domingo, mayo 26, 2024

El orgullo del barrio, el amor de un país

Por Luca Trepiana

San Blas y Boyacá, barrio de La Paternal, Buenos Aires. El reloj marca las cuatro de la tarde. El silencio hace pasar desapercibida a la multitud que se acercó al estadio de Argentinos Juniors para despedir a Diego Armando Maradona, quien falleció a los 60 años el mediodía del miércoles 25 de noviembre de 2020 en el partido de Tigre, provincia de Buenos Aires.

Algunos llegan en soledad, otros acompañados, pero todos tienen algo en común: la pesadumbre que llevan en su andar. El dolor y la tristeza es tan grande que nadie puede mantenerse ajeno. Te choca, te penetra y te convierte en uno más de esa masa que llora y saluda a, tal vez, el mejor jugador de fútbol todos los tiempos.

El silencio solo cesa para darle lugar al canto “Maradona no se va, Maradona es del barrio de La Paternal”. El mural con su cara, que se encuentra al lado de la entrada a la tribuna visitante, ya parece una una florería de tantas rosas que le dejaron. También hay velas, cartas, dibujos, banderas y camisetas. Hasta estampitas de “San Diego” se pueden encontrar.

A pesar de que el escenario es la cancha del bicho, hay camisetas de todos los clubes del fútbol argentino. Porque, como reza el mural de la esquina San Blas y Boyacá, Pelusa es el orgullo del barrio, pero tiene el amor de un país entero. Incluso el de los más chicos, que no lo vieron jugar, pero aún así le han contado todo lo que el diez supo hacer adentro de una cancha.

En el perímetro del estadio abundan las imágenes con el rostro de Diego. Las camisetas con el 10 en la espalda se ven por todos lados. Las firmas del ícono que ya son parte de la piel en más de uno. Los abrazos y el más sentido pésame de quienes pasan por allí, aún en tiempos de covid. Aunque también alguna sonrisa se deja ver, quizá recordando los tiempos donde el mito aún era historia viva.

En el mundo también lo lloran los más grandes deportistas, no solo futbolistas. En Nápoles, lugar donde Diego dejó su nombre marcado a fuego, la madrugada no fue un impedimento para que miles de napolitanos se acerquen al estadio San Paolo para inmortalizar la figura del argentino.

El obelisco es otro de los lugares donde se auto convocó la gente para recordar al autor de “la mano de Dios”. Segurola y Habana 4310, séptimo piso, una de las esquinas más famosas de Buenos Aires, colmada de gente. Su antiguo hogar de Fiorito también tiene carteles pegados y velas que se encienden en su honor.

Así como en la cancha de Argentinos hubo camisetas de todos los equipos, en los estadios de Boca y Newell´s, clubes que tuvieron al enganche en sus filas, también se encuentran hinchas de River y de Central acercando una rosa. Los colores hoy quedan de lado, todos buscan rendirle tributo a uno de los pocos argentinos que sabe cuánto pesa la Copa del Mundo.

En el resto de la capital se percibe un apagón. La “ciudad de la furia” se convierte en la ciudad de la angustia. A los hombres mayores de 45, 50 años, se los ve caídos. El que esta en su auto esperando a que el semáforo cambie tiene la mano en la cabeza, como sosteniéndola. El que viaja en el colectivo mira por la ventana buscando respuestas. Y al que camina por la vereda le pesan las piernas.

La pérdida ha sido tan grande y tan significativa que da la sensación que a todos se les murió el mismo amigo, el mismo familiar. Porque Diego fue eso, el amigo y el familiar de cada argentino. Ha defendido al país como ninguno, por eso el país hoy le retribuye todo lo que Diego supo darle.

Diego se fue. Falleció. Físicamente no está más. Pero su esencia vivirá en cada potrero, en cada barrio humilde. Vivirá cada vez que Argentinos dispute un partido de local en el estadio “Diego Armando Maradona”. Se hará presente cada vez que jueguen Boca, Newell´s, Sevilla, Barcelona, Napoli y la selección nacional. Sus rulos dirán presente cuando se nombre a México, Inglaterra y Alemania. Iluminará a cada chico cuyo sueño sea jugar un mundial y consagrarse en primera.

El país pierde a uno de sus más grandes iconos. No solo por los logros deportivos, sino por el sentido de pertenencia. Porque Diego cargaba en su espalda con todos los aspectos de la sociedad argentina, los buenos y los malos también. Por ser un ejemplo de superación. Por amar el suelo argentino. Diego estará presente por siempre en los corazones y en la memoria del pueblo. ¡Que en paz descanses, barrilete cósmico!

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