viernes, mayo 24, 2024

Aimar, jugar y desdramatizar

Por Ian Rodríguez

Gambeteó defensores como a los periodistas, presiones y polémicas. El cordobés Pablo Aimar nunca se consideró un payaso a pesar de haber entendido que al fútbol se juega disfrutándolo pues no es un trabajo de oficina. Una visión calmada de un deporte muy intenso, ya sea a los 16 años cuando debutó en River Plate o en sus actuales 40, con el buzo de técnico de la Selección Argentina Sub 17.

Si bien en la derrota se ofuscaba para revertir la situación, Aimar siempre prefirió tener la pelota, tirar caños y encarar. Fue su forma de expresarse. Así fue a sus 14 años (febrero de 1994), cuando en su primera prueba en Ciudad Universitaria para quedar en River, el pequeño riocuartense eludió a otro chico, quien se enojó y fue a buscarlo para pelearlo. Jorge Busti, el director técnico de juveniles por aquel entonces en Núñez, frenó la situación. “Para mí, el carácter es pedirla siempre pero para otros es pegar 10 patadas”, exclamó a sus 18 años.

Los cracks– según Pablo- son esos que eligen bien, entienden cuando ir para adelante y cuando para atrás. “Los grandes jugadores de toda la historia nunca dejaron de ver al fútbol como a un juego” y fue él mismo quien, en la previa de su último partido profesional con Estudiantes de Rio Cuarto frente a Sportivo Belgrano en 2018 por Copa Argentina, arengó a sus compañeros diciéndoles que esa sensación que se vive dentro de una cancha no se encuentra en ningún otro lado. Pero de ello hablaremos más tarde…

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¿De qué sirve saber de fútbol sin poder expresarlo? El enganche entendió el juego y el rol que ocupan los medios de comunicación en el fútbol desde que es un pibe. De un domingo al otro – según Aimar- , pasas de ser el mejor de los dioses al peor de los diablos en base a un resultado deportivo. A veces la condena se lleva a cabo antes, un miércoles. El riocuartense manifestó que se sobre analizaban 90 minutos de juego, buscando polémicas y despotricando jugadores: “No daba muchas notas porque a veces uno te criticaba y al fin de semana siguiente, en el cual andaba muy bien, me pedía una entrevista. Creía que, no dándosela, ése cambiaba. Pero no”.

Su filosofía siempre fue intentar de no dar títulos. “Yo soy un embole para dar notas”, reconoció Pablo. A pesar de esto, la dinámica en una entrevista conduce al lugar que el interrogado muchas veces no puede controlar y la gambeta verbal debe estar entrenada: “A veces el entrevistado, si lo dejas entre el ‘Si’ o ‘No’ como si fueran dos alas, agarra vuelo”. Aimar juega por el piso.

“Es imposible saber -explica con su acento cordobés- qué hubiera pasado si dos jugadores no contemporáneos hubieran nacido en la misma época y luego decidir quién hubiese sido mejor”. No obstante, considera que estas discusiones son divertidas entre amigos y duran horas porque el fútbol acepta todas las opiniones, aunque no se llegue a ninguna resolución.

Su hermana Laura lo describió, en su juventud, como alguien que odiaba los puntajes de los diarios. Andrés, por su parte, admitió que de lo que menos habla con su hermano es de fútbol porque se ponía de muy mal humor. Sin embargo, tanta exposición que tienden a manejar los futbolistas profesionales logró que el cordobés tenga la posibilidad de poder decir las cosas que él consideraba necesarias en los momentos justos: “Es una gran responsabilidad tener voz. No se puede faltar el respeto, hay numerosos ejemplos de personas respetuosas que realizan buen periodismo”. No se lanzó de joven a las cámaras ni a los flashes. Nunca dejó de dar respuestas contundentes para evitar mal entendidos.

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Desde 2018 ocupa el rol de entrenador de juveniles en la Selección Argentina. Hay una idea muy clara que va más allá del fútbol, que los chicos se diviertan. No le gusta llamar trabajos a lo que hace con sus jugadores:“Queremos tratar de retrasarles el momento en el que esto deja de ser un juego puro”, reconoció quien fue dirigido por Marcelo Bielsa y Jorge Jesús, sus entrenadores favoritos ya que son los que – a su criterio- más potenciaron a los planteles en los que él estuvo. Además, remarca Aimar que quiere desdramatizar al deporte desde que son más jóvenes porque no sabe si se puede hacer una vez llegados a Primera.

Dentro del mundo complejo de la estrategia, el riocuartense busca ganar cuidando el balón y tomando los riesgo necesarios para que el juego sea más por el piso. Se indigna cuando esta metodología es criticada pero considera que hay mucha gente la cual no entiende que es más difícil meter la pelota dentro del arco que sacarla del mismo. Esta discrepancia tuvo con su ex entrenador, Claudio Ranieri, cuando lo dirigió en 2004 en Valencia, que prefería jugar menos con la posesión y más a defenderse. Si bien no compartía, nunca la desmereció.

De esta manera entiende quien ganó cinco campeonatos locales en Portugal como jugador de Benfica, los juveniles serán capaces de amoldarse a cualquier tipo de sistema táctica que luego les exijan, ya sea el mismo o uno como el de Ranieri. En esta estricta formación de jugadores también esperan que puedan llegar a la Selección mayor con más de 60 partidos jugados y, si es posible, algún Mundial.

El sentido común también se entrena. Ha inculcado la noción de que hay otro en la vida y que no se debe pensar siempre en uno mismo: “Hacemos hincapié en cosas básicas porque cuando uno incorpora en la vida que hay un otro, es más fácil entender todo. Si llegamos al vestuario con los botines llenos de barro, el que limpia es una persona, no un extraterrestre”.

Lejos de ser un conservador de las viejas ideas, Aimar busca aprovechar el mundo moderno, a través de los celulares, y hacer que sus jugadores se vinculen más entre ellos. De esta manera, logra que pasen el tiempo y se conozcan más sus dirigidos. En una entrevista con Iván Noble aclaró: “Busco se expresen y dejen de pensar que están haciendo algo más que jugar”. Notó también que la pasión, las ganas e ilusión, a la hora de entrenar, que tienen sus dirigidos son las mismas que cuando él estaba en el lugar de ellos. En 2019, en el Sudamericano Sub 17 en tierras peruanas, su selección se coronó campeón.

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Aimar no es ningún payaso, nunca le gustó el apodo que en el Sudamericano Sub 17 en Chile 1997, le asignó la prensa pues interpretaba que, por la forma que tenía de jugar el volante, divertía a las aficiones de modo tal que lo suelen hacer los protagonistas del circo. Otro apodo, quizás menos conocido, es el de Payito, similar al anterior. Surgió de que a su padre, Ricardo Tomás Aimar, le decían Payo en Córdoba por su rubia cabellera. “Yo soy el hijo de en Río Cuarto”, manifestó Pablo sobre su viejo, tan futbolero, que convenció a Estela María de Aimar, la madre del enrulado joven, en llamarlo César en honor al técnico argentino campeón del mundo en 1978, César Luis Menotti, año y monedas después de que haya conseguido dicho logro (nació 3 de noviembre del 79).

El futuro 10 de River se forjó pateando la pelota todo el día, estando o no en Estudiantes de Rio Cuarto, club que vio sus primeras gambetas, junto a su hermano Andrés, quien ahora es manager de la institución. Su hermana Laura convivió con él hasta que se fue a Núñez para escribir su historia. Hoy está casado Ana Belén Ordoñez, con quien tuvo 4 hijos: Agustín (16), Sara (13), Juana (10) y Eva (7). Los primeros dos nacieron en la ciudad española Valencia, cuando su padre defendía la camiseta de los Ches desde 2001 hasta 2006. Las otras dos, en la capital de Portugal pues allí Pablo jugó en Benfica de 2008 a 2011.

A Núñez llegó en febrero de 1994, año mundialista en el cual a Diego Maradona le dio positivo el control antidoping y Argentina perdió en octavos de final 3 a 2 contra Rumania. En un principio a Pablito le costó optar por vivir solo en Capital Federal, simplemente quería probarse, ver el nivel, pero lo hizo sin altas expectativas de quedar en River. Tampoco las tenían sus padres. El plan inicial era ir, jugar y volver a terminar el secundario en su ciudad natal. Quedó y fue toda una compleja decisión, hasta que fue el mismo Daniel Passarella quien llamó a su papá para convencerlo de que se quedase. En septiembre, el muchacho cuyo ídolo era Néstor Gorosito, recibió el llamado del entrenador de selecciones juveniles José Néstor Pekerman para competir en el Mundial Sub 17 de 1995 en Ecuador.

En dicha competencia mundial hizo dupla con el volante César La Paglia en la creatividad del juego. No consiguieron pasar a la final tras perder 3 a 0 en el clásico de las Américas frente a Brasil, con Julio César en el arco. Dos años después, con la Sub 20, tuvo otra oportunidad. En La Serena, Chile, Argentina se coronó campeón con Aimar galardonado como el mejor jugador del certamen. Meses más tarde, junto a Diego Placente, Esteban Cambiasso, Juan Román Riquelme, por nombrar algunos, consiguieron el campeonato del mundo sub 20 en Malasia tras vencer en la final 2 a 1 a Uruguay. Solo en ese partido Pablo César no fue titular pero ingresó a los 10 minutos del segundo tiempo.

Las lágrimas atormentaban a un niño que vivía a 600 kilómetros de su hogar, en la pensión de River, detrás de la pileta del club, con 6 compañeros en búsqueda de un sueño que nadie le garantizaba que se iba a cumplir. Una ventaja era que, al ejercitarse todos los días y los sábados tener partido, los juveniles llegaban muy cansados, ergo no tenían fuerzas para la nostalgia. Se levantaban a las 7, iban al colegio para luego ir al entrenamiento, en el caso de Aimar, debía ir a Ezeiza muchas veces para estar con la Selección Sub 17. Sus padres lo visitaban una vez al mes. “El primer año se me hizo larguísimo”, recordó en una entrevista con el periodista Diego Borinsky para El Gráfico.

Pero mereces lo que sueñas como repetía el músico argentino Gustavo Cerati y con 16 años fue Carlos Babignton, ex entrenador de juveniles del conjunto riverplatense, quien lo hizo entrenar con la Primera con tipos como Enzo Francescoli, Ariel Ortega, Hernán Crespo, Marcelo Gallardo, entre otros. No le esquivó a la adversidad y en esa tarde, bajo los ojos de Ramón Díaz, Aimar gambeteó a Ricardo Negro Altamirano, quien fue con vehemencia en reiteradas ocasiones, durante toda la práctica.

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Crónica del último show.

En el marco de una definición por la segunda fase de la Copa Argentina entre Sportivo Belgrano y Estudiantes de Rio Cuarto, Pablo Aimar, con 38 años, se ponía una vez más los botines para despedirse como siempre lo soñó, jugando. Habían transcurrido 2 años y medio desde que anunció que no iba a seguir más con su etapa de retorno en River, allá por 2015, donde jugó menos de un tiempo en total (43 minutos en dos partidos). Pero en ese día, el 23 de enero de 2018, no le importó nada al enganche que anheló siempre terminar su carrera y vivir en la ciudad que lo vio nacer .

Fueron locales los celestes, en el estadio Antonio Candini, en donde no entraba ni un alfiler ya que iban a ver a ese pichón que se volvió crack en Europa y en la Selección Argentina. No obstante, esto no era un partido homenaje. Era la vuelta de una serie que, en la ciudad de San Francisco (Córdoba también), había terminado 2 a 1 a favor de Sportivo Belgrano, por ende todas las emociones se aglomeraban en las gradas que, entre sus espectadores, tuvo al maestro Marcelo Bielsa, que fue a ver cómo uno de sus jugadores del Mundial 2002 dejaba la profesión que hizo que sus caminos se entrelazaran.

“Les voy a decir una cosa: esas 9.000 o 10.000 personas que están acá quieren ser uno de ustedes. Yo quiero ser uno de ustedes mañana. Se van a levantar para ir a entrenar, los voy a envidiar con maldad. La sensación que vamos a sentir ahora al salir a la cancha llena no está en otro lado. No está. Búsquenla en donde quiera: no está en la falopa, ni en la noche, ni en las minas. No está en ningún lado. No tiene igualdad. Disfrútenlo. Y háganme disfrutar a mí”, esa fue la arenga que hilvanó Pablo Aimar, con una camiseta que decía “El final es donde partí”, en alusión a la canción de la banda rockera La Renga, a sus compañeros, entre ellos, su hermano Andrés.

Poco más que un caño del Payito ocurrió en el primer tiempo, sin embargo nuestro protagonista se las ingenió para, tras un rechazo de centro, controlar la pelota afuera del área con pie izquierdo acomodándosela para su perfil más hábil en la típica posición de enganche que, con el paso del tiempo y las distintas estrategias, se ha ido derrumbando aunque es el mismo Aimar uno de los últimos referentes de la materia. Sacó un disparo entre cinco defensores el cual no fue esquinado pero lo picó antes al arquero Federico Consentino, quien declaró después que fue “soñado haberle tapado un remate a Aimar”.

La primera parte concluyó y dio lugar a la segunda, cuando a los cinco minutos ocurrió el final de uno de los partidos. Pablo César Aimar fue sustituido y así concluyó su carrera como profesional. Así lo decidió el entrenador Marcelo Vázquez y en su lugar hizo que ingrese Bruno Spúlveda quien 10 minutos después provocó que lo choquen en área contraria para que el árbitro, cordobés también, Fabricio Llobet cobrara penal para los locales. No estaba el cumpleañero para soplar las velitas, en su lugar fue Juan Reynoso quien se encargó. No le bastó con ahogar el grito de Aimar que también atajó la pena máxima a Consentino y mantuvo el 0 a 0 que envió a Sportivo Belgrano a la segunda fase del certamen.

Eliminados los de Rio Cuarto, los micrófonos corrieron hacia la boca de quien dejaba el profesionalismo a un lado para dar inicio a una nueva etapa. Como de costumbre, Aimar estuvo calmado y dejó su testimonio:

“Pudimos jugar un rato junto a mi hermano con mi familia en la tribuna. Sé que vino Marcelo Bielsa, uno de los mejores entrenadores que he tenido y que no ponía el resultado por delante de otras cosas menos importantes. No tenía ni idea de que iba a venir, es una emoción muy grande para mí. Hubiese estado mejor pasar de ronda para que los muchachos puedan seguir jugando partidos pero tienen con qué ascender a Estudiantes. No sé si hay algún futbolista que se despida del deporte sin cuentas pendientes, hasta a Messi puede ser que le falte algo, pero nos llevamos un buen recuerdo, sobre todo la gente que conoces acá. Este es mi último partido, no me voy a olvidar nunca más de esto”.

Así fue como Pablo Aimar, que nunca se consideró un payaso, dio su último show. Donde siempre quiso volver, con quienes siempre quiso jugar en público, de la forma soñada, sin el resultado deportivo a su favor pero disfrutando del proceso, como alguna vez le enseñó Bielsa, su plateísta más enfocado de aquella noche.

 

 

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