Por Juan Pablo Santillán

Oscar Roberto Castellano nació y se crió en los campos de Lobería, una ciudad al sur de la Provincia de Buenos Aires. De niño armaba sus propios juguetes mientras que su padre se dedicaba a las tareas del campo. Hoy rememora, con una sonrisa, aquellas actividades que solía realizar: “No sé qué fui más, si mecánico o conductor, o viceversa. Siempre me gustó la mecánica”.

   Su pasión por las carreras viene desde la cuna, debido a que sus padres siempre fueron apasionados por el automovilismo. “Mi viejo nunca lo practicó –dice el ex piloto, de 70 años-, pero siempre estuvo junto a la mecánica y siempre le gustaron las carreras, al igual que a mi madre”.  

   De adolescente pensó en estudiar ingeniería, pero no lo llevó a cabo. Se quedó trabajando en el campo con su papá, mientras que por las noches comenzaba, poco a poco, a dedicarle tiempo a su auto por pura vocación.

   Su familia fue un factor fundamental en su incursión en el automovilismo. Siempre le brindaron su apoyo incondicional y, más tarde, como piloto ya consagrado, fue el turno de su esposa e hijos de hacerle el aguante al campeón. “Yo prácticamente vivía en el taller –relata Castellano-, no sabía ni qué pasaba a lado de mi casa. Muchas veces no podía ir a un acto del colegio de mis chicos porque estaba dedicado al auto. Les debo mucho a ellos”.

   El Pincho, apodo surgido en tono bromista porque le decían que no sabía conducir y que por eso siempre pinchaba sus neumáticos, inició su carrera en el automovilismo zonal luego de terminar de fabricar un auto con su amigo Enrique Castro. “Él me dijo: ‘correlo vos esta carrera, después que lo siga Juan (otro amigo) y listo’, pero resulta que corrí esa carrera, gané la serie, gané la final, y bueno, ahí arrancó el ciclo y no se cortó más”, recuerda el campeón de dicha categoría, tanto en 1971 como en 1972.

   Su gran desempeño llamó la atención de Juan Manuel Fangio -cinco veces campeón del mundo en Fórmula 1-, que le aconsejó que saliera del zonal e incursionara en Fórmula 2 Nacional para que siguiera evolucionando, aprendiendo y entendiendo lo que era el automovilismo.

   Si bien no tuvo buenos resultados, fue una buena formación tanto como piloto, como mecánico. El auto de Fórmula es el auto pura sangre –explica Castellano-, es el auto concebido para correr: te exige, te enseña. Aprendí muchísimo; cuando subí al TC, era un juguete”.

   En Lobería, una peña de seis personas que compraron un TC, le ofrecieron el vehículo para que lo preparase y lo corriera. Aceptó el reto. Luego de cuatro años en Fórmula 2 y un parate de tres años, el 20 de septiembre de 1981 debutó en el Turismo Carretera con el número 101 a bordo de un Dodge naranja, su color característico. Nacía la Naranja Mecánica.  

   El primer campeonato lo consiguió en 1987. Fue el premio a un arduo trabajo que inició a partir de aquel año en lo que sería semiprofesional, no por ganar dinero, sino por trabajar todo el día: ya no sólo por las noches, eran tres colegas que se juntaban siempre para laburar pura y exclusivamente en el auto de carreras. Allí lograron el cambio importante como para poder conquistar aquel título y el del año siguiente.

   Luego del bicampeonato con Dodge, pasó a Ford en 1989 y dejó atrás un auto muy exitoso. “Agarramos Ford porque venía bastante caído –cuenta el Pincho -, no tenía una buena performance, se quejaban mucho, estaban un poco huérfanos de mecánica”. Le compró el auto Ford al piloto Eduardo Marcos y, cuando se encontró con el motor, se dio cuenta de que estaban muy atrasados, por lo que tuvo que trabajar muchísimo, cambiarlo por todos lados para que estuviese acorde a la categoría. “Renegué mucho con el auto, pero me fue bien, volví a repetir el campeonato en el ‘89”, simplifica Castellano.

   Tras un par de meses en los que barajaba la posibilidad de dejar el automovilismo, saturado por tanto esfuerzo, trabajo y lucha, el 15 de diciembre de 1991, con 43 años, anunció su retiro como piloto de Turismo Carretera. “Fue una decisión bien pensada, para nada apresurada, estaba conforme por todo lo que había logrado. Ya era una etapa cumplida”, repasa el tricampeón del TC, que además admite que nunca se creyó bueno, simplemente un perfeccionista que con empeño y trabajo lo consiguió todo.