El sábado a las 11, Argentina enfrentará a un país unido entre tanto racismo mientras la vorágine de la competencia mundial permanezca.

Francia, entre racismo, sociedad y valores

Julián Rozencwaig

28 DE MARZO DE 2018

El pequeño rubio que jugó al rugby y quebró el antebrazo de un arquero con un tiro libre ejecutado desde 25 metros en su niñez ya tenía 29 años. La atribución como líder la ganó él solo al afrontar situaciones adversas como aquella en la que tuvo que comunicarle a Marcel Desailly, el único jugador de un plantel francés dentro de una nación racista nacido en África, la muerte de su hermano. Por esto y otros tantos acontecimientos más, Didier Deschamps era capitán de la Francia campeona mundial de 1998.

El 23 de mayo de aquel año, a dos semanas del inicio del Mundial, la celebración del 150º aniversario por la abolición de la esclavitud se conmemoró mediante una marcha en París. En la inauguración mundial del 10 de junio, cuatro estatuas con nombre atribuido representaron razas que pueblan el mundo: el europeo Romeo, el amerindio Pablo, el asiático Ho y el africano Moussa, efigies que instalaron su figura aquel día dentro de un país repleto de segregacionismo a los inmigrantes musulmanes y a los negros que convivían y aún conviven en suburbios franceses.

Sin embargo, cuando el combinado nacional venció 3 a 0 a Brasil en la final del 12 de julio, el júbilo no conocía de identificaciones, ni de color de piel, ni de etnia, ni de nacionalidades. El conjunto dirigido por Aimé Jacquet, el entrenador que era cuestionado por sus resultados y que admitió dos años atrás que el tiempo le daría la razón (homología entre el director técnico Jorge Sampaoli y su Selección Argentina), logró la unión del pueblo mediante el fútbol, cuando una multitud festejó en el centro parisino. Daniel Cohn-Bendit, miembro del Parlamento Europeo desde 1994, lo describió tal cual: “La noche en que la Selección de Francia ganó, Francia se unió”.

Ese equipo había logrado, aunque sea por tiempo definido pero prolongado, olvidar las diferencias sociales de la población junto al trato de inferioridad hacia los habitantes de los guetos –es hasta la actualidad que proliferan actitudes racistas hasta la aplicación de terrorismo-. Nelson Mandela, expresidente sudafricano y líder del activismo contra el sistema racial apartheid, comunicó que el logro mundialista fue un símbolo antirracista durante una visita del plantel al mandamás, actividad de la que previamente se regocijaban exclusivamente los jefes estatales.

El sábado a las 11 de la mañana la Selección Argentina enfrentará a un país unido, que se conecta pese a las barreras del racismo como lo hizo a partir de aquel 12 de julio de 1998 en adelante, cuando una Eurocopa o un Mundial se presentaba y aún hoy se presenta en su camino. Una selección francesa que, al contrario del conjunto albiceleste, no fulgura nada de lo que sucede dentro del vestuario y, en cambio, pacifica la relación grupal. Deschamps, ese nene que ya nacía líder en las categorías juveniles de Nantes, impone desde su llegada al cargo en 2012 respeto a la camiseta, al himno, a la autenticidad, a la humildad y presenta un manual para tratar con la prensa. Valores importantes para afrontar una Copa del Mundo, o lo que es idéntico: la vida.

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