El argentino Martín Rocca Coco, junto al español Abel Rincón, en 2014 crearon el movimiento solidario “TennisAid”, mediante el cual recolectan material deportivo -especialmente de tenis- y lo distribuyen en países de bajos recursos. Además, en cada viaje se encargan de enseñarle el deporte blanco a los niños y adolescentes.

Enseñando tenis por el mundo

Tomás Bottero (@tomasbott)

28 DE MARZO DE 2018

Martín Rocca Coco nació en Ciudad Evita, provincia de Buenos Aires, realizó el profesorado de tenis y tras un año de ejercer su profesión en Argentina decidió mudarse a Nueva York con el fin de “buscar nuevos aires”. En 2001, luego del atentado a las Torres Gemelas prefirió una ciudad más segura para vivir, y fue ahí cuando se erradicó por primera vez en Barcelona.

“El origen de TennisAid fue el intento de ayudar a algunos entrenadores que conocíamos a través de las redes sociales. Al principio la idea era enviarles material en un avión, pero inmediatamente Abel me sugirió que vayamos personalmente”, relató el profesor de tenis.

En noviembre de 2014 Martín y Abel realizaron su primer viaje con TennisAid. El destino fue Kampala, la capital de Uganda, ubicada en África Oriental. Aunque varios meses antes debieron buscar la manera de recaudar dinero, y así poder financiar el periplo: “Vendimos camisetas, pulseras, entre otras cosas, con el logo de TennisAid. También los clubes, cuando realizaban torneos, gentilmente nos donaban un porcentaje de lo juntado”.

Cuatro años más tarde, TennisAid ya dijo presente tres veces en Kampala, una vez en Camboya -país de Asia- y una en Atenas -capital de Grecia-.

-¿Qué tienen en cuenta a la hora de elegir un lugar?

-Básicamente tiene que ser un lugar en el que podamos hacer algo además de entregar el material que llevamos, ya sea trabajar en un colegio o ayudar a un profesor de tenis a dar clases.

“Lo que noté es que a diferencia de la mayoría de los niños que viven en América o Europa, se conforman con lo poco que tienen. En África los chicos no tienen súper zapatillas ni teléfonos de última generación, lo que tienen lo valoran muchísimo”, describió el argentino sobre cómo es la vida de los más pequeños en el continente africano.

Uno de los últimos viajes que realizó fue a Atenas, para colaborar con un centro de refugiados: “Logre organizar todo en tan sólo tres días. En cuanto llegué me dirigí al viejo aeropuerto de la capital griega, donde residían alrededor de 800 personas afganas. Muy cerca de ahí, en las instalaciones que se utilizaron para los Juegos Olímpicos de 2004 -el estadio de Hockey donde Las Leonas consiguieron la medalla de bronce y el estadio de beisbol- vivían casi 3500 afganos”.

“La imagen por sí sola era desoladora. Gente viviendo en carpas, sin un lugar para lavarse las manos o ducharse”, agregó.

Al ver la situación, se contactó con la encargada de las ONG que gestionaban el reparte de comida y asistencia en el campo: “Les dije que venía de voluntario para enseñarles a jugar al tenis, rápidamente me lo agradeció pero me dijo que allí sólo podía haber actividades programadas por el Ministerio”.

-Ante la negativa, ¿te quedaste con los brazos cruzados?

-¡No! Al día siguiente volví con todo el material: Raquetas, dos mini-redes, pelotas de minitenis y me puse en marcha. Me ubiqué en un parking vacío detrás del del aeropuerto y comencé a armar las cosas.

-¿Cómo invitaste a que se sumen?

-En cuanto comencé a armar las redes, se empezaron a acercar a mi varios niños. Les pedí que me ayudaran, y de inmediato todos estaban colaborando para montar las pistas de tenis. Comencé a darles raquetas y enseñarles a utilizarlas. En 20 minutos tenía unos 15 chicos rodeándome y jugando al tenis por primera vez en sus vidas.
Lo que más me cautivó en un primer momento fue el orden que tenían. Jugaban con una gran sonrisa, pero cuando paraban, dejaban la raqueta y la pelota dentro de mi mochila. Nadie las dejaba tiradas o se apropiaba de ellas.

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