Por Ramiro Etchegaray

El 29 de mayo de 1985 es recordado como otro triste capítulo de violencia en un estadio de fútbol. Una vez más, hinchas que no solo alientan transformaron una final continental en una tragedia masiva que se cobró la vida de 39 personas y dejó a otras 600 heridas. Lo que debió ser Bianconeri versus Reds pasó a ser Ultra versus Hooligans. Un episodio lamentable de hace 35 años, pero que de tiempos pasados tiene poco.

En el Estadio de Heysel, Bruselas, se esperaba una fiesta del fútbol, y de fútbol no hubo nada. El Liverpool buscaba su quinto campeonato de Europa, Champions League desde 1992, en una final que lo enfrentaba con el equipo sensación, la Juventus de Platini, compuesto además por varios campeones del Mundial del ‘82. Tras arrasar año tras año en Italia, La Vecchia Signora buscaba llevar su poderío al ámbito continental. Por desgracia, el resultado es lo que menos se recuerda de aquella noche infame.

Barrabravas italianos e ingleses se enfrentaron en una batalla de guapos para nada nueva y con un antecedente muy cercano: el año anterior habían disputado la Supercopa de Europa. La derrota del Liverpool llevó a su gente a Bruselas en búsqueda de una revancha. Muy recordado por los medios en las semanas previas, en las tribunas se podía presentir el deseo de los ingleses de marcar la cancha (y las gradas también) desde temprano para demostrar su supremacía.

Por conveniencia económica de la organización, o tal vez simplemente por negligencia, en algunos sectores del estadio coincidieron los espectadores de ambos equipos, algo que para el ambiente europeo suena normal. Lo que no se tuvo en cuenta fue que en los ‘80, el “hooliganismo” se encontraba en el momento más descontrolado de su historia. Vándalos, borrachos y neonazis eran algunos de los muchos adjetivos que se usaban para definirlos, y a cada lugar al que iban llevaban consigo su hostilidad e insolencia.

El fervor lo notaba tanto Bélgica como el televidente desde la comodidad de su casa. Los Hooligans fueron los primeros en hacerse ver, primero con botellazos y luego con sus mismos puños, por supuesto que dirigidos hacia los rivales, transformados en enemigos. La consecuencia fue una avalancha de italianos y belgas que buscaban escapar de los tumultos. La acumulación de gente se trasladó a la parte baja de la platea, que estaba pegada a las vallas a la altura del campo de juego. Una tribuna entera se apiló sobre un vallado fijo y sin salida de emergencia. Asimismo, por protocolo de seguridad cerraron los ingresos, lo que impidió la salida de mucha gente por esa vía. La cabecera completa se encontraba enjaulada.

Luego de unos largos minutos, el vallado cedió, provocando una estampida de la que salieron ilesos tan solo unos pocos afortunados, quienes se vieron obligados a entrar al campo de juego por una alfombra de cuerpos derribados y encimados.

Como es habitual, la violencia engendró aún más violencia. El desconcierto general causó corridas y altercados con el cuerpo de seguridad, que no vivió una de sus más lúcidas y destacadas intervenciones. Personal médico y ambulancias evacuaron a más de 600 heridos y oficiales de la policía local colocaron 39 cuerpos en bolsas mortuorias.

Pero esto no fue todo. Contra todo tipo de lógica y sin sensibilidad alguna, el partido no se suspendió. “El show debe continuar”. La pobre excusa de evitar una potencial guerra civil en caso de postergación, fue lo que llevó a que una hora y media después del horario estipulado, el balón comenzara a rodar. La FIFA y el alcalde belga hicieron oídos sordos a los reclamos del vestuario italiano de no jugar, mientras que el capitán del Liverpool, Johan Mahieu, no tuvo ningún interés en dejar la final para otro día.

Los capitanes de Liverpool y Juventus intercambian banderines y saludo.

Un improvisado comunicado de los capitanes dio lugar al inicio de la final de la Copa de Europa más manchada de la historia. Se dice que incluso los cuerpos de las últimas víctimas fueron retirados con el partido ya comenzado. El contraste entre el campo de juego y las gradas era muy particular: mientras el árbitro daba por comenzado el partido, centenas de oficiales de la policía rodearon el borde de las tribunas, llegando a reemplazar en algunas ubicaciones a las vallas derribadas. El aburrido 1-0 a favor de Juventus por un penal inventado, que Platini transformó en gol, es de mínima importancia.

Hinchas en la cancha
La policía se dirige a ocupar el perímetro de la cancha antes del inicio de la final.

Los pocos Hooligans identificados tuvieron un efímero paso por prisión y las familias de las víctimas fatales recibieron alrededor de 7 millones de euros en modo de compensación. Por primera vez, la UEFA era condenada responsable. Sin embargo, la penalidad más dura la sufrió el fútbol inglés. Se creía que el verdadero problema no era simplemente el Liverpool, sino que radicaba en las barrabravas inglesas en su totalidad, por lo tanto, se privó a los equipos de la Football Association de toda competición internacional por 5 años (6 para el Liverpool).

Los hinchas ingleses fueron estigmatizados en todo el mundo como gente violenta, y el fútbol inglés jamás recuperó el poderío que tuvo la década previa a la tragedia. Quizás la fuerte presencia de sus equipos más poderosos en las últimas ediciones de la Champions y Europa League señale que Inglaterra está volviendo a recuperar aquel lugar de prestigio dentro del fútbol de clubes europeo.

Antecedentes del estilo sobran en este deporte, en donde se suele avalar que la grandeza de un equipo no dependa de su nivel futbolístico, sino de cuanto barullo y desorden genere su público. Cada 23 de junio se recuerda la Tragedia de la Puerta 12 de 1968 en el Monumental, y cada partido contra Perú la Tragedia de Lima del ‘64, conocida como la jornada más negra dentro de una cancha de fútbol de toda la historia. A la vez, fuera de los estadios, los enfrentamientos entre barras o contra la policía son cada vez más frecuentes. Pocas son las hinchadas argentinas que no entonan cánticos recordando a algún colega asesinado y ninguna la que no amenaza de muerte a sus rivales cada fin de semana. La línea entre alentar fervorosamente a un cuadro de fútbol y creer que el hincha con camiseta de otros colores es el enemigo se afina cada día más.

Un policía belga, contemplando la masacre, sintetizaba a la perfección lo que sucedía y sigue sucediendo en cada acto de violencia alrededor de una pelota: “Es un escenario de guerra, esto no es fútbol”.