jueves, mayo 30, 2024

“Mi papá es boxeador”

Por Gregorio Gajate

La ciudad de Chacabuco, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, es una planicie sin elevaciones con un clima típico de la región pampeana, con veranos templados e inviernos frescos. No hay lagos, ni cascadas, ni animales exóticos.

Es el segundo piso del Círculo Católico de Obreros de Chacabuco, hay gente entrenando, bolsas colgadas, un armario viejo de chapa con un equipo de música arriba reproduciendo algún cuarteto de Sabroso, cuadros en la pared con notas de diarios de los 80’ o 90’, una gigantografía del Papa Francisco y un cinturón de campeón del mundo.

Sergio logró el título argentino supergallo en 1990, cuando apenas tenía veintiún años, y el sudamericano al año siguiente. Está vestido con una camiseta negra, campera de jogging gris, pantalón tres cuartos y zapatillas azules. Tiene el pelo corto, canoso, y la nariz chata como todo boxeador.

Los otros dos hombres que están en el cuadrilátero son más jóvenes y boxean –o guantean, si hablamos en lunfardo. Sergio no. Sergio es un tipo mayor que apenas supera el metro setenta, que pesa cerca de sesenta kilos, y dice:

¡Bien, Manuel! Seguí, seguí, dale.

Los dos boxeadores tienen guantes azules, casco y protector bucal. Nicolás Falabella, “El Colito”, es dos o tres categorías más grande que “Junior”, por lo tanto, más alto y pesado. Junior es Manuel Liendo. Manuel Liendo es hijo de Sergio Liendo, o tal vez no. Tal vez tenga razón Sergio: “Para mí es como mi amigo”.

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Abajo, en el primer piso, hay una confitería enorme donde los chacabuquenses se juntan a tomar algún que otro café y mirar fútbol. Al fondo tiene un mostrador viejo con unas banquetas. Más adelante hay entre veinte y treinta mesas con cuatro sillas cada una, todas de madera, antiguas, pero que lucen como nuevas.

Mirá –dice Sergio, y apoya el cinturón de campeón mundial junior arriba de la mesa, este se lo gané a Paul Kaoma en 1993.  Era durísimo el africano, pero le entró una mano en el final del segundo y lo noqueé.

El cinturón es de cuero color verde y pesado, muy pesado. La forma del centro no es redonda como los que uno ve en la tele, este es más ovalado, de latón. En el medio, en forma de arco, dice International Champion”, y más abajo hay un boxeador grabado, encerrado entre banderas del mundo, y en grande:WBC (WorldBoxing Council, o Consejo Mundial de Boxeo en español).

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A mediados de 1970, con apenas unos meses de vida, Sergio llegó desde Río Cuarto, Córdoba, a Chacabuco. Su padre había fallecido al caerse de un andamio y él, junto a sus siete hermanos, fueron recibidos en el Hogar del Niño. A los doce empezó a trabajar en una lavandería. Salía de ahí e iba a entrenar fútbol y boxeo. Cuando cumplió catorce se fue solo a Capital Federal a seguir entrenando boxeo, y un año después entró a la selección argentina. 

Ahí era distinto-dice Sergio- Estaba mejor. Vivía en el CeNARD (Centro de Entrenamiento Nacional de Alto Rendimiento Deportivo). Y hasta me daban hospedaje, comida, entrenamiento y ropa.

Entre 1985 y 1989, Sergio peleó cerca de setenta veces. Durante esos años consiguió el título argentino, el sudamericano y el latino. En 1988 se clasificó a los Juegos Olímpicos de Seúl, pero no pudo ir por una hepatitis que lo afectó meses antes.

En esa época aprendí muchísimo. Me levantaba a la mañana bien temprano para entrenar, a la tarde hacíamos el segundo turno, y a la noche el tercero. Vivíamos para eso. Entre entrenamientos hice un curso de masajes con el mismo profesor de boxeo, que es de lo que vivo hoy en día.

En junio de 1989, ya curado de la enfermedad, debutó como profesional con una victoria en la ciudad que lo vio crecer. Ese año peleó nueve veces en seis meses y terminó invicto con un récord de 9-0, ganando seis de ellas por knockout.

¿La pelea más importante de mi carrera? Y, mirá, si le preguntas a la gente te van a decir que la más trascendente fue la del año 1995 contra Naseem Hamed. Es lógico que piensen eso, peleé contra el campeón mundial que encima llegaba invicto tenía un récord de 16-0. Ese morocho sacaba los golpes de abajo de la cintura y eso estaba permitido sólo en Inglaterra, donde hacía de local. El profesional tiene que sacar los golpes de arriba de la cintura. A mí me enganchó así, con una derecha que sacó desde las rodillas, y mira que aguanté con varios boxeadores importantes –en el CeNARD entrenaba con noqueadores como “Locomotora” Castro o Juan Coggi, pero esa piña me hizo más daño que cualquier otra.

Sergio cuenta que le costó mucho volver a sentirse cómodo arriba de un ring. Subía al cuadrilátero y tenía miedo, guanteaba y tenía miedo. Miedo de que le pegaran, de que lo cortaran, de que lo lastimaran. No estaba seguro con un tipo enfrente, por más acolchonados que sean los guantes, protectores bucales o casco que usara, se sentía mal.

Pero para mí no, para mí las peleas más importantes fueron contra Rubén Condorí. Él ya había sido campeón mundial cuándo lo enfrenté por primera vez. Boxeamos siete veces -5-1-1-, y salieron unas peleas espectaculares. Rubén por la experiencia y yo porque le hacía frente. Aprendí mucho en esos duelos. Me acuerdo de que la pedían para la tele, por eso boxeamos tantas veces. Es lo que más me quedó de mi carrera, pelear con Condorí.

En la actualidad, Sergio entrena gratis a pibes de entre catorce y veinticinco años, y les regala guantes, vendas, ropa o zapatillas que necesitan para poder seguir entrenando.

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Manuel Liendo es un poco más alto que su padre, pesa unos setenta kilos y es boxeador profesional. Tiene tatuajes, muchos tatuajes: un rosario un poco más abajo del pecho con los nombres de sus padres Sergio y Daniela, una cruz cristiana en su brazo derecho, varios más en el antebrazo, y un poco más arriba, en el hombro, el perfil de un caballo. El más llamativo, el que cualquier persona miraría si lo viera desde arriba de un ring, es el que lleva en el pecho, justo por debajo del cuello, ese dice “Familia”.

Manuel Liendo nació en Río Cuarto y se fue a vivir a Chacabuco a los catorce años con el objetivo de ser jockey, pero se encontró con que no le daba el peso   –un jockey puede pesar hasta sesenta kilos-. Ya se entrenaba con su padre en el gimnasio, pero hacía solo algunas cosas, no tenía un entrenamiento de boxeador.

Un día me llamaron de un pueblito cerca de Chacabuco – cuenta Liendo padre-, me dijeron que les faltaba un chico de peso welter para boxear. Le pregunté a Manuel si se animaba y bueno, le fue bien, ganó y desde ahí no paró más.

El 15 de noviembre de 2013, Junior debutó como profesional en el Polideportivo Municipal de Chacabuco y noqueó a Mauro Jesús González en el primer round.  

Peleó por el título interino latino de peso wélter de la OMB a mediados de 2018 pero perdió por knockout técnico, y hace un mes retó al campeón sudamericano de peso wélter y también perdió por la vía del knockout.

Su récord actual es 19-3 y el mes que viene pelea por un título, en estos días se está evaluando contra quién. 

¿Si nos llevamos bien? Sí, obvio. Somos muy compinches. Manuel es como un amigo para mí. Y a él –dice Sergio Liendo señalando a Valentino, su otro hijo de ocho años, que está sentado junto a él desde el inicio de la charla—, lo tiene como un hijo. Están muchísimo tiempo juntos y el más grande le da todos los gustos. No vivimos juntos, pero compartimos todo el día prácticamente y nos llevamos muy bien. Me veo bastante parecido a Manuel cuando tenía su edad, la única diferencia y a la vez problema que tenemos, es por la comida. A él le pones una fuente de milanesas y se las come todas si quiere. Yo no, no era así, me cuidaba más. A la hora de boxear se notan algunas diferencias. Mi hijo es pegador –o noqueador, como se dice en el mundo del boxeo-, tiene la mano más pesada. Manuel tira pocas piñas, pero durísimas. En cambio, yo era el típico boxeador rápido y ágil, que tiraba piñas muy seguidas y a una tremenda velocidad.

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Faltan veinticinco días para la pelea. Junior se levanta a las seis de la mañana y se viste con un short, remera deportiva y zapatillas para correr. Va hasta la cocina y desayuna algo liviano. Luego sale de la casa y va hasta la Plaza General Paz corriendo, donde hace el entrenamiento diario que le recomendó su entrenador, o su papá, o su amigo. Una hora más tarde, termina la rutina y regresa caminando. Toma unos mates con la novia y a las ocho se va a la obra a trabajar como albañil.


Pasado el mediodía vuelve, se viste con ropa deportiva y entrena, tranquilo, sin subir mucho las pulsaciones. Esta vez en su casa, en el patio. Ahí hace algunos movimientos de boxeo, salta la soga, le pega a la bolsa en diferentes posiciones, hace flexiones y abdominales. 

El tercer turno lo hace en el gimnasio que queda en el segundo piso del Círculo Católico de Obreros de Chacabuco, donde hay gente entrenando, bolsas colgadas, un armario viejo de chapa con un equipo de música arriba reproduciendo algún cuarteto de Sabroso, cuadros en la pared con notas de diarios de los 80’ o 90’ y un cinturón de campeón del mundo, el de su padre.

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