Por Dimas Ballada

Holanda realizó su primera presentación en un Mundial en Canadá 2015, pero, en aquella oportunidad, se despidió temprano. Perdió en octavos de final 2-1 con Japón. Cuatro años después de aquella victoria, dos viejos conocidos se volverían a cruzar, pero la historia tomaría otro color esta vez.

Un partido que prometía ser el más atractivo por juntar tan pronto en un Mundial, y otra vez en octavos de final, al último subcampeón mundialista y al campeón de Europa. Naranjas y azules no defraudaron. Tres goles. Un deja vu. El fútbol siempre da revancha y Holanda, la esperó cuatro años.

El 4-3-3 que planteó Sarina Wiegman ayudaría a que su plantel, con dinámica y rápidos traslados, haga fluir su juego pronto. No tardó en llegar para que, la figura del equipo, Likie Martens, diga presente con un movimiento escultural de taco tras un centro de córner muy mal defendido por las asiáticas. Un gol tan soberbio como antológico, que hizo eco en la memoria: uno muy similar a aquel que convirtió, justamente, la japonesa Homare Sawa en la final del Mundial de 2011 ante Estados Unidos. Gol que, ni más ni menos, ayudaría a darle su primer campeonato mundial a las niponas.

Las jugadoras neerlandesas se sintieron cómodas en gran parte del primer tiempo y no dejaba avanzar ni gestar a su oponente. Propuso una presión intensa para debilitar las sociedades en el equipo azul.

Aya Sameshima fue, por momentos, la carta que Japón no supo retrucar. Logró escapar reiteradas veces de sus marcas, pero jamás encontró el apoyo necesario de sus compañeras para lograr un daño mayor en el arco protegido por Sari van Veenendaal.

Quizás, el gran déficit holandés se hizo notorio al final de la primera parte, con muchos huecos entre sus dos zagueras y con la ausencia de alguien que tome a la centrodelantera japonesa que entraba e ingresaba en zona de definición. Yui Hasegawa tomó esa falencia de Holanda como virtud propia e igualó el resultado para darle oxígeno a las Nadeshiko.

En el segundo tiempo el tablero se pateó. Los roles e intérpretes se alteraron radicalmente. El conjunto Nipón aumentó su confianza producto del gol y amplió su dominio desde la tenencia. Holanda perdió peligro al ejecutar balones largos y llegaba tarde a la presión. El mediocampo holandés desapareció y poco a poco el ímpetu y el plan de Weigman se iban desmoronando.

Vivianne Miedema, quien hace poco se convirtió en la máxima goleadora de las Leonas Naranjas, se vio obnubilada bajo un esquema que no cuadraba con su estilo de juego. En un contexto que no la ayudó, estuvo ausente en el radar ofensivo, donde apostaron a la explosión de Shanice Van De Sanden y Martens.

Holanda era una verdadera fiebre, ampliamente superada, con síntomas de resignación y superación, dejó de tomarse un tiempo más, de lucirse con pases filtrados, cambió su plan y terminó desligándose de la posesión, casi que con desprecio. Japón, en su mejor momento, generaba circuitos de juego entre sus volantes de buen pie, para lateralizar el ataque con el juego ancho. Para defender, activó el cerrojo y se rearmaba con facilidad. Redujo a su rival a una expresión opaca y poco fructífera, que perdió todos los cimientos que conservó en el primer tiempo.

Sin embargo, a falta de 2 minutos para el cierre del telón, Miedema encontró la asistencia que deseó toda la noche, solo que no fue de una compañera, sino del VAR. La delantera del Arsenal remató una pelota sin dueña en el área y ésta impactó en la mano de una defensora. La jueza decretó la pena máxima y Martens se encargó desde los doce pasos sentenciar el pase a la siguiente ronda. Holanda sobrevivió al ataque japonés y salió premiada. Enfrentará a Italia en cuartos de final en su segunda participación mundial, un hecho histórico. El fútbol da revancha. A veces, tarda cuatro años en llegar.