La peculiar historia Zlatko Dalic: un desconocido mundialmente, quien este domingo, en Moscú, puede gritar campeón comandando a la Selección de Croacia.

El monaguillo bosnio que quiere ser campeón con Croacia

Joaquín Grasso

28 DE MARZO DE 2018

Deambula de un lado a otro sobre la línea de cal que demarca el área técnica. Grita. Da indicaciones. Por unos minutos se refugia en el banco de suplentes y dialoga con sus ayudantes. Vuelve a ponerse de pie. Se lleva la mano diestra al bolsillo de su pantalón. Las cámaras lo enfocan, una y otra vez. Su nombre y su rostro se proyectan sobre la pantalla gigante en lo alto del Estadio Olímpico Luzhnikí. Debió pasar cerca de un mes desde el inicio del torneo para que el mundo entero posara sus ojos en Zlatko Dalic. Este entrenador desconocido mundialmente se encuentra a tan solo diez minutos de hacer historia: conducir a Croacia a la final del Campeonato Mundial.
Mientras tanto sigue moviéndose. Gritando. Su mano derecha permanece escondida en su bolsillo. Se desplaza de un lado a otro dentro dentro de éste. En el primer plano que exhibe la televisión se distingue un rosario blanco entre sus dedos. La zurda se mantiene inmóvil, sobre la cadera. Los minutos pasan. Dalic arenga, ordena y reza. Dalic lo logra: sus dirigidos buscarán el próximo domingo, en Moscú, levantar la Copa y bordar una estrella dorada en el escudo de su nación.
Su origen quebranta el típico modelo del entrenador croata al mando de la plantilla cuadrillé. Dalic nació en Livno, ciudad que por aquel entonces pertenecía a Yugoslavia pero que hoy en día es parte de Bosnia y Herzegovina. Observó desde la vereda de enfrente la Guerra Croata-Bosnia entre 1992 y 1994 y, a pesar de sus raíces, se ganó el cariño y respeto de toda la afición Vatreni. "Somos demasiado pequeños para dividirnos y pelear tanto, pero estamos lidiando con la historia. Es necesario trabajar en la coexistencia, no para repetir el pasado de la guerra, sino para ayudarse y apoyarse mutuamente", manifestó.
Además de caracterizarse por su bajo perfil, su nacionalidad y su destacado análisis táctico a la hora de afrontar cada partido, la religión es uno de los cimientos al que se aferra este director técnico de pasado ignoto. "Puedo estar muy contento con todo lo que estoy viviendo, pero sin una fe de alta calidad y una buena motivación sería muy difícil de lograrlo", aseguró. Y añadió: “Siempre llevo conmigo un rosario y cuando siento que estoy pasando por un momento difícil pongo mi mano en mi bolsillo, me aferro a él y luego todo es más fácil”.
Su historia vinculada a Dios inició en su infancia. "Antes, en un tiempo diferente, era monaguillo. Era feliz yendo a misa. Mi madre me enseñó y me dirigió a la fe. Soy un creyente todo el tiempo y así crío a mis hijos. Normalmente, debajo de la camisa me pongo una camiseta con una imagen de Jesús. Todos los domingos intento ir a Eucaristía", afirmó.
Sin embargo, este domingo deberá dejar de lado la transustanciación ya que tendrá una cita histórica con Croacia, en Moscú y ante Francia. Pese al glorioso presente que atraviesan el DT y la escuadra balcánica, esta relación entre ambas partes se gestó hace apenas un puñado de meses. Dalic asumió al cargo el 7 de octubre de 2017 con el seleccionado a un paso de no lograr la clasificación a Rusia 2018. Su designación fue muy resistida. Su experiencia en el banco de suplentes databa solamente de un fugaz ciclo en el Dinamo de Tirana albanés, un exitoso paso por Arabia Saudita con Al-Faisaly y Al-Hilal, y en los Emiratos Árabes, dirigiendo a Al-Ain. No obstante, dos días después de su asunción debió enfrentar a Ucrania, a la cual venció y ubicó a su equipo en el Repechaje. Finalmente, un 4-1 global frente a Grecia en la repesca situó a sus jugadores en un nuevo Mundial.
Croacia se ubicó en el Grupo D y avanzó de manera invicta a la siguiente fase tras vencer a Nigeria, Argentina e Islandia. Dalic, inclusive, expuso su autoridad al despedir del plantel a Nikola Kalinic, quien se negó a ingresar a la cancha unos minutos ante los africanos. En octavos de final superó por penales a Dinamarca. Por la misma vía lo hizo frente al anfitrión Rusia en cuartos. Y en semifinales venció en tiempo extra a Inglaterra y sacó boletos para disputar la final contra Francia.
Este domingo, a las 12, las cámaras en el Estadio Olímpico Luzhnikí destinarán gran parte de su tiempo enfocando al galo Didier Deschamps, el protagonista principal de este duelo. Por su parte, alejado de los flashes, Dalic, quien cobra una sexta parte de lo que percibe su colega, seguirá con su ritual: mano derecha en el bolsillo, el rosario blanco entre sus dedos, la zurda sobre su cadera y reiteradas miradas al cielo.
Quizás, unas horas más tarde, la televisión, los diarios digitales, la radio, las redes sociales y todo internet anuncien al mundo entero la hazaña de aquel monaguillo bosnio que colmó de alegría a un país de poco más de cuatro millones de habitantes y logró llevar a la Selección de Croacia a la cima en el Mundial de las sorpresas.

Deambula de un lado a otro sobre la línea de cal que demarca el área técnica. Grita. Da indicaciones. Por unos minutos se refugia en el banco de suplentes y dialoga con sus ayudantes. Vuelve a ponerse de pie. Se lleva la mano diestra al bolsillo de su pantalón. Las cámaras lo enfocan, una y otra vez. Su nombre y su rostro se proyectan sobre la pantalla gigante en lo alto del Estadio Olímpico Luzhnikí. Debió pasar cerca de un mes desde el inicio del torneo para que el mundo entero posara sus ojos en Zlatko Dalic. Este entrenador desconocido mundialmente se encuentra a tan solo diez minutos de hacer historia: conducir a Croacia a la final del Campeonato Mundial.

Mientras tanto sigue moviéndose. Gritando. Su mano derecha permanece escondida en su bolsillo. Se desplaza de un lado a otro dentro dentro de éste. En el primer plano que exhibe la televisión se distingue un rosario blanco entre sus dedos. La zurda se mantiene inmóvil, sobre la cadera. Los minutos pasan. Dalic arenga, ordena y reza. Dalic lo logra: sus dirigidos buscarán el próximo domingo, en Moscú, levantar la Copa y bordar una estrella dorada en el escudo de su nación.

Su origen quebranta el típico modelo del entrenador croata al mando de la plantilla cuadrillé. Dalic nació en Livno, ciudad que por aquel entonces pertenecía a Yugoslavia pero que hoy en día es parte de Bosnia y Herzegovina. Observó desde la vereda de enfrente la Guerra Croata-Bosnia entre 1992 y 1994 y, a pesar de sus raíces, se ganó el cariño y respeto de toda la afición Vatreni. "Somos demasiado pequeños para dividirnos y pelear tanto, pero estamos lidiando con la historia. Es necesario trabajar en la coexistencia, no para repetir el pasado de la guerra, sino para ayudarse y apoyarse mutuamente", manifestó.

Además de caracterizarse por su bajo perfil, su nacionalidad y su destacado análisis táctico a la hora de afrontar cada partido, la religión es uno de los cimientos al que se aferra este director técnico de pasado ignoto. "Puedo estar muy contento con todo lo que estoy viviendo, pero sin una fe de alta calidad y una buena motivación sería muy difícil de lograrlo", aseguró. Y añadió: “Siempre llevo conmigo un rosario y cuando siento que estoy pasando por un momento difícil pongo mi mano en mi bolsillo, me aferro a él y luego todo es más fácil”.

Dalic se aferra a su rosario durante el Mundial de Rusia.

Su historia vinculada a Dios inició en su infancia. "Antes, en un tiempo diferente, era monaguillo. Era feliz yendo a misa. Mi madre me enseñó y me dirigió a la fe. Soy un creyente todo el tiempo y así crío a mis hijos. Normalmente, debajo de la camisa me pongo una camiseta con una imagen de Jesús. Todos los domingos intento ir a Eucaristía", afirmó.

Sin embargo, este domingo deberá dejar de lado la transustanciación ya que tendrá una cita histórica con Croacia, en Moscú y ante Francia. Pese al glorioso presente que atraviesan el DT y la escuadra balcánica, esta relación entre ambas partes se gestó hace apenas un puñado de meses. Dalic asumió al cargo el 7 de octubre de 2017 con el seleccionado a un paso de no lograr la clasificación a Rusia 2018. Su designación fue muy resistida. Su experiencia en el banco de suplentes databa solamente de un fugaz ciclo en el Dinamo de Tirana albanés, un exitoso paso por Arabia Saudita con Al-Faisaly y Al-Hilal, y en los Emiratos Árabes, dirigiendo a Al-Ain. No obstante, dos días después de su asunción debió enfrentar a Ucrania, a la cual venció y ubicó a su equipo en el Repechaje. Finalmente, un 4-1 global frente a Grecia en la repesca situó a sus jugadores en un nuevo Mundial.

Croacia se ubicó en el Grupo D y avanzó de manera invicta a la siguiente fase tras vencer a Nigeria, Argentina e Islandia. Dalic, inclusive, expuso su autoridad al despedir del plantel a Nikola Kalinic, quien se negó a ingresar a la cancha unos minutos ante los africanos. En octavos de final superó por penales a Dinamarca. Por la misma vía lo hizo frente al anfitrión Rusia en cuartos. Y en semifinales venció en tiempo extra a Inglaterra y sacó boletos para disputar la final contra Francia.

Este domingo, a las 12, las cámaras en el Estadio Olímpico Luzhnikí destinarán gran parte de su tiempo enfocando al galo Didier Deschamps, el protagonista principal de este duelo. Por su parte, alejado de los flashes, Dalic, quien cobra una sexta parte de lo que percibe su colega, seguirá con su ritual: mano derecha en el bolsillo, el rosario blanco entre sus dedos, la zurda sobre su cadera y reiteradas miradas al cielo.

Quizás, unas horas más tarde, la televisión, los diarios digitales, la radio, las redes sociales y todo internet anuncien al mundo entero la hazaña de aquel monaguillo bosnio que colmó de alegría a un país de poco más de cuatro millones de habitantes y logró llevar a la Selección de Croacia a la cima en el Mundial de las sorpresas.

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