Sin gaseosa, con muchos litros de agua y, por las noches, una copa de vino.

Diego había conocido al dueño del campo, Don Ángel Rosa, en un pequeño balneario del sur de la provincia de Buenos Aires: Oriente, en el partido de Coronel Dorrego. Allí charlaron: Rosa lo invitó y Diego aceptó.

En esos diez días, el clima acompañó. Más allá del frío y el viento pampeano, el sol se hizo presente todos los días. “El cielo tenía un color azul radiante; a la mañana el pasto era blanco por las heladas. Los atardeceres eran increíbles, porque para mejor, había un lugar que es muy difícil encontrar”, cuenta Signorini, y agrega que en las tardes se sentaban en el medio del monte, él, Don Diego, Diego, Franchi, el chofer y el Mudito. El cielo se pintaba de color naranja mientras el sol iba desapareciendo detrás de los caldenes. “La consigna era no hablar”, dice Signorini. Era el momento de paz, de tranquilidad. El Profe buscaba la introspección, “el meterse dentro de uno”. En el silencio por ahí se escuchaba algún relincho a lo lejos, algún pájaro que ya se escondía, y nada más.

Dalma estuvo en la Pampa y filmó en el campo donde entrenó el 10

Hoy, la estancia se encuentra cerrada. La empresa Amazon Prime compró los derechos y filmó en El Marito la segunda temporada del documental Diego: sueño bendito. En diciembre pasado, Signorini, junto a Dalma y todo el grupo de producción, viajaron a la estancia para ser parte de la pieza audiovisual. Todavía la segunda temporada de la serie no está disponible, ni siquiera terminó de grabarse. Debido a problemas entre algunos de los protagonistas y la productora, la grabación se pausó. Se especula que recién podría lanzarse en 2023, pero todavía no hay nada seguro.

Visita a una escuela rural, una charla con Rubén Marín, gobernador de La Pampa en 1994, un partido que no se jugó, y uno que sí. Algunas de las actividades alejadas del entrenamiento en esos días. “Se venía hablando que iba a jugar un partido en el Ramón Turnes (estadio de All Boys de La Pampa) y la gente acá no lo podía creer”, dice Pablo Blanco. “Pero un día llegó y después de que le hagan una cantidad de preguntas sobre ese tema, mirando para abajo y sin subir la mirada, dijo: no juego. De ahí en más no se tocó más el tema”.

El que sí se jugó fue un partido con los periodistas y algunas de las personas que se acercaron a El Marito en su último día. Luego de un asado con Claudia, Dalma y Gianinna -que habían llegado hace unos días- y con gente invitada, Maradona se calzó los cortos y jugó un picadito. Fiel a su estilo, en un video publicado por distintos medios que cubrieron esa semana pampeana, se lo puede ver a Diego compitiendo como si estuviera jugando un partido por los puntos.

JR on Twitter: "Calle Diego Maradona. Santa Rosa la Pampa. Primera ciudad  del país con una calle con el nombre de Diego https://t.co/iA5F0oTqQx" /  Twitter

Una ciudad revolucionada. Santa Rosa, La Pampa, en el medio del país -y de la nada- con menos de 80 mil habitantes -en ese entonces- fue testigo de la preparación física más importante de todos los tiempos. Maradona bajó cinco kilos en cinco días, y llegó al Mundial de Estados Unidos 1994 esculpido, limpio, como nuevo. Luego le “cortaron las piernas”. Tal vez, por esta semana llena de emociones, Santa Rosa, la capital de La Pampa fue la primera -y durante mucho tiempo la única- ciudad en tener una calle con el nombre del histórico jugador argentino.