viernes, mayo 24, 2024

La banda y los guantes: conexiones entre el rock y el fútbol

Por Gonzalo Sarmiento

Ocho años tenía Federico “Ruso” Scurnik y su vida futbolística ya iba tomando ritmo. Primero comenzó con el baby fútbol en el club de su barrio, ese club en el que cada niño futbolero se probó alguna vez en su vida. Villa Sahores se llamaba y hoy en día sigue ubicado en la Paternal. Allí entró gracias a su padre, que trabajaba como delegado en aquel entonces. En toda su carrera pasó por ocho equipos diferentes y con todos jugó en el ascenso argentino. Actualmente integra el plantel de San Martín de Burzaco, que limita en la Primera C.

Sin embargo, el fútbol no es su única experiencia como deportista, ya que admite que de chico era poco aplicado y se aburría cada vez que la pelota no pasaba por sus pies. Recuerda que cuando no tocaba la redonda se tiraba en el medio de la cancha y ahí permanecía un largo rato acostado sobre el piso de cemento. Sin poder mostrar sus movimientos en el baby, su entrenador fue comprensivo y le recomendó que probara con el básquet, aunque poco tiempo le duró hacer dobles y triples hasta que decidió abandonarlo. También incursionó con taekwondo, pero duró poco y decidió volver a sus raíces con el fútbol.

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Casi un metro noventa de altura y una voz grave y potente, algo ronca, que evoca a alguien corpulento y maduro. Cejas gruesas, una barba marcada a medio crecer y el pelo relativamente largo, diferente a los peinados que se hacen los jugadores de hoy. El ruso caminó con su termo y su mate entre los brazos y me saludó. Hicimos un choque de manos y me invitó a pasar al bar del club. Un bar vacío, con mesas y sillas limpias y con un televisor LED colgado en la pared en una esquina. El lugar parecía inhabilitado, pero a un costado se encontraba un barman apoyado sobre el mostrador mirando el noticiero deportivo que pasan por ESPN al mediodía.

Una vez adentro, nos sentamos en la primera mesa que vimos y él apoyó su termo con el mate. Un termo con un estampado de color verde y con un diseño camuflado, parecido a la vestimenta que utilizan los militares. Yo saqué mi grabadora y la apoyé sobre la mesa de madera. Me aseguré de que tuviera la batería suficiente para grabar toda la charla y la encendí.

Federico Scurnik consiguió el ascenso a la Primera C con San Martín de Burzaco en 2014, a sus 30 años.

– ¿Cómo eras de chico? 

– Me crié en una familia tipo, con un hermano mayor. Éramos de clase media y nunca nos faltaron las necesidades básicas. Yo era tranquilo y nunca llevé problemas a mi casa.

– ¿Cómo te llevabas con tus padres?

– Mi vieja es lo grande que hay y siempre dio todo por nosotros. Mi viejo tuvo errores y cosas propias de su generación. Con él nunca tuve una relación tan cercana como la que tenemos hoy por hoy, pero no tengo ningún reproche hacia ellos. Yo sé que hicieron lo mejor que pudieron y, al día de hoy, estoy muy orgulloso de ello.

– ¿A qué edad te metiste en el fútbol?

– De muy chiquito. Mi papá era delegado de un club de baby del barrio llamado Villa Sahores. Empecé a jugar desde los ocho años e hice todo el baby fútbol ahí. Antes de terminarlo arranqué en las inferiores de All Boys, club del cual soy hincha, al igual que mi viejo. No jugué mucho porque era medio bruto y siempre llegaba a destiempo. Y bueno, empezó a faltar el arquero y el peor iba al arco, así que no me quedó otra que atajar. Me regalaron un bolsito con las cosas del arquero y de chico eso me llamó la atención. Así es como me quedé en el arco. En algún momento quise cambiar pero ya era demasiado tarde –se lamentó entre risas-.

– ¿Por cuál club simpatizabas de chico?

– Mi familia es hincha de River. Era la época de Francescoli y me gustaba mucho mirar esos partidos. Igualmente, con mi papá teníamos una brecha muy larga y lo único que compartíamos juntos era ir a la cancha a ver a All Boys.

– ¿Y ahora por quién simpatizás?

– Sigo siendo de All Boys, soy fanático. Sigo yendo a la cancha cuando puedo, miro los partidos por la tele o por YouTube y también lo escucho por la radio. Con All Boys sufro igual que siempre.

– ¿Te dejó valores el fútbol?

– Tuve la oportunidad de estudiar muchos años en distintas carreras gracias al fútbol, pero lo más importante lo aprendí en un vestuario: lealtad, solidaridad, compañerismo y honestidad.

El plantel de San Martín de Burzaco pide justicia por la desaparición de Santiago Maldonado. Foto: Instagram.

– Te recibiste en dos tecnicaturas: Psicología del Deporte y Psicología Social. ¿Por qué te inclinaste por esas carreras?

– Porque conocí a un profesional (Jorge Luna, psicólogo) hace unos 15 años atrás, cuando jugaba en Lamadrid. Yo no le daba mucha bola y era muy escéptico en cuanto a lo que un psicólogo le podía aportar a un plantel, pero éste tipo me sorprendió y en ese momento me dije: “realmente es esto lo que quiero hacer cuando no juegue más”.  

– ¿Aplicás la psicología ahora en tu carrera?

– Yo creo que sí. Aprendí con el tiempo a ponerme en el lugar del otro. A pesar de que siempre fui racional, también tuve mi costado impulsivo que me llevó a tomar malas decisiones. Yo creo que con el tiempo y con los estudios aprendí a ser mucho más maduro al relacionarme con mis compañeros, mi familia y amigos.

– Te estás aproximando a la edad del retiro, ¿Pensás seguir vinculado al fútbol por el lado de la psicología?

– Sí. Por el lado de la psicología ya estuve ejerciendo en juveniles y tuve un consultorio en fútbol femenino, pero en los últimos años me picó el bicho de darme la oportunidad de dirigir a un grupo de jugadores profesionales. Seguramente haga el curso de técnico porque quiero sacarme la espina de dirigir a profesionales, creo que tengo mucho para aportarle al grupo.

La conversación entró en un clima más futbolístico y el foco principal pasó a ser respecto a su carrera profesional.

– Debutaste en 2003 con la camiseta de Comunicaciones, ¿Te acordás cómo fue ese primer partido?

– Sí, me acuerdo de todo. Después de jugar en reserva el técnico me comentó que había una fecha libre y que recién volvían a jugar en dos semanas. Me agarró un lunes y me dijo que yo iba a debutar en ese partido. En esas semanas hice todo lo que no había hecho nunca en mi vida: me cuidé con las comidas, no salí de mi casa y me acosté temprano. Esos días estuve muy tenso y nervioso. Tuve un buen debut. Recuerdo que ganamos 2 a 0 y tuve un buen desempeño. En aquel momento tenía 18 años, a punto de cumplir los 19, y ahí fue cuando supe lo que iba a hacer el resto de mi vida. Son recuerdos inolvidables.

– ¿Te hubiese gustado ser jugador de campo?

Sí, ni hablar. Cada vez que juego un picado con amigos, nunca atajo. No soy un obsesivo del puesto que siempre le gusta atajar. Seguramente cuando deje de jugar profesionalmente siga jugando con amigos, pero en el mediocampo.

– ¿Tuviste algún referente de chico? ¿Y ahora?

– Tengo varios referentes, pero Peter Schmeichel –arquero danés de los años ´90 que atajó en Manchester United- era mi ídolo y hasta tenía un póster suyo colgado en mi pieza. Incluso, de chico me levantaba siempre temprano para verlo atajar. Hoy en día me gustan los arqueros más sobrios y efectivos y, en cambio, no me llaman la atención aquellos que tienen tapadas espectaculares. Me gustan Jan Oblak (del Atlético Madrid), Petr Cech (ex Chelsea y Arsenal) y Samir Handanovic (del Inter).

– ¿Te pareces a algún arquero?

-Yo me identificaba, en su momento, con el Mono Burgos y con el turco Rüstü. Eran arqueros que trataban de imponerse y de hacerse dueños del área, dejando de lado la posibilidad de lucirse de forma individual.

– Lograste tres ascensos en tu carrera, ¿Qué se siente haberlos conseguido?

– ¡Es lo más grande que hay! Creo que para un jugador del ascenso es como salir campeón. Es una sensación muy satisfactoria, es como decir: “Pasé a otro nivel”. Lo disfrutás mucho y son cosas que te quedan para toda la vida. 

– Estás hace casi 16 años jugando en el ascenso argentino, ¿Los cambiarías por jugar un año en Primera División?  

– No, para nada. Estoy muy conforme con todo lo que viví. No digo haber jugado en Primera, pero me hubiese gustado jugar en la B Metro con All Boys. Por una cuestión de comodidad no me di la posibilidad de buscar una categoría superior o de aceptar una oferta. Es lo que me tocó y lo voy a aceptar porque lo que viví fue muy fuerte y no me puedo quejar.

Scurnik cumplió 100 partidos con San Martín en el 2017, equipo con el que concretó el ascenso a la Primera C hace 5 años. Foto: Instagram.

– ¿Estuviste cerca de jugar en un club importante?

– De chico. Cuando estaba en las inferiores de All Boys me fui a probar a River y tenía la posibilidad de quedarme, pero preferí seguir jugando con mis amigos. Fue la época en la que jugué con Carlos Tevez. Mis compañeros se fueron a otros clubes de primera y yo también tenía la oportunidad de irme, pero no le di tanta importancia en ese momento. De más grande pude haberme ido a clubes del Federal, pero yo me sentía muy cómodo en la Primera C con la UAI Urquiza. Era un club muy confortable y, además, por el hecho de estudiar una carrera, nunca prioricé irme a otro club.

La charla se fue descentralizando del fútbol y cada vez fue enfocándose más en algunos aspectos personales. Él apagó la televisión que seguía prendida y puesta en el mismo canal que lo había dejado el barman al principio.

– ¿Cuál fue tu día más feliz dentro del fútbol? ¿Y el de tu vida?

– El día que más disfruté dentro de una cancha fue el ascenso con San Martín a la “C” hace 5 años. Fue algo distinto a lo que había vivido en los otros ascensos que logré en mi carrera por cómo estaba la cancha aquel día y por los festejos posteriores. En ese entonces tenía 30 años y sentía que era mi última oportunidad para volver a ser profesional. Seguramente si no lograba ese ascenso tenía que dedicarme a otro trabajo y al estudio. Iba a ser muy complicado jugar en la “D” a los 30 años. Y el día más feliz de mi vida fue el nacimiento de Sofi, mi ahijada. El hecho de que mi hermano me pidiera ser el padrino de su hija me hizo un click en la cabeza y a partir de ahí fue todo distinto, viví la vida de una manera diferente.

– ¿Y cuál fue el día más triste?

– Sin lugar a dudas, el más triste fue el fallecimiento de Emanuel –se refiere a Emanuel Ortega, aquel jugador de 21 que murió tras chocar su cabeza contra el paredón perimetral de la cancha y sufrir una doble fractura de cráneo-. Yo nunca dejé que las desgracias me pasaran por arriba, pero creo que lo de Emanuel fue lo más triste que me pasó. El día que estábamos en la parte de urgencias dentro del hospital y nos avisaron que había fallecido fue un momento de muchísima tristeza.

– ¿Cómo fueron esos días posteriores?

– Fueron meses largos en los que estuve muy “atado” y no me podía despegar de todo lo que había pasado. Los partidos posteriores salíamos a la cancha con una remera recordándolo a él y mirando a la tribuna que tenía su nombre. Incluso, hasta el día de hoy sigo usando esa remera debajo de la camiseta para recordarlo cada partido. Fue muy costoso y fue el único momento en toda mi carrera que puse en duda mi continuidad en el fútbol.

Federico Scurnik con la camiseta en homenaje a Emanuel Ortega.

Faceta personal y futbolística al margen, comenzaron los diálogos ambientados en la música y su actualidad dentro de una banda de rock.  

– ¿Cómo surgió la idea de tocar en una banda?

– La música siempre me apasionó de chiquito. Tuve una banda de rock pero justo coincidió con mi debut en primera y la posibilidad de ser profesional, así que me tuve que alejar porque son dos mundos absolutamente incompatibles. En la música hay excesos y es otro mambo. Ya de grande me tocó coincidir con un amigo –se refiere a Leo Coria, el líder de la banda actual- y ahí me llamaron para integrarme a su grupo y empezamos con covers. Hace dos años que estoy con ellos y tocamos con frecuencia. Pude concretar un sueño que en algún momento lo veía lejos por el fútbol y el estudio. Hoy estoy muy contento de pertenecer a una banda de rock que me identifica, en la que tengo mi lugar y puedo aportar con lo mío. 

– ¿Te lo imaginabas?

– No, de ninguna manera. Siempre pensaba que ya había pasado el tiempo musical para mí, pero tuve la suerte de ponerme las pilas, capacitarme y llegar a estar a la altura de una banda que tiene mucha expectativa de crecer. La verdad es que nos sentimos muy bien y capacitados para poder grabar y llevar adelante un proyecto muy serio.

– ¿Cuándo aprendiste a tocar el piano?

-Yo siempre fui vocalista de chico, sin estudiar. De grande comencé a estudiar canto y luego me dije: “Me tengo que acompañar, tengo que aprender a tocar algo”. Ahí arranqué con guitarra, pero en los primeros momentos me salían callos en los dedos y me costaba atajar. Después empecé a ir a clases de teclado y dije: “Este es el instrumento que voy a tocar hasta el último día de mi vida”. Fue amor a primera vista.

– ¿Con cuál banda de rock te identificas?

– Mi banda favorita de rock es Mago de Oz, que es de metal progresivo español, pero también me gusta lo que es el heavy metal, como Iron Maiden, Megadeth y Guns N´Roses. Mi preferencia es desde el rock para arriba, rock pesado, aunque también escucho cumbia y cuarteto. Uno al estudiar canto se exige versatilidad en el registro y hay que cantar de todo. Mi preferencia es el rock pesado, sin ninguna duda.

– ¿Escuchás mucho durante el día?

Todo el tiempo estoy escuchando música, ya sea mientras estoy manejando o en el gimnasio, por ejemplo. En el vestuario me encantaría poner Iron Maiden o Metallica a la mañana, pero hay mucha cumbia y reggaetón y en esas cosas hay que ser respetuoso y adaptarse al entorno.

– ¿Tocás en la banda para generar más ingresos económicos o lo ves como un hobby?

– Lo veo como un hobby para sacarme la espina de poder subirme a un escenario. Es una sensación incomparable cuando la gente nos empieza a seguir a cada recital y se aprende las letras de las canciones que cantamos. La verdad es que no pensé que la música me pudiera dar la satisfacción que me está dando. Hoy por hoy estamos tocando para salir hechos y no perder plata. Si bien tenemos expectativa de crecer, no es lo que nos motiva: tocamos porque nos gusta y disfrutamos de cada ensayo y cada show al máximo.

Federico Scurnik junto a sus compañeros de la banda “Esclavos de Coria” (Leo Coria, Joselo Yannucci, Alejandro Alfaro y Hernán Mennuti). Foto: Instagram.

– ¿Vas a muchos recitales?

– A todos. Desde muy chico empecé a ir a recitales y cada vez que viene una banda internacional a la Argentina voy a verla. Me acuerdo que de chico iba a los pogos, pero de grande, ya metido en la música, empecé a entender de sonido y de instrumentos. 

– ¿Cuál es el que más recordás?

– La otra vez fui con mi hermano a ver a Iron Maiden al estadio de Velez y me emocioné un montón porque recordé aquella vez que tocaron en el ´98 y lo había ido a ver con él. También me emocioné cuando fui con mis amigos a ver a los Guns N´Roses en River en el 2016.

– ¿Cómo te imaginas a la banda en un futuro?

-Tocando. Estamos muy entusiasmados y el futuro dirá. Sentimos que vamos avanzando cada vez más.

– ¿Pensás seguir con la banda después de que te retires del fútbol?

– Si, obvio. Nunca voy a dejar de tocar. Si los chicos me dicen que no estoy a la altura, tocaré solo, pero siempre voy a estar tocando. Me gratifica mucho, me satisface y me libera de tensiones. Cuando tenga tiempo y esté más capacitado, pienso empezar a componer. Seguramente siga ligado al fútbol, pero la música es algo que será para toda la vida.

La entrevista salió del plano musical y comenzaron las preguntas sueltas.

– ¿Tenés alguna cábala?

-Yo tengo una frase de cabecera que dice así: “La superstición es la religión de la mente de los débiles”. No creo que hacer determinada cosa se vaya a ver directamente reflejado en algún beneficio o éxito. Pero sí hay cosas que me dan seguridad, como la ropa sobria. Nunca me van a ver atajando con colores llamativos. En cada partido me pongo la remera de Emanuel y en las fotos iniciales de la formación siempre estoy mirando a la tribuna buscando a mis viejos, a pesar de saber que no van más por cuestión de edad, pero los sigo buscando como cuando era chico.

Scurnik mira hacia la tribuna, en búsqueda de sus padres. Foto: Sofía Silva.

– ¿Sos religioso o creyente?

– No creo en nada, soy ateo. Sólo creo en la fuerza de voluntad de mis viejos y lo que yo soy capaz de hacer y lo que no. Eso es lo que va a definir, para bien o para mal, mis circunstancias. 

– Si no hubieses sido futbolista, ¿A qué te hubieses dedicado?

– A la música, sin ninguna duda. Y habría arrancado alguna otra carrera.

– ¿Tuviste algún otro trabajo?

– Sí, un montón. Vendí ropa, trabajé en los lagos de Palermo en la parte de los botes, atendí un cyber y tuve un kiosco. Después de haber estado vendiendo ropa por un tiempo, empecé a ejercer como psicólogo apenas me recibí. También hice publicidades, algunas referidas al fútbol y al deporte -aparecía en los videos de Topper corriendo por los lagos de Palermo- y también aparecí en publicidades de Pepsi y de la cerveza mexicana Sol.

Publicidad de Pepsi para la que Scurnik hace de arquero del equipo rojo.

La entrevista ya estaba llegando a su final. El termo ya se había quedado sin agua y las preguntas se iban acabando, pero quedaban dos y debían ser respondidas para cerrar esta charla.

– ¿Quién es Federico Bruno Scurnik?

– Un buen tipo, que nunca cagó a nadie y nunca fue doble discurso. Si tuvo problemas con algún compañero fue por ser frontal. Es un tipo muy bien intencionado y muy solidario. Lo van a recordar por ser un buen tipo y buen compañero, no por ser buen arquero o por haber ganado cosas. Si preguntan por mí, van a decir que soy un buen tipo.

– Última. ¿Cómo surgió el apodo “Ruso”?

– Mi viejo es ruso, vengo de una familia rusa. Él se “mestizó” con mi vieja, que es mendocina. Yo salí con los rasgos de mi vieja, pero desde chiquito me decían “Rusito, rusito”, y de ahí pasé a ser “Ruso” y me quedó.

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