Por Iván Ezequiel García

Gabriela Patricia Chávez tiene 31 años, es defensora y tiene una larga trayectoria en el fútbol femenino: jugó en cuatro de los cinco grandes de nuestro país. Gracias a los viajes que realizó con la celeste y blanca pudo conocer a íconos del fútbol mundial como aquel día cuando se sentó a tomar mates con el astro brasileño, Ronaldinho Gaucho: “Le pedí una foto, como cualquier futbolero haría, pero me dijo que si no me sentaba y le compartía un mate, no lo iba a hacer. Quedé sorprendida y estuvimos hablando de todo, sinceramente es una gran persona y un crack”.

Nació el 9 de Abril de 1989 en Moreno, Provincia de Buenos Aires. Integrante de una familia numerosa, que la apoyó desde el principio, compuesta por sus cinco hermanos y su padre, Ramón Chávez, y su madre Luisa Sánchez. “Ella era chica y un día estaba limpiando su cuarto, vi que le faltaba la cabeza a una muñeca que le habíamos regalado, cuando fui a preguntarle qué había pasado, la encuentro usándola como pelota de fútbol. Ahí sentí que la cosa iba por otro lado”, comenta la mamá entre risas.

Desde muy chica viste la camiseta de la Selección. En 2006 cumplió su sueño de ganar la Copa América. Cinco años más tarde decidió dar un paso al costado, por cuestiones económicas, para ser policía, pero la insistencia de Carlos Borrello, DT de la UAI Urquiza en ese momento, la convenció de volver a hacer lo que más le gusta, jugar al fútbol.

La defensora de Boca decidió dejar el colegio –años más tarde lo terminó– para dedicarse al fútbol, porque no le daban los tiempos. Salía a la mañana y viajaba horas hasta el predio de Ezeiza para entrenarse con la Selección: “La vuelta se hacía muy cansadora, no sólo por los entrenamientos sino por el viaje largo. La AFA nos ponía un micro hasta Retiro, de ahí me tomaba el tren hasta José C. Paz y luego otro colectivo que me dejaba en mi casa, llegaba muy de noche”.

Chávez comenzó en San Lorenzo, luego se mudó a Avellaneda para jugar en Independiente, partió a Chile, más precisamente al Everton pero fueron tres meses los que tardó para volver a su país y ponerse la de Boca, logró dos campeonatos seguidos en 2010 y 2011. “Después de mi vuelta y al no tener un buen rendimiento en la UAI, me voy a Platense que me ayudó mucho para después afianzarme en clubes grandes como River y Boca”, comentó.

Gabriela admira a Carlos Borrello, DT de la Selección femenina, porque la ayudó a adaptarse rápidamente, le puso como apodo Gatito porque jugaba con el pelo suelto y le decía que tenía dicho animal en la cabeza y además fue quien la puso en la posición de lateral derecha. Y lo más importante es que fue clave para que volviera a jugar al fútbol: “Todos los días me llenaba de mensajes y llamadas, me decía que era una lástima que el fútbol femenino ya no disfrute de mis cualidades, al principio me negaba porque pensaba que era un ciclo terminado pero me convenció y firmé con la UAI”.

En su paso por Boca, durante un partido contra San Lorenzo, la defensora pasó por un incidente en el que un hombre, desde la tribuna, no paraba de insultarla por su “físico” hasta que llegó una jugada clave: “Hay un cambio de frente, que me deja mano a mano con la arquera, cierro los ojos, se la picó y meto el gol, sin dudarlo, fui a donde estaba este hincha y me toqué la panza”. “Creo que después de eso se fue porque no lo escuché más, ja”, rememoró.

Familiares y amigos la consideran una excelente persona, que siempre está presente. Pero a la vez afirman que tiene un pequeño defecto: “Su carácter es bastante fuerte y es de gritar mucho, sobre todo cuando se enoja con sus compañeras porque no se esfuerzan como lo hace ella”. Agustín, no de sus hermanos, acota entre risas: “Cuando la ves con las cejas cruzadas es mejor no hablarle”.

Entre sus proyectos, la jugadora aún tiene un sueño y cree que no está muy lejos de cumplirlo: “Jugar en la Selección y haber salido campeona hizo que cumpla un 95 por ciento de mis sueños futbolísticos. El restante sería ganar una Copa Libertadores y creo que si seguimos jugando de esta manera, lo vamos a lograr”.

Si bien pudo haber proyectado una carrera en otros lugares, para ella Argentina es su lugar en el mundo y no se imagina vivir en otro país: “Me costó mucho la adaptación en Chile, extrañaba a mi familia, a mis amigos, por eso estuve poco tiempo”. Por el mismo motivo, rechazó ofertas de Estados unidos y de España, más precisamente del Zaragoza: “No me arrepiento de haber tomado esa decisión”.

Siente orgullo cada vez que juega con la Selección, tuvo alegrías y tristezas. “Lo peor de mi carrera fue haber perdido 11 a 0 contra Alemania en el Mundial de 2007, sentí que decepcioné a todo un país, fue horrible”, contó y enseguida, mientras se mordía los labios, agregó: “Ni hablar cuando erré el penal contra Colombia en la final de los Panamericanos, el año pasado”.

La de Chávez es una carrera con matices, no todo fue malo, porque le tocó salir campeona en 2006: “Imaginate, fue mi primer título, no paraba de llorar de la emoción y mi familia lo mismo. A cada lugar que fui, siempre nos pedían camisetas, medias o lo que sea, sienten admiración por la celeste y blanca”, comentó con una sonrisa.

Su segundo Mundial fue el año pasado, en 2019, Argentina se clasificó tras 12 años de ausencia en este torneo –entre 2005 y 2017, no había un equipo formado– “Fue histórico por todo lo que pasó previamente, a pesar de que perdimos en primera ronda, el público nos felicitó”, y en lo personal agregó: “Un sueño total porque no solamente jugué mi segundo Mundial sino que conocí un lugar fantástico, como lo es Francia que fue la anfitriona del campeonato”.

Gabriela Chávez nunca pudo abandonar del todo al fútbol, ni en su peor momento y piensa seguir por muchos años más: “No sé por cuánto tiempo más seguiré jugando, pero quiero seguir ligada a la pelota. Tengo pensado estudiar kinesiología deportiva, así que veremos qué pasa”.