martes, febrero 20, 2024

Valentina Luna nunca se bajó de la bicicleta

Por Juan Segundo Giles

En la Argentina, deportes como el fútbol, hockey o rugby son los más populares y los que se llevan las mayores miradas. Sin embargo, detrás de ellos hay una cantidad de disciplinas que se extienden de generación en generación y que tienen una gran historia dentro del país. El ciclismo es una de ellas, y Valentina Luna es un ejemplo de seguir las costumbres familiares.

Hija de un padre fanático del ciclismo, que la acompaña a todos los entrenamientos y viajes, Valentina Luna recuerda sus inicios en el deporte, expresa lo que significa para ella participar en carreras masculinas debido a la falta de competitividad en la rama femenina, y describe la “suerte” que tiene de vivir en una ciudad chica que le permitió hacerse un nombre rápidamente y conseguir sponsors en un deporte “no tan popular”.

-¿Qué te llevó a subirte a una bicicleta?

-Ya a los dos años sabía andar en bicicleta, y a los tres sin rueditas. Vengo de generaciones, como son mi abuelo y mi papá, que corrieron y tuvieron bicicleterías, así que yo siempre fui muy cercana al ambiente,mi vida es una aventura sobre ruedas. Desde que tengo memoria estoy yendo y viniendo con mi papá todos los fines de semana a las carreras de Lomas de Zamora. Es un ambiente muy lindo y apasionante que me atrapó enseguida y por eso ya a los cuatro años le dije a mi papá que quería empezar a competir. Recuerdo que mi primera carrera fue en el circuito de Lobos con todos chiquitos de mi edad, se llamaba “Porotitos” la categoría y a partir de ahí no paré nunca.

-¿Cuándo te diste cuenta que el ciclismo dejaba de ser un hobby para vos?

-Desde muy chiquita tengo esa mentalidad. Yo corría Infanto Nacionales -campeonatos nacionales de categorías infantiles- cada dos meses en una provincia distinta. Ya desde ese momento tenía la mentalidad de ser profesional, nunca lo vi como un pasatiempo, sino como mi vida directamente. Tenía los sueños de formar parte de un equipo profesional o correr en Europa, aunque ahora cambió la especialidad en la que me desarrollo. Antes yo quería competir en ruta y ahora me tiré a la pista por mis condiciones físicas.

¿Cómo te iba en el colegio mientras viajabas?

-Para mí era algo bastante normal decir “me voy”. Por lo general, las competencias eran los fines de semana, pero tenía que faltar por lo menos dos días porque eran viajes largos: Catamarca, La Rioja, Misiones, Entre Ríos. Igualmente, nunca tuve ningún inconveniente con los estudios, nunca me llevé una materia a diciembre porque solía ir con los apuntes para estudiar, sobre todo en épocas de finales, ya que yo tenía una beca municipal y uno de los requisitos era aprobar todo.

-¿A qué edad comenzaste a recibir apoyo económico a nivel municipal o nacional?

-La Municipalidad de Lobos me apoya desde muy chiquita, la verdad que siempre estuvieron ahí, por más mínima que sea la ayuda ellos estaban, hasta hoy en día que me están ayudando mucho. Y en cuanto a Nación, me dan una beca desde que conseguí las medallas plateadas en 200 y 500 metros en los Juegos Panamericanos Junior de Guadalajara 2019.

-¿Es dificil conseguir sponsors?

-Es difícil por el hecho de que el ciclismo no es muy popular en Argentina, pero gracias a que Lobos es un pueblo dentro de todo chico, siempre se me prestó mucha atención y, si bien mis papás me tuvieron que salir a buscar patrocinadores, siempre tuvieron una respuesta positiva.

-¿Qué significa para vos el apoyo de tu papá?

-Él me entrenó desde muy chica, así que cumple varios roles. En una competencia está el papá, el entrenador, el psicólogo, y el cumple todas esas funciones. Hoy en día sigue siendo mi entrenador, solamente que ahora buscamos más ayuda porque más allá de que él haya sido deportista, yo me fui para un área en la cual él no es un especialista. Siempre me acompaña a todos los viajes. En Guadalajara, fue como parte del cuerpo mecánico de la Selección, y fue por cuenta propia.

-¿Cómo ves a la rama femenina en el país?

-No hay muchas que se especialicen en velocidad, hay mujeres que en general corren de todo un poco y se abocan más al ciclismo de ruta. Entre Guadalajara y Lima estuve dos años enteros sin competir en mi especialidad, y eso me cortó un poco porque no sumé experiencia. En la Argentina habrá 15 velocistas como mucho, y en el campeonato argentino solo hay dos o tres con nivel Panamericano.

¿Eso generó que tengas que competir contra varones?

-Sí, desde muy chica corro contra varones de mi edad, y a veces también más grandes. Al principio pasaba desapercibida y era una más del montón porque todos conocían a mi papá y me cuidaban, y ya cuando les empecé a ganar me incluían en el pelotón y se ofrecían para ayudarme.

 

 

 

-¿Cómo definirías al ciclismo?

-Es mi vida, ando en bicicleta desde que tengo memoria. Es un deporte que no solo me encanta, sino que también me une con mi papá y con mi abuelo, es una tradición familiar.

Actualmente, Valentina Luna se encuentra en El Cairo, Egipto, donde disputó hasta el 5 de septiembre el Mundial Junior de Ciclismo de Pista con destacadas participaciones: Llegó a los octavos de final de la prueba de velocidad, y terminó novena en la modalidad de 500 metros con partida detenida -mejor posición de América y a un puesto de la final- y en el Keirin.

La triste realidad del deporte argentino

Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 expusieron la realidad del deporte argentino. En un país tan resultadista, varios aficionados se sintieron desilusionados ante la baja cantidad de medallas que consiguió la delegación argentina. Sin embargo, no muchos saben la poca ayuda externa que reciben los representantes nacionales o y el sacrificio que hay detrás de cada ciclo olímpico.

Y esta situación también la vivió el equipo argentino de ciclismo femenino, con Valentina Luna incluida, a principios de julio en el Panamericano de Ciclismo de Lima, Perú, con una pandemia de por medio que evidenció aún más la falta de apoyo para el deporte amateur. “Viajamos para representar a nuestro país, conseguimos medallas, y después no teníamos cómo volvernos”, explica Luna.

El equipo nacional, que lo conforman entrenadores como Walter Pérez, medallista de oro en Pekín 2008, tenía todo los vuelos de regreso confirmados. Sin embargo, el mismo día de retorno al país, y sin ninguna notificación previa, les avisaron que el viaje estaba cancelado. “Al parecer les dieron nuestros pasajes a otras personas, fue feo sentir que estábamos varados y darnos cuenta la poca importancia que se le da al ciclismo en el país. Además, intentamos volver de distintas maneras; en un momento pensamos en hacer doble escala: de Lima a Paraguay y de ahí a Uruguay para llegar a Buenos Aires en barco, pero estaba todo lleno”, explica la ciclista.

Sin embargo, finalmente lograron volver de la forma menos pensada, ya que se dio la casualidad de que en ese mismo lugar se organizaba una competencia de atletismo y a la delegación argentina la transportaba un avión privado de la Fuerza Aérea Argentina. “Tuvimos la suerte de volvernos con ellos, apretados, pero era la única opción. Los de atletismo fueron una especie de salvavidas”, recuerda Valentina Luna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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