Por Nicolás Martínez Mayer

La probabilidad de que una selección llegue a la final de un mundial es más que baja; solo trece de 79 participantes han alcanzado la instancia más preciada. No obstante, una variedad mucho más amplia de nacionalidades ha estado representada en un rol que, aunque odiado por los hinchas, es tan necesario como el de los futbolistas: el de los árbitros. Fue desde esta posición que, en el Mundial de Francia 1998, el réferi marroquí Said Belqola y el juez de línea sudafricano Achmat Salie consiguieron vivir el partido más importante del mundo del fútbol. Por primera y única vez, dos africanos pudieron disfrutar, desde dentro del terreno de juego, la magia de una final.

El marroquí Belqola ya venía de tener dos buenas actuaciones sin ninguna controversia en la fase de grupos, en Argentina 1 – Croacia 0 y  en Alemania 2 – USA 0. Por su parte, el sudafricano Salie también participó en cuatro partidos como juez de línea previo a esta instancia. Debido a sus buenos desempeños y sumado a que, al no ser ni europeos ni sudamericanos, ni Brasil ni Francia se podían quejar de favoritismo, la FIFA decidió su participación en la final.

En el partido decisivo, Francia 3 – Brasil 0, Belqola y su equipo arbitral no tuvieron muchas intervenciones de relevancia, debido a la amplia diferencia que lograron los locales. La situación más recordada se dio cuando el encuentro iba 2 a 0, momento en que el referí marroquí expulsó correctamente por segunda amarilla a Marcel Desailly, tras un fuerte puntapie a un defensor brasileño.

Para llegar a dirigir en el Mundial Francia ´98, Belqola primero tuvo que arbitrar en las Copas de las Naciones Africanas del ´96 y del ´98, en las que participó en cuatro partidos, entre los cuales estuvieron la final del ´96 y el inaugural del ´98. Su destacada actuación en estas competencias le valió el pase al Mundial donde haría historia.

Un dato sorprendente es que tanto Belqola como Salie no se dedicaron únicamente al fútbol, sino que también contaban con otro trabajo en sus países de origen. En Fez, Marruecos, Belqola obraba como oficial de aduana, mientras que Salie, en Sudáfrica, era diseñador de muebles.

Pese al escaso ingreso que les brindaba el arbitraje en su África natal, ambos se las arreglaron para poder llegar a lo más alto del deporte. De los 75 referis, asistentes y jueces de línea que participaron en las finales de todas las ediciones, son los únicos dos provenientes de aquella región. Para ponerlo en perspectiva, a lo largo de su historia, Argentina aportó cuatro veces más árbitros y asistentes que todo el continente africano.

Ambos jueces alcanzaron en Francia 1998 lo que cualquier selección africana anhela, pero lo que a todas les resulta esquiva, la final de un mundial. Desde la participación de Egipto en Italia 1934, hasta Rusia 2018 ha habido grandes equipos africanos, como Camerún en 1990 o Ghana en 2010, pero ninguno pudo igualar lo conseguido por dos réferis, uno marroquí, el otro sudafricano, que, por 90 minutos, en 1998 pudieron pisar el césped más prestigioso y estampar su imagen en la historia del fútbol africano y del fútbol mundial.