Por Leandro Daniel Gambino

“Excelente profesional y mejor persona”. “Un pibe con una humildad inmensa”. “Un terrible delantero”, son las frases que se repiten cuando sus compañeros hablan de ese chico, que en la temporada 2004-2005, le daría inicio a una relación que continúa hasta hoy. Carlos Luna, de buen paso por All Boys en la temporada 2003-2004, con 16 goles en 39 partidos, llegó a Tigre de la mano de Ricardo Caruso Lombardi, quien ya lo había dirigido en el equipo de Floresta, para afrontar un nuevo desafío en su corta carrera como futbolista profesional, sin imaginarse que encontraría su lugar en el mundo.

El Chino Luna, a sus 22 años, se convirtió en el goleador del equipo de zona norte en el torneo de la Primera B Metropolitana. Con un promedio de gol 0,63, que son 24 goles en 38 partidos, un tercio de los tantos que convirtió el equipo en la competencia anual. Las actuaciones del delantero le permitieron al Matador conquistar los Torneos Apertura y Clausura con una cosecha récord en materia de puntos para la categoría creada en 1986, con un total de 93, y perdiendo solamente un partido en 40.

Gonzalo González, el defensor central de ese equipo, recuerda las tardes de concentración con el delantero cordobés. Luego de la merienda, se iba a caminar con Luna y Eugenio Peralta Cabrera, otro delantero de Tigre en esa temporada. Ingresaban a un local de ropa deportiva, que siempre era el mismo, y encontraban graciosa la situación de pedirle las alarmas que tiene la ropa al seguridad del establecimiento y guardarlas en el bolsillo de Peralta Cabrera para que cuando saliera del local, sonara la alarma.

Gustavo Sever, enganche del equipo bicampeón, cuenta esos viajes con Luna a los entrenamientos y cómo eran recompensados por los goles que hacía: “Yo lo pasaba a buscar. Él en ese momento vivía en Parque de los Patricios. El viaje lo hacíamos Gonzalo González, Facundo Lemmo, él y yo. Cada vez que alguno del auto convertía un gol, mí señora hacía una torta y la íbamos comiendo en el camino con unos mates”. Dentro de la cancha, Sever reconoce que el Chino le hacía todo más fácil: “Ese año la descoció toda y fue muy importante para mí, porque me permitió lucirme mucho por la posición en la que jugaba yo”.

El nacido en Piquillín empezó a quedar en la historia del club en la anteúltima fecha del Apertura. El 20 de noviembre de 2004, Tigre perdió con Los Andes de local y quedó puntero, pero a un punto del segundo, Platense, y tenía que ir a jugar a Vicente López el siguiente partido. Una semana después, llegó el clásico, y a los 21 minutos del primer tiempo, luego de un pase de Sever, el 9 enfrentó al arquero y, de taco, marcó el gol que, por un lado, abrió el camino al triunfo esa tarde y al campeonato Apertura y, por otro, consolidó la relación de amor mutuo con la hinchada de Tigre. En honor a este partido, los fanáticos del club de Victoria celebran todos los 27 de noviembre el “Día Internacional del Hincha de Tigre”.

A pesar de que a ese equipo le marcaban poco, recibió 24 goles en 40 partidos. Luciano Krikorian, defensor de ese plantel, reconoce que el delantero central fue la llave para sacar adelante partidos y devolver a la segunda categoría al club: “Fue determinante durante los dos torneos. Muchos de sus goles nos permitieron destrabar partidos, que a falta de pocos minutos para el final no podíamos ganar”. Los goles clave que marca el defensor se pueden ver, por ejemplo, en el primer partido de la segunda ronda, cuando Luna convirtió el primer y único gol del partido ante Flandria a los 89 minutos o el antepenúltimo partido de la misma ronda, cuando se despachó a los 95 minutos ante Los Andes de visitante. Con ese gol decretó el 3 a 3, que mantenía el invicto en ese torneo y en toda la temporada.

Con esa gran cantidad de goles y de buenas actuaciones no pasó desapercibido. Cuando terminó el Clausura, el 9 de julio de 2005, Racing posó sus ojos en el delantero, compró su pase y se lo llevó a disputar el torneo de Primera División en la siguiente temporada, pero el jugador sabía que no era el punto final en su relación con Tigre, sino más bien, un hasta luego. Hoy, Luna no solo volvió a Tigre, sino que se convirtió en uno de los máximos ídolos que tiene el club.