El capitán de la selección de Croacia vivió la guerra de la Independencia de su país, hoy, dos décadas después, lidera a su equipo en la final del Mundial.

 

Luka Modric: la historia de un refugiado

Daniela Simón @DanielaaSimon

28 DE MARZO DE 2018

Croacia llegó a la final de la Copa del Mundo y pasó de ser una joven nación, a una experimentada selección mundialista con signos de madures. Una selección que tiene figuras, tiene equipo, pero que también tiene pocos años, y rasguña las tres décadas. Luka Modric es su capitán, máximo exponente y candidato a quedarse con el galardón de mejor jugador de la cita. Sin embargo, su vida es más que fútbol y golazos, también fue dolor y tormento.

El capitán es de un rostro expresivo por demás y un semblante de una película ambientada en los años 80, como si de fondo, leve como la brisa, se pudiera escuchar una canción de los Beatles. Dentro de la cancha, una vincha siempre le contiene el pelo, al que recorta para mantenerlo. Tímido y tranquilo. Luka Modric es ese, al que le encuentran un parecido a Johan Cruyff; el que hace fácil al fútbol en el Santiago Bernabéu, en Croacia y en Rusia; el que su memoria fue atravesada por la historia de su país.

Luka nació en el otoño de Zaton Obrovacki, una aldea cercana al cordón montañoso Velebit.

Cuando Croacia, una república con una cantidad significativa de serbios en su territorio, intentó separarse de Yugoslvia en 1991, el presidente serbio Slobodan Milosevic envió al ejército a proteger sus intereses y comenzó una guerra civil que culminó recién cuatro años después. Durante esta Guerra de la Independencia de Croacia, Obrovacki fue bombardeado por el ejército popular yugoslavo y las milicias serbias. Por esa época, el pequeño Modric cumplía siete años.

En diciembre, su abuelo y seis civiles croatas, a los que consideraron rebeldes, fueron ejecutados a manos de oficiales serbios. De inmediato, junto a su familia, Luka escapó del lugar que lo había visto nacer. Huyó del horror y las balas para sobrevivir, e innumerables veces cambió de pueblo y refugio.

Para que el pequeño Modric se distrajera del contexto en el que vivía, su padre le dio una pelota. Quizás así encontraría la libertad que había perdido y dejaba a su mente volar. El fútbol se convirtió así en su antídoto narcótico ante la balacera y las bombas.

En el epílogo del enfrentamiento bélico, mientras Luka estaba en un centro de refugiados, un captador descubre la magia y el talento que el benjamín desplegaba todos los días en el estacionamiento del Hotel Kolovare, en Zadar, una ciudad de la costa de Dalmacia. Sin embargo, la vida le depararía más obstáculos que sortear. Su capacidad de juego no era suficiente, la baja estatura y su delgada contextura física le jugaban una mala pasada, y fue rechazado en varios clubes. Con 16 cumpleaños encima, llegó al Dinamo Zagreb y lo que sigue ya es historia conocida: Tottenham y Real Madrid.

De seguro, cuando Modric se abrazó junto a sus compañeros y alzó los brazos en altos frente a los hinchas croatas, por su mente pasaron las instantáneas de los momentos más difíciles que debió atravesar. Imágenes y recuerdos de un pasado a los que frente a una cámara televisiva se niega a hablar, pero que han dejado heridas y esquirlas que se marcan a fuego en las entrañas.

"La guerra me hizo más fuerte. Fueron tiempos durísimos para mí y para mi familia. No quiero arrastrar ese tema para siempre, pero tampoco me quiero olvidar de ello. Ahora tengo la sensación de que estoy listo para cualquier cosa".

Foto: FIFA

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