No puede faltar la cábala

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Por Tomás Sánchez de Bustamante

Fonatarrosa “era muy cabulero”, dice José Vázquez. En todos los partidos que El Negro miraba por televisión, siempre un amuleto lo acompañaba a él y sus amigos. En la tribuna, pese a que siempre comía antes del partido y tomaba un café después en el mismo lugar por divertimento y no como ritual, no tenía ninguna cábala. Sin embargo, prestaba atención a qué situaciones del partido eran señales de que la fortuna estaba con Central.

Cuando murió una de sus tías, Vázquez contó en El Cairo que la mujer había pedido que tiraran sus cenizas en el Gigante de Arroyito. Los familiares hinchas de Newell’s las arrojaron afuera del campo de juego y los canallas dentro. Al rato todavía quedaba más para desparramar. “Eran tantas las cenizas que en un momento viene un sobrino y me dice: ‘me queda todo esto’, y yo le dije en una fanfarronada: ‘anda a tirarla al corner así buscamos un gol olímpico’, y las tiró en la esquina de Avellaneda y Génova”, recuerda Vázquez.

Al domingo siguiente, Rosario Central perdía 1 a 0 contra River jugando como local y en el minuto 44 del segundo tiempo hubo un tiro de esquina para el equipo rosarino. Desesperadamente, el Negro le preguntó a Vázquez: “¿Esa era la esquina de tu tía?”. No hubo gol y el partido terminó con la victoria del equipo de Nuñez y una mueca de disgusto de Fontanarrosa, que miró al suelo de la platea y se lamentó por la jugada malgastada de su equipo que tenía a la tía buscando el empate desde arriba.

Chucho desaparece

El Negro tenía una cábala particular cuando miraba junto a sus amigos los partidos de Central de visitante por la televisión. Ubicaba frente al televisor un títere que había comprado en Brasil al que todos habían bautizado Chucho y consideraban amuleto. “Era un pequeño peluche celeste, amorfo, parecido a nada, con algún ribete blanco y algo deshilachado de no más de 30 centímetros de largo”, describe Pitu Fernández, sobre el muñeco que, según Vázquez, “ha dado muchas satisfacciones”.

Pero un día, César Mansilla, amigo de Rubén Fernández y entonces gerente del Club Atlético Fénix, les pidió prestado a Chucho porque su equipo estaba por jugar la final de vuelta para ascender a la Primera C. En el partido de ida, igualaron 1 a 1 y lo querían tener para el encuentro decisivo en cancha de San Miguel. El 14 de mayo de 2005, Fénix ganó 4 a 3 por penales, luego del empate en 0 y ascendió de categoría, pero Chucho desapareció. “Lo llevamos a Pilar y el equipo ganó, pero en los festejos y el alcohol se perdió. No apareció nunca más. Según me contaron, se extravió en el río Lujan”, dice Fernández.

Chucho seguía sin aparecer cuando, el 29 de mayo de 2001, Rosario Central visitó a América de Cali por el partido de vuelta para clasificar a las semifinales de la Copa Libertadores. En la ida, el equipo Canalla ganó 1 a 0 pero como en esa época el gol de visitante valía igual que de local, sus hinchas estaban preocupados por el segundo encuentro. Antes del inicio del partido, Fontanarrosa salió de la casa de Fernández, donde estaban reunidos. Corrió a su auto y agarró una virgencita como talismán. En el estadio Pascual Guerrero, el equipo colombiano dominó el partido durante 89 minutos. A los 23 del segundo tiempo, América convirtió el 3 a 0 parcial que parecía dejar a los rosarinos fuera de la copa. Pero, a los 44 y a los 46, Juan Antonio Pizzi marcó dos goles que obligaron a la definición por penales. Laureano Tombolini atajó cuatro, tres de ellos de forma consecutiva, y Diego Erroz pateó el último que consumó la hazaña de Central.

“El Negro ese día estalló de alegría y de festejo”, recuerda Fernández. “En mi casa se transformó en un hincha. Cuando terminó el partido, subimos a su Citroën y fuimos tocando bocina hasta el Monumento a la Bandera para festejar.”

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