Por Juan Ignacio Ballarino e Iván Lorenz

Es viernes 8 de noviembre, pasaron las siete de la tarde y el estadio Ciudad de La Plata está casi colmado. Para este partido, decidieron habilitar la popular Norte, esa que solía ser para los visitantes. Van 22 minutos desde que sonó el silbato inicial, Estudiantes le gana 1-0 a Talleres con gol de Manuel Castro a 90 segundos del arranque, pero los presentes tienen la cabeza en otro lado. La cortina musical la elige la hinchada: “Señores, vamos a volver a UNO…”.

Acaba de terminar el primer tiempo, pero el cántico continúa. Mientras un nene intenta sin éxito pronunciar “Pincharrata” y agita una bandera, los equipos vuelven al campo de juego. Se posicionan y arranca la segunda parte. Sólo quedan 45 minutos más la adición para comenzar la fiesta. En realidad, hace una semana que La Plata está de jolgorio: la Avenida 1, entre 55 y 57, se llenó de bocinazos y transeúntes que documentan lo que ven, y las cuadras previas están llenas de pinturas albirrojas y sietes bien dibujados.

El pueblo Pincha quiere que termine el partido. No sólo por la imperiosa necesidad de los tres puntos y el gran juego que despliega Talleres, sino motivados por una pasión visceral. Están deseosos de empezar la cruzada hacia Tierra de Campeones. 

Se acerca el cierre y el coro del Ciudad de La Plata canta: “El sueño se hace realidad…”. Fernando Espinoza señala el medio y hace sonar el silbato. Estudiantes ganó. La hinchada festeja. Los jugadores se acercan a la cabecera Sur para celebrar con ellos. Dan una última vuelta por el césped y cantan con su gente: “La cancha que me llevó mi viejo, la historia de Estudiantes está acá…”. 

La voz del estadio tiene otros planes, invita a los hinchas a llevar la historia a 25 y 32. Allí arranca la travesía. Una marea albirroja pinta el oscuro cielo con sus colores. Banderas, camisetas, fuegos artificiales, bombos, trompetas, sonrisas, lágrimas, humo de parrilla, frío de cerveza, un camión, bengalas y personas de todas las edades conforman el paisaje. La masividad entona: “Porque vamos a volver, donde yo te conocí…”. Pero la vuelta no arranca y la ansiedad se huele, se siente, se degusta.

Es imposible contar cuántas personas hay. Un humo rojo indica el inicio de lo que esperaron por 14 años, 2 meses y 10 días. El León ruge y empieza a encarar por 32. Los hinchas se desesperan, rompen la caravana para adelantarse por los costados y acompañar al camión que no para de hacer ruido. La pasión los lleva y hace que no piensen en los casi seis kilómetros que tienen por delante.

Los cantitos no paran y de lo único que hablan los hinchas es de Estudiantes. El tiempo metamorfosea y se convierte en anécdotas que los hacen viajar. Lágrimas por aquí. Bebés inexplicablemente dormidos, en brazos o en carritos. Camisetas del Pincha de todas las épocas. Bengalas rojas y blancas que marcan el rumbo y horizonte. Dos colores además de los que pintan la camiseta del León son aceptados: amarillo y negro. Peñarol también se hace presente. El carbonero no es ajeno a la historia grande del club.

Hay una bandera -que se impone con su tamaño- dedicada a Juan Sebastián Verón, presidente del club y artífice de la concreción del sueño de los albirrojos. Otra lleva un bidón con tres “x”, porque si hay algo que le gusta a Estudiantes es pregonar su mística. Lenny, el personaje de Los Simpsons, también está, con la casaca puesta y convertido en trapo. Está jugando una carrera o intentando meter un gol, porque gambetea obstáculos para acercarse al principio de la peregrinación. 

Bum. Algo resuena y el humo rojo vuelve a aparecer. Hay que doblar. Está todo planeado. La caravana encara para la calle 7. Obvio, cómo olvidarse del rival de toda la vida. Incluso le dedican canciones. Se ríen, se transportan a la goleada histórica con una risa tan juguetona e infantil como la amarilla que se comió Pablo Lugüercio aquel 15 de octubre de 2006 por festejar el sexto sacándose la camiseta.

Las personas salen a los balcones de los edificios para cantar un rato mientras blanden sus banderas. Sus trapos y camisetas cuelgan de las barandas, adornando edificios a lo largo de la calle. No caminan junto con la gente, quizás por algún impedimento físico, quizás por otro motivo. Da igual cuál sea la razón, pero ningún Pincharrata quiere perderse la fiesta. Los conductores se quejan porque no pueden avanzar con el auto, pero los semáforos no les importan a la masa Pincha. Le acercan un gorro al chofer de la línea 7. Se lo pone. Le ofrecen cerveza. La rechaza con risa cómplice, está trabajando y al volante. La fiesta la hacen todos. Lo único que le interesa a la marea albirroja es que acompañen la fiesta y entonen con ellos: “Donde juré que por vos iba a morir…”. Los sentimientos los desbordan, van a explotar. La distancia pesa, pero la pasión empuja. No duelen las piernas, arde el corazón. Almas borrachas bailan con ojos cerrados, no le buscan explicación alguna, sienten. ¿Para qué abrirlos? Todo es rojo y blanco.

Se miran entre ellos. Uno corre desesperado por encontrar a su compañera de vida. Está tan nublado por la pasión y la cerveza que no se da cuenta de que la tiene al lado. Se ríen. Miran hacia los balcones, les cantan. Es recíproco. “¿Cuánto falta?”, se preguntan con los ojos. Ya casi. Antes, un parate. Nadie sabe bien por qué: “¿Ese de arriba del edificio es tripero y nos gritó?” ¿Acaso tienen razón? ¿O la ansiedad hace que imaginen presentes en la vigilia a sus vecinos?

Paran en la esquina. El camión ya nadie sabe en dónde está. Debe haber llegado a destino. Entonces, Matías Pellegrini, jugador profesional nacido en las inferiores Pincharrata, ya debería estar allí. Lo que no es una suposición es que le dio al bombo y a la trompeta a más no poder durante todo el trayecto subido al colectivo descapotado.

El cielo apagado se enciende con los fuegos artificiales que los organizadores reparten a quien se cruza en su camino. Suenan como flechas que cortan el viento y luego revientan con un estruendo. Colocan humo en las calles y arman una ronda. Piden un minuto de silencio y empieza el pogo. Saltan de acá para allá a los gritos. Esta noche no duerme nadie. La ciudad de las diagonales está viva.

“Bueno, loco, basta, ¡quiero ver la cancha!”, se queja un hincha con un tubo de vino en mano y expulsa al viento lo que siente la mayoría, esa que dobló a la izquierda y se dirige a la plazoleta caminando a paso fuerte. Pero con cuidado, porque se recuerdan en el mítico estadio y tienen miedo de caer. ¿Los sueños se realizan? Probablemente no todos, pero sí este, que comenzó con la demolición del viejo estadio por la rotura de uno de los escalones de la grada. Siempre estará presente aquella escalera que conformaba ambas tribunas, y así lo recuerda el público presente: “De madera, de tablón, donde jugó el Narigón…”. Confirmaron que Carlos Bilardo no estará en la inauguración y no sólo basta con recordarlo con una estrofa, sino que uno decidió vestirse como él: bata de médico, estetoscopio y una enorme nariz de plástico. 

Ya se ve la plazoleta. Es navidad y Papá Noel no faltó. Los más chiquitos se sacan fotos con el personaje mágico. Como si fuera poco, también dice presente una suerte de jeque árabe. Pero hincha del Pincha a fin de cuentas. Ni él ni el domador de renos tienen regalos para ofrecer. Basta con mirar. Aunque, por ahora, los ojos se enfocan en el escenario y lo escanean todo. El olor a choripán hace retorcer de hambre las tripas. La plazoleta ahora es de Estudiantes, no se ve ni el piso. Mientras los fuegos artificiales explotan, Estelares canta en vivo arriba de un escenario: “Hoy es un día perfecto”. La que saben todos y en la que todos coinciden. A la banda la presentó nada más y nada menos que el presidente, con una frase que repitió hasta el hartazgo: “Esto no es un punto de llegada, sino de partida”.

Un grupito pícaro se trajo una heladerita. Se dan cuenta de que un hincha que estaba ahí la mira y le regalan una birrita con la excusa de que “esto es familia”. Agradecido, observa y baila. No todos se menean, simplemente miran sin poder moverse. Otros no pueden hacer movimientos porque escalaron un árbol para observar mejor. Y hay otro más loco que cualquier otro, pero cuya demencia es la envidia de la multitud, porque le sacan la foto que todos quieren. Está subido al cartel que indica que la calle es 1, con una bandera pincharrata en mano.

Terminado el espacio para las bandas, el escenario lo ocupa una torta con forma de león. Un organizador la corta y la regala a los pocos que se quedaron ahí. La multitud se fue esparciendo, pero la mayoría se fue por Avenida 1. Al caminar por ahí, se ve que la cancha está rodeada de gente que baila feliz y borracha, cantando a los gritos la canción de turno. La música se para repentinamente y les parece la mejor forma de entonar el tema de la noche: “… Donde tantas veces yo lloré por vos”. Y lagrimean de alegría, por el momento y porque son conscientes de que esas frases no van a sonar nunca más.