lunes, mayo 20, 2024

John Langenus, el árbitro de la primera final

Por Matías Cavallero

En tiempos de coronavirus, infestados de trabajo desde el hogar y materiales didácticos compartidos con Zoom, la realidad ha cambiado por completo. La palabra multitasking parece haber llegado para quedarse y sus consecuencias también. Sin embargo, hace poco menos de un siglo, un ciudadano de la provincia belga de Amberes aparece como el pionero del término de moda. Sin Internet, escribía a la vieja usanza para una famosa revista deportiva; se dedicaba activamente a la política y además, era árbitro de fútbol.

La vida de John Langenus está repleta de curiosidades y vivencias que ni los más soñadores hubieran podido imaginar. Nació el 8 de diciembre de 1891 y las pocas dificultades económicas entre las que se desenvolvía su familia acabarían contrastando con su etapa de juez dentro del campo de juego. Los intentos por ser futbolista profesional se vieron truncados debido a una lesión y buscó una alternativa que lo mantuviese allí, bien cerquita de los protagonistas del juego que empezaba a transformarse en multitudinario.

Su primer examen en la escuela de árbitros incluyó dos insólitas preguntas: en caso de que la pelota viajara por el aire y, en ese preciso momento, impactara contra un avión volando a baja altura, ¿qué debía hacer? La otra consigna hizo que la evaluación fuese más parecida a una inquisición; debía responder sobre su proceder cuando un arquero se sentara en el travesaño y se negara a bajarse. Desaprobó, pero tuvo suerte tiempo después.

Empezó impartiendo justicia en el verde césped con un porte particular –medía 1,90 m.- y una vestimenta que sería un tópico constante en los diarios de la época. Su buen pasar financiero se reflejaba en el traje con camisa, pantalones bombachos y zapatos; además, hacía alarde de su léxico privilegiado. Pronto, sus actuaciones lo llevarían a los primeros planos de la política local: se convirtió en jefe de gabinete de su ciudad natal. Y la facilidad que mostraba para dominar cinco idiomas le abrió las puertas de Kicker, revista alemana especializada en deportes que aún hoy continúa lanzando su tirada.

La oportunidad de consagrarse en el ámbito internacional llegó tras la citación a Uruguay 1930, la primera Copa del Mundo oficial. Langenus ya había estado en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928, competición en la que Uruguay y Argentina se enfrentaron en la final. El belga no había participado en la terna de aquella instancia decisiva, pero esas naciones sudamericanas le traerían un gran dolor de cabeza.

El juez se subió a bordo del Conte Verde, embarcación que lo llevaría a él, a las delegaciones de varias selecciones europeas, y al presidente de la FIFA Jules Rimet. Una edición del diario La Vanguardia de Barcelona, previo al comienzo del evento mundial, enseñó un fragmento de la crónica de su periplo, analítico, como con la pluma que le daba vida a sus textos: “Los rumanos nos sorprendieron en el barco por sus dotes cantoras. Iniciaban un concierto bajo la dirección de su delantero centro y los pasajeros abandonaban los salones para asistir a aquel refinamiento artístico. Los franceses se distraían con otras canciones y se adueñaron de una parte del vehículo”.

Fue árbitro asistente en dos encuentros (Rumania 3 – 1 Perú, Chile 3 – 0 México) y principal en otros dos (Uruguay 1 – 0 Perú, Argentina 3 – 1 Chile) en la fase inicial. Paradójicamente, Langenus debía expresar su opinión acerca de aquellos juegos en la publicación teutona; las críticas hacia los jueces escaseaban. Observador de culturas, también le tocó escribir sobre la victoria albiceleste en las semifinales -6-1 ante Estados Unidos- y ya pronosticaba sobre el violento comportamiento de la parcialidad argentina en las tribunas y fuera de ellas. Había decidido cruzar el río para disfrutar de las bondades de Buenos Aires, y sintió el fervor de los hinchas.

Unos días después, la FIFA le notificó lo que más tenía: gracias a su buen criterio, se había ganado todos los boletos para arbitrar la final, la misma que se había dado dos años antes en los Países Bajos. El belga, aterrado, exigió explícitamente a las autoridades un seguro de vida. Para aceptar su designio, además, pidió que el barco que lo llevaría de vuelta a casa estuviese disponible apenas él diera el pitazo final. Dos horas antes del comienzo del partido, confirmó su presencia.

A punto de ingresar al estadio, una serie de individuos se hicieron pasar por Langenus y la Policía, expectante ante un posible enfrentamiento a golpes entre rioplatenses, decidió detenerlos. La misma suerte corrió el belga, del cual las fuerzas de seguridad no se habían percatado de que era, efectivamente, el juez del cotejo. Entre dimes y diretes, se prestó a dirigir.

El icónico acuerdo con los capitanes constaba de la utilización de una pelota por cada tiempo, escogida por argentinos y uruguayos. Sin grandes incidencias entre los fanáticos, la primera mitad era disputada y pareja. Cuando Guillermo Stábile, a la postre goleador del torneo, convirtió el 2-1 al cierre de los 45 minutos iniciales, las protestas se hicieron oír. El tanto no estaba exento de polémica. El árbitro, impoluto ante las quejas charrúas, dejó seguir.

La segunda parte ya es historia: los anfitriones, con su balón, dieron vuelta el duelo y vencieron 4-2 para consagrarse campeones del mundo. De lo contrario, había miles de hinchas con armas de fuego, esperando una hecatombe. Langenus, rápido, se subió al barco y volvió a Europa.

Sus experiencias mundialistas se vieron ampliadas en Italia 1934 y Francia 1938, pero sin tantos focos. Eso sí: dejó plasmada su ductilidad en dos libros. Pitando por el mundo: recuerdos e impresiones de un árbitro de fútbol y Fútbol y futbolistas tienen el sello de un hombre exótico, amplio y polivalente.

 

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