martes, febrero 20, 2024

La resurrección alemana en Berna

Por Federico De Luca

El 4 de julio de 1954, en la final de la Copa Mundo de Suiza, Alemania superó por 3-2 de manera sorpresiva a la poderosa Hungría, con una remontada histórica al haber comenzado el encuentro con una desventaja de dos goles contra cero. Los húngaros eran los favoritos a quedarse con el primer puesto. “El equipo de oro”, así los habían bautizado, era sensación del momento con una racha de cuatro años y medio sin perder partidos oficiales y contaban con su jugador estrella, Ferenc Puskas, como bandera y guía del plantel. Pero nadie se esperaba que la Selección alemana, dirigida por Sepp Herberger, quien fue fuertemente criticado desde el comienzo, llegara a la final luciendo un gran juego con una propuesta diferente, ejerciendo la táctica de la WM, deleitando a sus rivales y finalmente conquistando a toda la prensa y los fanáticos germanos.

Habían pasado 9 años del final de la Segunda Guerra Mundial y Alemania había quedado devastada y hundida. Sin que todavía se haya terminado de reponer, se le presentaba casi como un milagro la posibilidad de rearmarse y de conseguir un envión para ponerse de pie en la ciudad de Berna. La Unión Soviética en tiempos de posguerra comenzó a liberar prisioneros y uno de ellos fue quien en esa tarde de Suiza llevó la cinta de capitán para tener el orgullo de levantar el trofeo otorgado por la FIFA. Fritz Walter, hoy en día considerado uno de los mejores jugadores de la historia del país germánico, fue la cabeza táctica del plantel dentro de la cancha y solía conversar antes de los partidos con el entrenador compartiendo ambos su opinión y análisis para realizar los planteos más convenientes dependiendo del rival.

Previo a la final, en la primera ronda, Hungría había aplastado por 8-3 a Alemania y parecía que estos últimos iban a volver a su país casi instantáneamente. El apuntado principal fue Herberger. Los periodistas cuestionaron deliberadamente la decisión de presentar un equipo alternativo para enfrentar al conjunto más poderoso de aquella época. Sepp se defendió diciendo que para aquel partido tenía los ojos puestos en el desempate con Turquía (ya los habían vencido por 4-1 en el primer partido) y por eso optó por alinear a la reserva. Consecuentemente el tiempo le dio la razón y vencieron a los turcos 7-2, clasificándose a la siguiente ronda y luego dejando en el camino a Yugoslavia por 2-0, a los austríacos 6-1 de manera contundente y con un juego brillante. Mas allá de la victoria de los húngaros, ese día se llevaron la decepción más grande y que los condenaría el resto del campeonato. Puskas, el jugador estrella, saldría lesionado del campo de juego tras recibir una patada en el tobillo de parte del defensa central Liebrerich. Esta lesión lo obligaría a perderse la mayoría de los partidos restantes.

El director técnico alemán le había confesado a un periodista, previo a la final, que la única manera que podrían vencer a su rival era si llovía, dado a que el barro afectaría el juego de sus contrincantes y perderían cierta efectividad. Además, en el filme “El milagro de Berna” una escena recrea el momento que Adolf Dassler, creador de Adidas, le presenta unos botines que permiten cambiar los tapones para utilizarlos en un campo embarrado. Y como si una fuerza superior lo hubiese escuchado, esa tarde lluviosa tendrían la oportunidad de devolverle al país el orgullo que se había perdido luego de la derrota en el conflicto bélico que todavía acechaba. El crack Puskas se había recuperado para esa tarde lluviosa pero no estaría en plenitud para demostrar su nivel al cual tenía acostumbrado a todos los espectadores del fútbol. El estadio Wankford de Berna esperaba, sin saberlo todavía, por uno de los partidos más históricos en el transcurso de todos los Mundiales. Muy pocos mostraban optimismo cuando se hablaba que Alemania se consagraría, muchos ya daban por ganador al equipo que parecía “invensible”. Herberger en una entrevista que brindó para el diario Mundo Deportivo se expresó con una gran esperanza: “Un partido de fútbol no tiene vencedor hasta que han transcurrido los 90 minutos”.

Un artículo del medio español narró el desarrollo de la final y reveló que el lugar de los hechos contaba con la presencia del presidente de la confederación Helvética y el presidente de la FIFA, Jules Rimet, y casi 65.000 simpatizantes. Aquella tarde pluviosa comenzó homogéneamente gris para el conjunto germano. Elegía campo Hungría y a las 15.55 horas el árbitro británico Bill Ling dio el pitido inicial para el comienzo del encuentro. Con tan solo 6 minutos de juego, Puskas, tras un rebote del arquero, convirtió el primer gol. Y rápidamente a los 9 llegó la ampliación del marcador desde los pies de Czibor. Pareció el fin de Alemania. Pero tan solo un minuto después Morlok marcó el descuento para revivir la esperanza y mantener en juego a su equipo. El extremo derecho, Helmur Rahn, anotó a los 19’ el tanto que igualó como al principio el encuentro. Alemania concretó sorpresivamente el empate y se fue al vestuario con el ánimo a favor. En el segundo tiempo Hungría apostó todas sus fichas a su calidad ofensiva y pese a varios intentos se topó con el arquero Turek, la gran figura de la jornada, y con el travesaño que glorificó la suerte de Alemania. A los 39’, otra vez Rahn mandó el balón al fondo del arco y dio vuelta el resultado 3-2 despertando una ola de aplausos en el público alemán. El referí pitó el final del partido y lo que parecía imposible, sucedió.

Hegyy, presidente de la comisión húngara, lo consideró un desastre. Y después de conllevar un largo tiempo en racha positiva, Hungría no volvió a ser esa máquina imposible de vencer. Alemania se consagró campeona del mundo. Y a partir de allí comenzaba una resurrección tanto social como económica en su nación. El pueblo se unió ante semejante momento de júbilo. Sepp Herberger dejó de ser criticado y pasó a ser exclamado y considerado el mejor director técnico de la competencia. Algunos bautizaron esta hazaña como “el milagro de Berna”. Y en 2002, con ese mismo título, la industria del cine inmortalizó el acontecimiento con la, ya me mencionada, película basada en la historia de un niño amante del fútbol y su padre, un prisionero de guerra, que no lograba volver a reinsertarse a su vida normal. Todo cambia a partir del resultado de este partido.

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