martes, febrero 20, 2024

Sampaoli y la bola de cristal

Joaquín Arias

Su mamá Odila y su papá Rodalgo decidieron que se llamaría Jorge Luis, igual que Borges y que Burruchaga. Lejos está de ser uno de los máximos exponentes literarios de la historia argentina y también de haber sido el autor del gol que transformó a su país en bicampeón mundial, pero sí supo escribir y conoce qué es protagonizar una Copa del Mundo. Desde la tarde-noche del 1 de junio de 2017, cuando se enfundó en el buzo de entrenador albiceleste por primera vez, Jorge Luis Sampaoli comprendió que se hablaría y escribiría más de sus declaraciones, sus ideas y sus resultados que de las revulsivas obras de sus tocayos.

Su desvinculación del Sevilla y posterior arribo a la Selección Argentina tuvo carácter de novela, ese subgénero en el que Borges nunca incursionó. Tanto que terminó firmando el contrato con la A.F.A. algunos suspiros previos a su presentación oficial. La razón que impulsó su llegada fue inapelable: “Cada ser humano tiene un sueño, el mío desde que tengo uso de razón era jugar o entrenar a mi país. No pude jugar porque mis piernas me lo impidieron. Siento que tengo que ir ante la necesidad de mi país, tengo que estar”, había comentado desde Andalucía antes de despegar con destino a Ezeiza.

El escepticismo del público argentino generado por el hecho de que nunca dirigió a un equipo local de Primera División era tan grande como la ilusión que despertaba su triunfal antecedente en el seleccionado chileno. Se lo catalogó de bielsista, cambiante y ofensivo. Él se encargó de pegarse las tres etiquetas: ratificó su admiración hacia Marcelo Bielsadestacando “sus convicciones”, afirmó que contemplaría cuatro sistemas tácticos y explicó que el conjunto argentino se veía obligado a adoptar un “protagonismo desmedido”.

Sus recurrentes cambios de esquema condujeron a 13 alineaciones iniciales diferentes en 13 partidos, mientras que su ambición ofensiva alcanzó su auge en la segunda mitad en el empate 1 a 1 ante Venezuela y en la posterior igualdad sin tantos ante Perú en La Bombonera. En los dos primeros compromisos mundialistas no logró plasmar ese sello voraz y los resultados le dieron la espalda. El entorno (prensa e hinchas) aprovechó esos tropiezos iniciales para enfatizar con una connotación negativa su nutrido cuerpo de trabajo, la cantidad de viajes a Europa con el fin de evaluar actuaciones y los sucesivos diálogos con jugadores que finalmente no fueron convocados. “El mismo argumento que se utiliza para amplificar comportamientos en la victoria es el mismo que se utiliza para condenarlo en la derrota”, supo explicar Bielsa.

Transcurrió un año y algunos días desde su asunción –6 encuentros oficiales– y ya se multiplican las voces que anuncian un inminente fin de ciclo post Mundial. En una selección en la que los contratos se rompen con la misma facilidad que una identidad, el casildense parecería no ser la excepción. Mientras tanto se juega una Copa del Mundo. “Estoy convencido de que mañana se escribirá una nueva historia”, avisó. Jorge Luis Sampaoli lo desea. El pueblo argentino anhela que tenga la bola de cristal.

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