miércoles, abril 17, 2024

El waterpolo quiere llegar al podio

Por Francisco Di Giusto

El CENARD vive tiempos agitados con los rumores de venta del predio. En convivencia con esta profunda incertidumbre, el sueño de toda una selección reside dentro de una pileta. Un sueño que, años atrás, parecía imposible, pero que hoy se hace cada vez más real.  Luego de un histórico quinto puesto obtenido en la Liga Mundial en Perth, Australia, el combinado argentino de waterpolo buscará, en Lima y desde el 26 de julio, subirse al podio de los Juegos Panamericanos, algo que no logra desde la medalla de bronce en San Pablo 1963

La selección vivió su época dorada durante la primera mitad del siglo veinte, con dos medallas doradas panamericanas (1951, 1955), una plateada (1959) e incluso cuatro participaciones olímpicas (Ámsterdam 1928, Londres 1948, Helsinki 1952 y Roma 1960). Con el pasar de los años su rendimiento ha mermado, pero a partir de 2010 la camada de polistas acuáticos ha dado un salto asombroso. 

Luego de estar a un paso del objetivo del podio en la edición panamericana anterior, Toronto 2015, el seleccionado comandado por el head coach Daniel Poggi se quedó con el Campeonato Sudamericano de Asunción 2016 y los Juegos Suramericanos de Cochabamba 2018, y con el puesto récord obtenido en la Liga en el continente oceánico se envalentona para colgarse una medalla en agosto. Los tres rivales principales, Estados Unidos, Brasil y Canadá, no ponen las cosas nada fáciles, pero los muchachos han aprendido a ganarle a los grandes, sobre todo a los brasileños, cosa que hace unos quince años parecía inverosímil.  

“Seguramente Estados Unidos se quede con el oro y la clasificación a los olímpicos. Nosotros soñamos con el podio y hacer lo mejor que podamos”, comenta Poggi, apoyado en un barandal en la puerta del natatorio del CENARD. Cada joven que pasa, cada miembro del staff, cada padre que acompaña a su hijo a entrenar lo saluda con mucha amabilidad que parece ser correspondida. No solo es técnico de la selección mayor y head coach de todas las categorías, ex entrenador del combinado femenino y del seleccionado de veteranos, si no que aún conserva su empleo como docente de educación física en dos cursos de secundario.

Sus alumnos, curiosos, le preguntan que es ese waterpolo que tanto nombra y valora. Y él, rápidamente, desenfunda su celular y busca algún compilado de jugadas en el agua. Ahí radica uno de los problemas que Poggi reconoce en cuanto al declive del deporte en Argentina en la segunda mitad del siglo pasado: el espíritu competitivo y de masificación es escaso. Mientras países como Estados Unidos o España han avanzado e institucionalizado un plan en cuanto a las selecciones, en Argentina se han estancado a una práctica más recreativa y “de café”, donde el verdadero apetito de competitividad está presente en unos pocos. 

Los que llegan a la práctica de waterpolo lo hacen porque se les refiere de un tercero por mera suerte, o bien observan un partido por casualidad y les “pica el bichito”. No hay un proyecto a largo plazo, como en otros deportes, para la captación y formación de jugadores. Y tampoco es ayudado en absoluto por los medios de comunicación, notoriamente centralizados en menos de cinco deportes. “Los pibes van a hacer natación a las escuelitas durante tres, cuatro años, y después se aburren de la monotonía y dejan la práctica. No hay nadie que les presente al waterpolo, tan rico y entretenido, que podría mantenerlos en el agua”, comenta Poggi, mientras saluda entre risas a un miembro de su cuerpo técnico. 

Pero este no es el único motivo por el cual la práctica de waterpolo en nuestro país se torna dificultosa. La falta de infraestructura apropiada para el entrenamiento es fundamental. Solo hay tres piletas en el país que son aptas para la práctica a nivel olímpico: además de la del CENARD, River Plate y Argentinos Juniors cuentan con el natatorio adecuado. Al realizar una comparación con las potencias, en España cada club tiene, por lo menos, una pileta como la del CENARD apta para el deporte. 

Aunque quizás, uno de los puntos más fuertes a destacar es la no-profesionalización en nuestro país. En Argentina, solo veinte jugadores cobran una beca por practicar, que está sujeta a los parámetros del ENARD. Alejandro Manzanares, titular del departamento de marketing y comunicación, comenta que si bien depende de cada Federación reclamar o no la beca para sus atletas, el Ente verifica que los recomendados tengan “el nivel y las capacidades para las distintas escalas de Beca de acuerdo a sus logros, ranking o potencial”. Según el informe oficial, al no haber aspiraciones a clasificación olímpica para Tokio 2020, al polista acuático argentino le corresponde la categoría de panamericano, que va desde los 11000 a los 22000, este último monto en caso de “pronóstico de medalla dorada” en Lima 2019. 

Es por ello que la principal alternativa de los que desean vivir del deporte es emigrar a una liga extranjera profesional, como la española. De los 18 preseleccionados para los Juegos de Lima (quedarán 11), nueve de ellos se desempeñan en Europa y son considerados profesionales. De los nueve restantes, considerados semiprofesionales debido a la beca antes mencionada, solo tres de ellos optan por trabajar además de entrenar, lo cual demuestra que la aspiración de un jugador hoy en día es vivir del waterpolo, así tenga que ser en la península ibérica. Sin embargo, el coach del seleccionado expresa que no hay un espíritu de profesionalización, ni siquiera un movimiento formado en torno a las condiciones de los polistas. Ese espíritu de café, de recreación, sigue presente de alguna forma.

Otro dato a destacar es que, de los nueve preseleccionados que buscan un lugar en Perú, seis de ellos juegan en clubes rosarinos. La dinastía de la ciudad santafesina en este deporte es admirable: desde 2007 hasta 2018, solo GEBA se cuela como club no rosarino entre los campeones de la Liga de Waterpolo argentina. Y a su vez, dentro de la ciudad, Sportsmen y Club Porvenir solo ostentan un campeonato cada uno entre esos años, ya que los restantes fueron todos para Gimnasia y Esgrima de Rosario, club que, entre otros, alberga a los históricos de la selección Iván Carabantes y Juan Pablo Montane. Poggi no encuentra una justificación en sí para el dominio de Rosario, pero sí a la hora de realizar una comparación con Buenos Aires: “Ese pibe viene de Avellaneda, tiene dos horas de viaje. No lo puedo hacer venir hasta acá dos veces por día: viene una y el ritmo se pierde un poco. En Rosario eso no pasa, todos viven mucho más cerca y la frecuencia de entrenamiento es mucho mayor”. 

Y es que el entrenamiento no es poca cosa, y por ello también es entendible la decisión de los jugadores de apoyarse completamente en el deporte y no intentar hacerlo convivir con una vida laboral: una sesión de entrenamiento físico y una larga práctica en el turno vespertino de técnica y táctica, ambas en pileta, se suman a una rutina matutina de una hora y media en el gimnasio para conformar el entrenamiento diario. Esta última práctica fuera del agua se implementó según fue evolucionando el juego. En la antigüedad, dependía más de la técnica y la coordinación en el agua. Hoy en día, la fuerza y la potencia física aparecen como factores muy importantes, y eso se evidencia en las principales potencias del deporte a nivel selecciones: Croacia, Hungría, Serbia y Rusia. 

En el medio de la competencia para llegar a la selección, y los juveniles que buscan formarse para futuros deportistas, aparece una curiosidad que da muestra de verdadero amor por el deporte: el combinado “Master”. Se trata de jugadores que fueron parte de la selección mayor o juvenil y, luego de retirarse, continúan jugando en grupos de jugadores de 40, 45 y hasta 70 años. Sin embargo, dicha falta de organización y “espíritu de café”, como relataba Poggi, se evidencia aquí de sobremanera. Mientras en otros países las competencias máster están institucionalizadas e incluso en Estados Unidos hay una liga de dicha índole, en Argentina el panorama es muy distinto. Roberto Bronstein, jugador de “Pampas” 60+, como se denomina a los equipos argentinos de dicha categoría, ilustra la situación: “No podemos llamarnos realmente una selección, somos jugadores que con buena voluntad y amor por el deporte nos hacemos un hueco para entrenar y competir”. 

Bronstein comenta que la Federación de Waterpolo no les otorga ni pileta ni materiales para que practiquen, pero si los obliga a tener la licencia adquirida para poder jugar. Aún con un único entrenamiento semanal los días domingo, en una pileta prestada por uno de los propios miembros, y problemas para completar un equipo debido a la vida laboral que llevan los jugadores, Pampas 60+ está anotada para disputar el Mundial de Corea 2019 en agosto, demostrando que el waterpolo en nuestro país es más una cuestión de voluntad que un proyecto institucional. 

Con todos estos conflictos y problemas sin resolver, la selección ya se entrena en el natatorio del CENARD con vistas a la competencia en Perú. Ya se conocen sus rivales en primera fase: Brasil, México y Perú. Poggi se despide entre sonrisas, mientras saluda a otro joven. El eco de los gritos de los jugadores se hace oír desde fuera. En la cabeza de cada uno de ellos, la meta: el podio, que años atrás parecía imposible.

 

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