Por Matías Barrios

La marginación y la falta de oportunidades abundan en casi todos los deportes, aunque en el futsal suele ser diferente. No hay un estereotipo definido. Las únicas herramientas necesarias son la rapidez mental y la técnica, suficientes para construir y brindar un espectáculo.

No es un deporte cualquiera y mucho menos importante que ninguno. La variedad del físico es un condimento muy especial y distinto, ya que no es necesario contar con un gran estado atlético para practicar el deporte, como sí ocurre en otras disciplinas. No rige la típica frase -que se utiliza en un reducido con amigos o en el colegio- de “el gordito va al arco”.

Cada jugador trata de acoplarse al sistema, independientemente de que sea flaco, petiso, alto o robusto. Cualquiera puede desarrollarlo y con la misma intensidad que el resto. No hay desigualdades o motivos para separarlos. Por lo general, los más corpulentos aprovechan ese rasgo predominante: se posicionan como pívots -cerca del área contraria- y utilizan su cuerpo para cubrir la pelota al momento de recibir una descarga de un compañero.

Lo que sí hay que tener -y es fundamental- es la técnica y la buena distribución de la pelota. Ser hábil con ambos pies en espacios reducidos, usar los tiempos justos para saber cuándo correr y cuándo marcar, porque en definitiva se trata de eso: un ida y vuelta persistente.

El futsal es un deporte poco popular en relación con el fútbol once, pero desde que Argentina ganó la Copa del Mundo en Colombia 2016, el paradigma cambió radicalmente. En consecuencia del título, el crecimiento fue aumentando año tras año, lo que despertó el interés de propios y extraños para que respalden y potencien el trabajo y, a su vez, conformen un proyecto.