domingo, julio 14, 2024

Desde el cielo: el detrás de escena del vuelo de drones

Joaquín Arias

Altivo, es dueño de un privilegio que muchos desearían gozar: observar espectáculos deportivos capturando cada detalle desde el ángulo que mejor le siente y sin que nada ni nadie lo perturbe. Fiel reflejo de la evolución meteórica de la tecnología, los drones vuelan cada vez más alto en el universo deportivo. Ya no solo es frecuente observarlos en Mundiales, Super Bowls o finales de Grand Slam, sino también sobrevolando un estadio sin gente un jueves a la tarde.

Cada uno de estos vehículos aéreos no tripulados e inalámbricos es monitoreado a través de una Tablet y conducido desde un mando similar al de un auto a control remoto. La cámara está ubicada en la parte inferior y los vuelos duran entre 15 y 20 minutos, que es lo que subsiste una batería. Los drones más económicos no bajan de los 80 mil pesos, que sumado a los 10 mil pesos de cada batería y a la Tablet, demandan una inversión no menor a los 120 mil pesos.

En su mayoría, quienes operan los drones son camarógrafos reconvertidos. La competencia feroz en un mercado cada vez más grande es la causa principal. Algunos se abocan solamente a los vuelos mientras que otros, como Sebastián, aún se desempeñan en ambos oficios. “Trabajo free-lance y con esto tengo más posibilidades. Cuando no tengo trabajo como camarógrafo hago esto y viceversa”, resalta. Diferente es el caso de Hernán, que se dedica de lleno y que le presta servicio a TyC Sports desde 2013. Al respecto, ofrece su visión: “El canal que hoy no usa drones, pierde; son como una droga para los productores, el plano que muestran es único y los obliga a poncharlo”.

Pese a que todavía abunden quienes lo visualizan como un medio recreativo, existen riesgos inherentes a su utilización. En caso de perder señal, automáticamente se transforma en un arma. “Pesa 4 kilos y si se cae arriba de un auto, lo destroza”, explica Sebastián, quien padeció un accidente aéreo luego de una falla. “Perdí señal y por unos días no supe dónde estaba el drone, hasta que me llamaron desde un edificio y me dijeron que estaba destrozado en la terraza. Pensar que podría haber matado a alguien. Eso es lo que más me frena”, cuenta.

Atrás de cada viaje aéreo se esconde una colección de permisos y requisitos. Todo operador debe ser portador de una licencia, un certificado médico aeronáutico y haber realizado un curso obligatorio (que antes era optativo) que desemboca en un examen. Además, debe disponer de una patente de drone registrado, la aprobación de un trabajo aéreo que permite grabar, e incluso el visto bueno del estadio o predio que va a sobrevolar. Previo a cada jornada de trabajo, debe recibir la autorización de la torre de control y, ya en el aire, no puede superar los 122 metros, una altura ínfima si se la compara con esa aventura prominente e indomable que vienen emprendiendo en el mundo del deporte.

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