Crónica de una jornada en el Abasto donde el público brasileño vivió, río, cantó y lloró por la eliminación del Mundial, en el barrio porteño de Buenos Aires.

La tarde en la que pillaron a Gardel

Franco Sommantico

28 DE MARZO DE 2018

A la estatua de bronce de Carlos Gardel que el escultor Mariano Pagés labró entre los años 1999 y 2000 y que se exhibe ahora frente al abasto, en una calle que le rinde homenaje al músico y que comparte con otras esculturas –de menor tamaño- de varios artistas también reconocidos como Alberto Castillo o Tita Merello, esta tarde le están dando la espalda.
La obra es imponente, mide cerca de dos metros y medio y luce a un Carlos Gardel radiante, de brazos cruzados, peinado hacia atrás con gomina y vestido de traje y pajarita. Pagés comentó, con respecto a esta obra que lo hizo famoso, algunos años antes de su muerte: “Yo quería un Gardel que diera felicidad verlo, fresco y a la vez perfectamente reconocible”. Y le salió bastante bien. Su estatua es un icono porteño y está acostumbrada a recibir todos los días las miradas de decenas de turistas. Pero justo hoy está pasando algo raro. Porque si bien la calle está llena de gente –quizás hoy haya más gente que nunca- por primera vez nadie lo está mirando.
Las miradas de esta tarde están todas puestas sobre el proyector que astutamente sacó a la calle el dueño del restaurante Gambino y el televisor del restaurante de al lado, que por supuesto se llama Carlos Gardel. Y lo que pasa es que toda esta gente amontonada es brasilera, y no vinieron necesariamente a ver a la estatua, sino que vinieron a ver un partido de fútbol. Porque hoy se enfrenta Brasil contra Bélgica por los cuartos de final del mundial de Rusia.
Es curioso que los brasileros hayan elegido una de las calles más porteñas como sede de su santuario de hinchas, como si los argentinos que viven en Brasil se reúnan en la calle Caetano Veloso para alentar a la selección. Es algo que a simple vista para un argentino parece no encajar. Quizás hubiese sido distinto si fuesen uruguayos, por eso de que ellos juran que Gardel era de su nacionalidad, pero poco parece importarles a los dueños de los dos restaurantes que hoy trasmiten el partido, porque hoy, sus bares están más llenos que nunca. Con las mesas de adentro colapsadas, la gente que no pudo ingresar se queda parada en la calle, abrazada a sus banderas, y empiezan a alentar. El partido comienza. Sin embargo, a los pocos minutos, mientras todavía algunos hinchas buscan ese hueco entre las cabezas que les permita ver mejor el partido, la calle se congela y todo es silencio. Después de un corner a favor de Bélgica que patea Chadli, Fernandinho intenta despejar de cabeza y la pelota se mete en su propio arco. Bélgica va ganando uno a cero, pero esto recién empieza. Saca del medio Brasil y vuelve todo a la normalidad. Los brasileros son muy ruidosos, les encanta hablar fuerte y gritar por todo. Cuando toca la pelota Neymar, los brasileros gritan; cuando Bélgica insinúa un posible ataque, los brasileros gritan; cuando la pelota se pierde por el lateral, los brasileros gritan. Pareciera ser obligación tener una botella de cerveza en la mano. Los mozos de los bares aprovechan y se pasean por entre la gente ofreciendo botellas a 150 pesos u 8 reales. En un momento dado un viejo se sienta sobre un poste de estacionamiento para descansar sus piernas débiles. Con un gesto llama a un mozo de esos que están dando vueltas y le pregunta en brasilero si no le queda alguna mesa adentro.
-Está todo lleno, maestro –le contesta el mozo.
El viejo protesta y le pide una cerveza. El mozo se pierde entre la multitud y vuelve después de un rato, cuando termina de atender a las demás mesas. Al momento de pagar, el viejo le pregunta si acepta “cartao”.
-Cartao nao, solo efectivo –contesta el mozo en un brasilero improvisado.
Cuando faltan solo diez minutos para que termine el primer tiempo, el silencio vuelve a ser absoluto. Algunos miran hacia el piso, resignados, y otros dejan caer sus cervezas. No lo pueden creer. Después de un contraataque Belga que encabeza Lukaku, Kevin De Bruyne patea de afuera del área y deja sin chances al arquero Alisson. Es un mal momento para el pobre hombre adentro de un auto que, en la esquina de la calle, justo al lado de la estatua de Gardel, quiere entrar a su casa.
Desde su Toyota Corolla plateado, el hombre encara a la multitud. Primero toca un par de veces la bocina, implorándole a la gente que se mueva. Como no da resultado, baja la ventanilla y grita, intentando que se apiaden: “vivo a mitad de cuadra”. Pero los hinchas, más tristes que nunca porque Brasil se fue al descanso perdiendo dos a cero, lo ignoran. El hombre se da por vencido, pone marcha atrás y se va por otra calle.
Durante el entretiempo los hinchas se dispersan. Algunos de los que estaban en las mesas se paran para estirar un poco las piernas, y los que ya estaban parados caminan para hacer circular la sangre. Cuando el partido se reanuda, los hinchas se vuelven a acomodar. Un gordito medianamente joven se recuesta sobre el hombro de Tita Merello y le apoya su cerveza entre los brazos. Los músicos esta tarde están relegados a un segundo plano, eso está claro. Hoy a nadie le importa quiénes fueron esas personas que están eternizadas en esculturas de bronce. Nadie se acuerda de que, en sus años de gloria, allá por las décadas del 40 o del 50, llenaban teatros y sus canciones se escuchaban en las radios de todo el país. Lo único que importa, hoy, es que gane Brasil.
Pero eso no es lo que pasa. Pese a la ilusión que despierta el gol de Renato Augusto a los 76 minutos del segundo tiempo –que se escucha dos veces debido a los cinco segundos de diferencia que hay entre el proyector del bar Gambino y el televisor del Carlos Gardel- no es suficiente y Brasil se queda eliminado de la copa. Suena el pitazo final y de a poco la calle se va despejando. En menos de quince minutos lo único que queda son los mozos que están juntando los vasos de plástico que dejó la gente en el piso y el gordito que estaba abrazado a Tita Merello, que parece haber tomado cerveza de más. Un mozo se le acerca y le dice que se vaya, que el partido ya terminó. El gordito zigzaguea calle arriba y cuando llega a la esquina se detiene frente a Gardel. Examina la estatua de arriba abajo, mira hacia los costados para asegurarse de que nadie lo esté mirando y después se baja los pantalones. Cuando termina de descargar la vejiga, se sube el cierre y se mete en el abasto. Brasil quedó eliminado del mundial la misma tarde en que pillaron a Gardel.

A la estatua de bronce de Carlos Gardel que el escultor Mariano Pagés labró entre los años 1999 y 2000 y que se exhibe ahora frente al abasto, en una calle que le rinde homenaje al músico y que comparte con otras esculturas –de menor tamaño- de varios artistas también reconocidos como Alberto Castillo o Tita Merello, esta tarde le están dando la espalda.

La obra es imponente, mide cerca de dos metros y medio y luce a un Carlos Gardel radiante, de brazos cruzados, peinado hacia atrás con gomina y vestido de traje y pajarita. Pagés comentó, con respecto a esta obra que lo hizo famoso, algunos años antes de su muerte: “Yo quería un Gardel que diera felicidad verlo, fresco y a la vez perfectamente reconocible”. Y le salió bastante bien. Su estatua es un icono porteño y está acostumbrada a recibir todos los días las miradas de decenas de turistas. Pero justo hoy está pasando algo raro. Porque si bien la calle está llena de gente –quizás hoy haya más gente que nunca- por primera vez nadie lo está mirando.

Las miradas de esta tarde están todas puestas sobre el proyector que astutamente sacó a la calle el dueño del restaurante Gambino y el televisor del restaurante de al lado, que por supuesto se llama Carlos Gardel. Y lo que pasa es que toda esta gente amontonada es brasilera, y no vinieron necesariamente a ver a la estatua, sino que vinieron a ver un partido de fútbol. Porque hoy se enfrenta Brasil contra Bélgica por los cuartos de final del mundial de Rusia.

Es curioso que los brasileros hayan elegido una de las calles más porteñas como sede de su santuario de hinchas, como si los argentinos que viven en Brasil se reúnan en la calle Caetano Veloso para alentar a la selección. Es algo que a simple vista para un argentino parece no encajar. Quizás hubiese sido distinto si fuesen uruguayos, por eso de que ellos juran que Gardel era de su nacionalidad, pero poco parece importarles a los dueños de los dos restaurantes que hoy trasmiten el partido, porque hoy, sus bares están más llenos que nunca. Con las mesas de adentro colapsadas, la gente que no pudo ingresar se queda parada en la calle, abrazada a sus banderas, y empiezan a alentar. El partido comienza. Sin embargo, a los pocos minutos, mientras todavía algunos hinchas buscan ese hueco entre las cabezas que les permita ver mejor el partido, la calle se congela y todo es silencio. Después de un corner a favor de Bélgica que patea Chadli, Fernandinho intenta despejar de cabeza y la pelota se mete en su propio arco. Bélgica va ganando uno a cero, pero esto recién empieza. Saca del medio Brasil y vuelve todo a la normalidad. Los brasileros son muy ruidosos, les encanta hablar fuerte y gritar por todo. Cuando toca la pelota Neymar, los brasileros gritan; cuando Bélgica insinúa un posible ataque, los brasileros gritan; cuando la pelota se pierde por el lateral, los brasileros gritan. Pareciera ser obligación tener una botella de cerveza en la mano. Los mozos de los bares aprovechan y se pasean por entre la gente ofreciendo botellas a 150 pesos u 8 reales. En un momento dado un viejo se sienta sobre un poste de estacionamiento para descansar sus piernas débiles. Con un gesto llama a un mozo de esos que están dando vueltas y le pregunta en brasilero si no le queda alguna mesa adentro.

-Está todo lleno, maestro –le contesta el mozo.

El viejo protesta y le pide una cerveza. El mozo se pierde entre la multitud y vuelve después de un rato, cuando termina de atender a las demás mesas. Al momento de pagar, el viejo le pregunta si acepta “cartao”.

-Cartao nao, solo efectivo –contesta el mozo en un brasilero improvisado.

Cuando faltan solo diez minutos para que termine el primer tiempo, el silencio vuelve a ser absoluto. Algunos miran hacia el piso, resignados, y otros dejan caer sus cervezas. No lo pueden creer. Después de un contraataque Belga que encabeza Lukaku, Kevin De Bruyne patea de afuera del área y deja sin chances al arquero Alisson. Es un mal momento para el pobre hombre adentro de un auto que, en la esquina de la calle, justo al lado de la estatua de Gardel, quiere entrar a su casa.

Desde su Toyota Corolla plateado, el hombre encara a la multitud. Primero toca un par de veces la bocina, implorándole a la gente que se mueva. Como no da resultado, baja la ventanilla y grita, intentando que se apiaden: “vivo a mitad de cuadra”. Pero los hinchas, más tristes que nunca porque Brasil se fue al descanso perdiendo dos a cero, lo ignoran. El hombre se da por vencido, pone marcha atrás y se va por otra calle.

Durante el entretiempo los hinchas se dispersan. Algunos de los que estaban en las mesas se paran para estirar un poco las piernas, y los que ya estaban parados caminan para hacer circular la sangre. Cuando el partido se reanuda, los hinchas se vuelven a acomodar. Un gordito medianamente joven se recuesta sobre el hombro de Tita Merello y le apoya su cerveza entre los brazos. Los músicos esta tarde están relegados a un segundo plano, eso está claro. Hoy a nadie le importa quiénes fueron esas personas que están eternizadas en esculturas de bronce. Nadie se acuerda de que, en sus años de gloria, allá por las décadas del 40 o del 50, llenaban teatros y sus canciones se escuchaban en las radios de todo el país. Lo único que importa, hoy, es que gane Brasil.

Pero eso no es lo que pasa. Pese a la ilusión que despierta el gol de Renato Augusto a los 76 minutos del segundo tiempo –que se escucha dos veces debido a los cinco segundos de diferencia que hay entre el proyector del bar Gambino y el televisor del Carlos Gardel- no es suficiente y Brasil se queda eliminado de la copa. Suena el pitazo final y de a poco la calle se va despejando. En menos de quince minutos lo único que queda son los mozos que están juntando los vasos de plástico que dejó la gente en el piso y el gordito que estaba abrazado a Tita Merello, que parece haber tomado cerveza de más. Un mozo se le acerca y le dice que se vaya, que el partido ya terminó. El gordito zigzaguea calle arriba y cuando llega a la esquina se detiene frente a Gardel. Examina la estatua de arriba abajo, mira hacia los costados para asegurarse de que nadie lo esté mirando y después se baja los pantalones. Cuando termina de descargar la vejiga, se sube el cierre y se mete en el abasto. Brasil quedó eliminado del mundial la misma tarde en que pillaron a Gardel.

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