domingo, mayo 26, 2024

Diego Schwartzman, el tenista imposible

Por Franco Sommantico

Topo Gigio en el Arthur Ashe

Hace ya treinta segundos que Diego Schwartzman espera concentrado a que Rafael Nadal termine su clásico ritual de toqueteos faciales y del pantalón antes de sacar. Está a casi un metro del cartel de fondo, justo delante de la inscripción del banco estadounidense JP Morgan. Ya perdió el primer set y todo parece estar encaminado a que ocurra lo mismo en el segundo. La desventaja es notable, cinco a uno abajo. En Estados Unidos la noche es calurosa, y la humedad que se apodera del aire se refleja en los bíceps brillosos y la cara empapada en sudor del español que enfoca la cámara de ESPN cuando por fin está por servir. Los ojos de los veinticuatro mil espectadores que ocupan las tribunas del Arthur Ashe Stadium siguen atentos el recorrido de la pelota desde que se desprende de la mano derecha de Nadal hasta que la impacta.

A partir de este momento, está prohibido hablar. El indicador de velocidad de IBM marca ciento nueve millas por hora. Schwartzman hace un par de pasos de ajuste, los típicos antes de cualquier devolución, y en una fracción de segundos ya tiene la pelota sobre su revés. Con un movimiento incómodo pero eficiente logra devolverla y antes de que los espectadores lleguen a darse cuenta ya tienen que girar sus cabezas nuevamente para el otro lado. La pelota cae en el centro de la cancha. Nadal se acomoda con la zurda y después pasa todo muy rápido.

Primero viene la contrapierna. Schwartzman llega exigido y logra tirar el manotazo, pero el español ya está pegado a la red y, con toda la cancha libre, solo necesita cambiarle la dirección a la volea y el punto estará terminado. Pero no, porque “El Peque” sale corriendo directamente hacia donde va la pelota y sobrepasa la línea de dobles que delimita la cancha y con un nuevo manotazo, esta vez de derecha, logra pasarla al otro lado. La reacción del público comienza a escucharse. No pueden creer a lo que ha llegado. Los primeros oh! de a poco van apareciendo, aunque pronto se transformaran en aplausos, porque Nadal está a un paso de la red y Schwartzman desparramado fuera de la cancha, y entonces, ahora sí, sólo tiene que empujarla. Pero en vez de eso sucede un imprevisto, algo que nadie hubiera imaginado, y es que, el multicampeón de Grand Slam, le pega con el marco y la volea sale un globito justo al medio. En la tribunas no queda nadie que no esté gritando oh!. Se ha roto el pacto de silencio. La emoción es más fuerte que el respeto hacia los jugadores, y Schwartzman, que hasta recién se creía vencido, intuye que puede llegar. Nadal se queda estático un segundo y, cuando ve que su rival está por alcanzar su volea defectuosa, vuelve a tomar el centro de la cancha para terminar de una vez por todas con este punto. Pero el argentino llega una vez más y Nadal la vuelve a volear -esta vez un poco más incómodo- hacia el otro lado y Schwartzman se estira todo lo que puede y lo pasa por la paralela, ganando un punto imposible.

(Crédito: US Open)

Festeja abriendo los brazos como si fuera un Cristo redentor, o como Rose en la famosa escena de Titanic, y muchos en la tribuna le imitan el gesto. El comentarista de la televisión estadounidense grita: “Oh, my godness!”, mientras el actor de comedias Ben Stiller se levanta de su asiento en el palco para aplaudir frenético. Schwartzman sabe que será muy difícil ganar el partido, pero también sabe que el mejor punto acaba de llevárselo él, y aprovecha que todo el estadio está de pie aplaudiéndolo para hacerle honor a su máximo ídolo, Juan Román Riquelme. Después de dos segundos de puro grito y euforia se lleva la mano y la raqueta detrás de las orejas e improvisa un topo gigio como el que Román le dedicó a Mauricio Macri allá por el 2001. Entonces cierra los ojos y por un momento está en la Bombonera, su templo, su lugar en el mundo, el estadio en el que realmente quisiera estar, y enfrente ya no está Nadal sino que tiene a los jugadores de River lamentándose por el gol que acaban de hacerles, y en la tribuna no gritan “Oh my god” sino que La Doce está coreando su apodo: Peque, Peque. Y entonces, solo entonces, Diego Schwartzman se siente realizado.

 

La dicotomía entre fútbol o tenis

La pasión de Schwartzman es el fútbol. Aunque ama el tenis y disfruta mucho de jugar, primero se reconoce como futbolero y después como tenista. Hincha fanático de Boca Juniors, en una entrevista para un programa de radio uno de los panelistas le preguntó una vez si cambiaría ganarle a Federer, a Djokovic y a Nadal por que Boca sea campeón de América. “¿Por esos tres?”, respondió. “¿Solo ganarles? Bueno sí, sin dudas”. En esa simple respuesta quedan sintetizadas sus prioridades. Primero Boca, despues el resto. Cuando era más chico cuenta que, al igual que muchos, debió decidir entre el fútbol o el tenis. Al principio le fue difícil, porque disfrutaba jugar a las dos cosas, pero terminó eligiendo el tenis porque “le pegaba mejor a la pelotita de tenis que a la de fútbol” dice medio en broma medio en serio.

En una nota para el canal televisivo de La Nación el periodista le pregunta si cada tanto juega al fútbol. Schwartzman responde: “yno se puede, ya no se puede” con la misma tristeza con la que lo haría un gordo al que le prohibieron los chocolates, y comenta, como queriendo recordar aquellos tiempos en los que podía, que su posición en la cancha era el mediocampo, y que su estilo de juego era similar al del tenis: “a correr y de vez en cuando tirar algún toque de calidad”.

Durante las semifinales de Copa Davis entre Argentina y Bélgica que se jugó en Bruselas en septiembre de 2015, Schwartzman debió reemplazar a Leonardo Mayer porque venía cansado y con mucha carga de partidos. Su rival fue David Goffin, quien lo sacó fácil en tres sets. Pocos se acuerdan de aquel partido; en el momento se dijo que Schwartzman podía haber dado más. Lo que nadie ha olvidado -en especial los hinchas de River- es el gesto que después le hizo a las cámaras en relación al superclásico de ese fin de semana que había ganado Boca por uno a cero con gol de Nicolás Lodeiro. La ráfaga de insultos de parte de la gente de River no tardó en llegar. A partir de ese momento, Schwartzman decidió ser más reservado con su fanatismo y, sobre aquel hecho, reflexiona: “La violencia es algo que hay que mejorar y muchísimo en el fútbol, está muy mal. Yo me arrepentí por lo que pudo haber llegado a generar, porque en realidad lo que hice es un simple juego de manos, o parte del ´folklore´ del que hablamos tanto, el tema es cuando pasa a mayores”.

En febrero de 2018, cuando fue a jugar un partido por el Argentina Open que se disputó en el Buenos Aires Lawn Tenis, apareció con el ojo izquierdo morado. ¿La razón? El domingo anterior, antes del partido entre Boca contra Temperley, su amigo el tenista austríaco Dominic Thiem le había pegado un rodillazo mientras jugaban un partido de fútbol tenis en la Bombonera contra la pareja número uno del mundo en dobles, los colombianos Juan Sebastián Cabal y Robert Farah. “Le di la pelota a Thiem, él me la devolvió y como es un toque cada uno le quise pegar con la cabeza. Se ve que él intentó volver a pegarle y ahí me da el rodillazo. Fui al departamento médico, me hicieron una tomografia y me dijeron que no tenía nada“, contó después del golpe.

 

Década del 90’: Primeros pasos

Las medidas económicas efectuadas por el entonces presidente Carlos Saúl Menem repercutieron de inmediato en el bolsillo de la clase media Argentina y varias PyMEs y familias pronto se encontraron fundidos y en quiebra. Entre ellos estaban los Schwartzman. Silvana y Ricardo tenían una empresa de indumentaria, fabricaban ropa y bijouterie. En ese momento siguieron apostando a lo que iba en contra de lo que el gobierno decía, y por eso les terminó yendo mal. Con cuatro hijos de por medio (Diego estaba recién nacido) y sin un peso, Silvana y Ricardo debieron reinventarse para salir adelante. Y de a poco fueron saliendo.

Diego empezó a jugar al tenis a los siete años. Su primer club fue el Náutico Hacoaj, ubicado en la ciudad de Tigre. En poco tiempo descubrió que era bastante bueno y comenzó a jugar los torneos nacionales que organiza la Asociación Argentina de Tenis (AAT). Con los torneos vinieron también los viajes, y con cuatro hijos que mantener, a la familia le resultaba realmente difícil pagarlos. Como el tenis es un deporte de élite, o de gente con plata, Silvana debió rebuscarselas. “Mi mamá me acompañaba a los torneos y para ganar un poco más de plata, para poder viajar un poco más cómodos en el micro, vendía pulseras” contó Diego en una entrevista para el canal de La Nación.

 

Habla Mariela García, psicóloga deportiva

A Schwartzman lo conozco de la época que jugaba los futures, cuando tenía 16, 17 años. Lo vi jugar muchas veces. Siempre lo recuerdo constante y regular (ganaba los partidos que tenía que ganar y se iba superando en los más difíciles). Nunca se estancó por su crecimiento y a pesar de no sobresalir en cuanto a resultados en comparación con otros de su categoría, que ya ganaban torneos, siempre destacaba por su mentalidad, actitud y entrega. Me encantaba verlo jugar por lo que transmitía. Generaba mucha empatía con la gente. Sigo disfrutándolo hasta el día de hoy. Haber tenido sponsor de tan chico (16 años, el mismo que el tenista uruguayo Pablo Cuevas) creo que lo favoreció porque lo ayudó a estar ordenado y a financiar una carrera muy costosa donde es fundamental la inversión para poder llegar. Desde lo personal siempre se mostró humilde y sencillo para el trato, muy respetuoso con todos; rivales, árbitro público y padres.

En la cancha siempre se mostró muy decidido, compitió siempre muy bien. Ya de chico leía bien el juego y estaba siempre enfocado. Su imagen era de lucha constante. El apoyo de la familia siempre estuvo. Los padres, Ricky, Silvana y los hermanos lo acompañaron en todo momento y lo ayudaron con lo que pudieron sin generarle una presión extra, esa que a veces vemos como negativa en otros padres. Creo que siempre estuvo bien orientado, la influencia de sus entrenadores y equipo ha sido clave. Desde lo mental, creo que lo más valioso que ha tenido siempre es su confianza en sí mismo. Siempre creyó en él, aún cuando los rumores del circuito afirmaban que no podía llegar por su estatura… Él nunca lo creyó.

 

¿Cómo lo hace?

Las estadísticas dicen que la altura promedio en el circuito masculino es de 1,90 cm. El perfil de jugador de Schwartzman que aparece en la página de la ATP dice que mide 1,70 cm, aunque quien lo haya visto en persona puede discutirlo tranquilamente.

Estos tenistas altos tienen una gran ventaja: a mayor altura, el alcance es más largo; la red más baja y la distancia que recorre el brazo al momento del impacto es mayor, lo que aumenta la capacidad de pegarle más fuerte a la pelota.

Las piernas largas les dan la posibilidad de llegar a mayores distancias con menos pasos de ajuste, y de esta manera es más fácil impactar con el centro de la raqueta y ser más preciso con la dirección del tiro. Tener los brazos largos también es una ventaja para los golpes de derecha y revés, por el mismo motivo que con el saque.

Schwartzman es todo lo opuesto. Es una obviedad decir que la estatura no lo ayuda. Petiso y de brazos cortos, para competir contra estos gigantes tuvo que desarrollar otro tipo de virtudes. A pesar de tener palancas de brazos cortos, su mayor logro es el timing.  Schwartzman le pega a la pelota cuando está subiendo, porque de otra manera, si la dejara subir, sería incapaz de pegarle con la fuerza con la que lo hace.

Diego Schwartzman, 1,70 mts. y Alexander Zverev, 1,98 mts. (Crédito: US Open)

Otro aspecto en su juego que tuvo que desarrollar es su capacidad para pegarle a la pelota a la carrera, con potencia y precisión. Cuando un jugador de metro noventa necesita hacer dos pasos para los costados, él tiene que hacer tres o  cuatro y mucho más rápido.

Su mayor desventaja es el primer saque. Con un promedio  de velocidad entre 160 y 170 km/h, es el segundo saque de cualquier tenista. A pesar de que le quiebran más de lo aconsejado, compensa ese déficit con su devolución (debe estar entre las cinco mejores del circuito). Para sobrevivir y triunfar en el mundo de los gigantes, Diego Schwartzman debió desarrollar rapidez de reflejos, piernas fuertes y un temperamento aguerrido. Con la confianza y la inteligencia que fue adquiriendo a medida que jugaba los torneos, a esta altura se puede decir que se convirtió en un tenista imposible.

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