domingo, mayo 26, 2024

“Ya retirado te cuesta encontrar para qué servís, porque construiste tu identidad haciendo eso”

Producción y textos: Valentín Gogorza, Federico Bajo, Fernando Bajo, Lucila Ferreyra y Fabrizio Ramos

Desde adentro, cuando lo jugás, se vive con muchísima emoción y pasión, pero nunca como algo más que un partido de fútbol. Todo lo demás llega desde otros lugares. Los jugadores se contagian del entorno, de lo que pasa en la semana previa y de lo que puede llegar a pasar el día después. Tiene un montón de condimentos, pero es, simplemente, un partido de fútbol. Estamos de acuerdo en el folclore y que eso dé vida, charla y tema a un montón de programas, pero desde adentro se vive como un partido de fútbol.

– Durante tu paso en las inferiores de River, ¿aprendiste que Boca era qué?

– Jugando para River, Boca es el rival. Lo que sucede en todos los países. Dentro del club es un equipo rival. En la calle se vive de otra manera. Te insultan los hinchas del otro equipo y vivís episodios en los que tenés que concentrarte para no reaccionar. Pero dentro de los clubes no pasa algo diferente a lo que sucede en otro momento o ante otro rival. Uno lo vive como un partido de fútbol, apasionante. Sobre todo un River – Boca. Pero no deja de ser eso, un partido de fútbol.

–  ¿Qué tienen en común los superclásicos que te tocaron jugar? ¿Ocurría algo similar cuando te desempeñabas en Portugal?

– En los River – Boca se habla diez días antes y diez días después. En Portugal también, se vive con mucha pasión. Y hay algo que está asegurado: no hay ningún asiento libre. Eso es espectacular. Cuando salís a la cancha en un clásico hay una subida de adrenalina que es adictiva. En Portugal sucede igual que en Argentina. Recuerdo ir con el Benfica a Porto y en los puentes de la autopista, a cinco kilómetros de la ciudad, nos tiraban baldes con pintura azul y piedras, por ejemplo.

– En una entrevista para el programa Más que fútbol declaraste que los clubes grandes son grandes por la exigencia, que hay saber convivir con ella. ¿Hay lugar para el disfrute más allá de la presión?

– Sí, lo hay. El hecho de salir a la cancha es un disfrute. Todos los clásicos que jugué fueron con visitantes, tanto en cancha de River, como en la de Boca. Se vive con ansiedad, tensión y malestar, pero también le pasará al actor que estrena una obra. Hacer una actividad ante setenta mil personas tiene sus consecuencias. Pero lo que se disfruta es justamente eso. Como dije, al ingresar a la cancha vivís una sensación adictiva. Son momentos de la vida muy fuertes.

– ¿Qué le dirías a los jugadores más jóvenes, tanto de River como de Boca, de cara a estos partidos que se vienen?

– Lo que nos han dicho a nosotros tantas veces y que es tan difícil conseguir: que lo disfruten. Es difícil ir en el colectivo que te lleva de una cancha a la otra y decir: ‘voy a vivir con muchísima suerte ochenta años. Voy a jugar al fútbol, con fortuna, durante quince. ¡La cantidad de casualidades y milagros que sucedieron para que hoy esté vivo y haciendo lo que me gusta, para que pueda entrar a esta cancha!’. Si te ponés a intelectualizar eso creo que entrás a la cancha riéndote. Todo lo demás te lleva a pensar que estás jugando a vida o muerte. Y no, no es a vida o muerte. Es un partido de fútbol.

– En una charla con Enganche aseguraste que solés darte cuenta –los futbolistas, en general– cuando otro juega bien. Viéndolo hacer un pase a un compañero o sabiendo dónde está el resto, aunque quizás no sea el más destacado del equipo. ¿Cuáles son los referentes de cada equipo que cuentan con esa calidad?

– Nacho Fernández tiene mucha calidad. Me gusta mucho Exequiel Palacios, me parece un jugador que, además de poseer calidad y visión, realiza un despliegue y tiene una capacidad física muy alta. Creo que no va a estar mucho más en River. Juan Fernando Quintero es otro. En Boca me gusta mucho Alexis Mac Allister, con un amigo íbamos a ver las inferiores de Argentinos Juniors hace un par de años, a verlo a él en particular.

– En 2017, en una nota con El Gráfico, afirmaste que en Argentina la derrota es vista como un drama. ¿Qué implica perder? ¿Cuánto crees que influyen los medios en esto, que buscan vender con las emociones?

– Acá la derrota es vista como algo muy duro. ¿Cada cuántos fines de semanas vemos a un entrenador que deja de trabajar por haber perdido tres partidos? No solo vemos al entrenador que lo echan, escuchamos al conductor de radio decir: ‘¡Hay que echarlo!’ Luego oímos a ese mismo hombre defender a unos trabajadores que los quieren dejar sin trabajo. ¿Entonces? También incide el valor, el estatus y lo que obtiene, en Argentina sobre todo, quien gana. A quien gana se le perdona casi todo porque ganó. Perder no es un drama y si ganas no tenés razón en todo. Ganaste, punto. También, el fútbol está sobre analizado. Como quien intenta comprender la ruleta y se pregunta por qué cayó en el 8 y no en el 36. Sucede que, siendo periodista, tenés un programa de dos horas y ¿qué vas a decir? Tenés que afirmar, con el diario del lunes, que viste algo o que el entrenador tendría que haber sacado al arquero y puesto al nueve. Hay equipos que ganan o pierden por un pequeño detalle. Y no es uno mejor que el otro, no tienen que echar al que perdió. El fútbol tiene mucho que ver con el azar, con la suerte. Por eso es tan adictivo y apasionante.

– En una entrevista en Proyecto Alma declaraste que percibiste que se condena mucho el error. ¿Cuánto pesa la equivocación?

– Hay jugadores que se han tendido que ir de sus clubes por un error. Se condena mucho y es inmodificable. Existe mucha gente que trabaja con el análisis y que come a partir de él. He tenido charlas con periodistas que conozco hace veinte años en las que les he dicho: ‘El que se mete al programa no sos vos, te pones un traje y sos un personaje. Y luego salís de ahí como una persona’. Hay mucha gente viviendo de decir: ‘salió mal el arquero’ o ‘tendría que haber definido’. Uno también escucha a tipos asegurar: ‘tendría que haberle pegado con el empeine’. Luego los ves jugar y ese no sabe que tiene empeine, siquiera. ¿Cómo hacés para combatir eso? No se puede. Sí podés permitírselo a los jóvenes, podés perdirles que se equivoquen todo lo que quieran, que de eso van a aprender. Se condena mucho el error de los demás y no tanto el propio. A la equivocación hay que permitirla todo lo que se pueda.

– ¿Cómo analizás las reiteradas conductas violentas de los hinchas/fanáticos en los superclásicos y en el fútbol argentino?

– Creo que todos estamos involucrados cuando se produce un hecho de violencia, como sociedad, como deportistas, como entrenadores y como periodistas. Las opiniones y las cargadas potencian. Hay mucha gente que no se aguanta una cargada, por más que después defendamos el folclore del fútbol. Uno tiene que convivir con que, si perdés, te carguen. Por más que por dentro quieras reaccionar. Si todos bajáramos un cambio, incluido quien realiza el hecho de violencia, se notaría la diferencia.

– ¿El jugador de fútbol puede abstraerse de todo ese ambiente que se genera?

– Sí, podés. Simultáneamente vas formando una personalidad especial. Te podés abstraer, pero te volvés un poco ermitaño. Sobre todo cuando va mal. Cuando va bien es una sensación  extraordinaria. Tenés que aprender a convivir con eso.

 

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  “Una vez retirado te cuesta encontrar para qué servís, porque construiste tu identidad haciendo eso”

Por Valentín Gogorza

“Hacer que alguien abandone una actividad por algún motivo determinado”, así lo define, sin demasiado tacto, el diccionario. El inconveniente comienza cuando la actividad que se pretende abandonar es la única que se sabe realizar. Allí se encuentra parado el futbolista. Ahora es un jubilado con tan solo 35 años. Tiene tiempo, energía y nuevos problemas, porque por primera vez en su vida no cuenta con un motivo por el cual levantarse por las mañanas. De esto habla Pablo Aimar, mientras duda cuando se le pregunta si vale la pena tanto sufrimiento.

– ¿Qué tan dramático es el retiro?

– Es difícil. Sin embargo, siempre hay alguien que está peor. Te escucha una persona que tiene mil millones de dramas y te dice: ‘¿te vas a preocupar por eso? Estás bien económicamente y tenés 35 años. Dedicate a vivir’. Sucede que no hay manera de prepararse para el retiro. Pasaste casi la mitad de tu vida compitiendo y desarrollando una actividad que consume mucha energía. Siempre persiguiendo una sensación: la de hacer un gol o salir a una cancha, que no están en ningún otro lado y tan adictivas son. Y cuando no las tenés estás obligado a reinventarte y cambiar. Un día sos un niño que lo único que hace es jugar y al siguiente, un adulto. Te cuesta encontrar para qué servís, porque construiste tu identidad haciendo eso. Tenés tiempo, pero no sabés qué hacer con él. Es complicado, comienzan a surgir problemas porque, ahora, no tenés por qué levantarte.

-¿Crees que el futbolista ‘inocente’ disfruta más esta clase de partidos?

-La inconciencia de la juventud es lo mejor que hay para afrontar esto. En mi caso, me vine a vivir a los 15 años debajo de la tribuna de River. Si lo tuviera que hacer hoy, que tengo 40, no vivo todo eso otra vez. No le doy mi adolescencia a nada, vivo mi vida. Pero la inconsciencia te lleva a hacerlo, lloras toda la noche porque tu vieja no está y a la mañana estás entrenando. No sé de dónde sacás la fuerza para aguantar todo eso. Lo hacés porque sos joven. No sé si lo haría de nuevo, tiene muchas consecuencias. Camino a ser futbolista, salteás una etapa. Uno no puede recibirse sin rendir todas las materias y en ese momento dejás de rendir. Te dicen que a los 16 años sos un hombre y no lo sos. Sos una piedra que convierte la tristeza que tiene en bronca o en lo que sea para ir a entrenar, a chocar, a correr, a saltar. Y hay materias que no rendiste y te esperan para cuando decidas retirarte.

-¿Crees que vale la pena todo ese sufrimiento?

-No sé si lo haría de nuevo y tampoco sé si vale la pena. No sé qué hubiera sido de mi vida si no era futbolista y me quedaba en Río Cuarto, estudiando una carrera. Ser jugador de fútbol es extraordinario, pero tiene muchas consecuencias, o por lo menos para mí tuvo muchas consecuencias que no son agradables hoy.

 

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“En el fútbol profesional es difícil ver a cuatro o cinco jugadores empezar el entrenamiento riéndose”

Por Fernando Bajo

Desde que Pablo Aimar se convirtió en entrenador de la selección argentina sub 17, en las juveniles se promulgó que el triunfo no era lo más importante. Cuando sus dirigidos se consagraron en el Sudamericano de ese año, el Payasito refozó con sus declaraciones lo dicho anteriormente.

Además de su inconfundible acento cordobés, cuando habla, Aimar lo hace suave y pausado como buscando la palabra exacta para transmitir lo que desea: “En el fútbol profesional es más difícil ver a cuatro o cinco jugadores empezar el entrenamiento riéndose. En cambio, cuando son chicos, se da más. Es más de sonrisas”, dice el exfutbolista.

Como director táctico tuvo su primera experiencia en el equipo albiceleste, al que asumió  el 13 de julio de 2017, y aunque integró el cuerpo técnico de Lionel Scaloni en la Copa América, parece que por unos años más continuará ligado al fútbol formativo.

-¿Te gustaría trabajar en las divisiones inferiores de River en el futuro?

-Sí, a mí me gusta mucho lo que es inferiores. Es muy grato. A mí no me gusta decir: ‘Pónganse serios que estamos trabajando’. No, no estamos trabajando. Estamos entrenando para jugar. Me gusta la sonrisa en el entrenamiento, creo en eso. Por eso me agrada trabajar con jóvenes, no tendría problema en infantiles. Me gusta el fútbol como juego. Los chicos aprenden con mucha pasión y tienen la inconsciencia de la juventud.

– A esa edad, ¿sigue siendo un juego?

-Sigue siendo un juego. Obviamente que querés ganar el ejercicio que estás haciendo en ese momento, pero estás jugando. No sé, nadie juega a la escondida con mala cara. El fútbol es, básicamente, eso. El que lo inventó lo hizo para reírse con diez amigos.

– ¿Los chicos de inferiores también se lo toman a vida o muerte o la inocencia los priva de ello?

– No, se juega mucho y muy en serio. Por eso, los clubes son grandes por la exigencia que tienen. Algunas veces es externa y otras propia, interna. El chico que más se exige, el más autocrítico, que más intenciones tiene de mejorar, es, probablemente, el que llegue. Le doy la mano al chico que a los 18 años me diga: ‘Ustedes están todos locos. Me voy a Bariloche, a estudiar una carrera, a vivir la vida, a pasear por el mundo’. Pero el que quiero que juegue en mi equipo es el competitivo, el que es funcional al sistema y compite todo el tiempo.

– En el fútbol formativo lo que más condiciona al niño son los gritos de la familia, los pedidos y reprobaciones de afuera. Una vez en primera con 17 o 18 años, ¿sigue pesando igual? ¿Ingresa en la cabeza lo que se dice desde la platea?

– Pesa. Uno se convierte en una persona muy especial, medio indolente. Pesa el murmullo y es difícil convivir con él, con la reprobación y la crítica con el diario del lunes. Exige una personalidad muy especial para que eso te permita mostrar una mejor versión tuya, con tanta gente reprobando un error. Al día siguiente del partido hay diarios que te cargan. ¿Entendés? Tenés que leer que no podés ser ni la manija de una puerta en un diario que lo lee tu viejo, tu abuela, tu tío, tus amigos. ¿Y vos qué sos? Un chico de 18 años, nada más. Y no un extraterrestre que tiene una coraza y se la aguanta porque tiene mucha plata ¡No, sos una persona!

Por otra parte, el Payaso analizó cuales pueden ser las virtudes de los futbolistas con menos experiencia que jueguen el superclásico: “La inconciencia de la juventud es lo mejor que hay para afrontar esto”.

 

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