Mientras en Volgogrado se disputan partidos del Mundial, hace 76 años los países se jugaban todo en la Segunda Guerra Mundial y dos francotiradores tenían un duelo que pasó a la historia.

El conejo que derrotó al pájaro en Volgogrado

Iván Lorenz (@Ivanlorenz_)

28 DE MARZO DE 2018

El fútbol está lleno de historias. En sus pases, en sus goles, en cada caño, en cada pifia. Historias verídicas. Historias que no lo son tanto. Historias que están en el limbo, en donde hay que elegir un bando. La camiseta de la verdad o la camiseta de la fe ciega. Particularmente los Mundiales dejan muchas de estas historias ambiguas. Funcionan como un teléfono descompuesto. El boca en boca las distorsiona, las baña en subjetividad y las deja a libre interpretación. El bidón de Branco en 1990, la sentada de Antonio Ubaldo Rattin en la alfombra roja de la Reina Isabel II en 1996 o la Copa del Mundo escondida en una caja de zapatos, bajo una cama durante la Segunda Guerra Mundial, para que no se la robaran los nazis.
Si de algo se puede estar seguro es que el Mundial de Rusia dejará este tipo de historias. Tan seguro como que el Volgogrado Arena no presenciará los partidos de los Octavos de Final en adelante. Tan seguro como que cuando el estadio no acoja más partidos mundialistas, los aproximadamente 45 mil asientos serán privilegio de un club de la segunda división rusa llamado FC Rotor. Tan seguro como que Volgogrado solía llamarse Stalingrado en honor a Iósif Stalin, jefe supremo de la Unión Soviética.
Este estadio se anticipó al surgimiento de nuevas historias ambiguas porque ya tiene qué contar. El fútbol suele asociarse, a pesar de toda exageración, a enfrentamientos bélicos. Partidos a muerte. Los futbolistas son soldados, la patria misma. Volgogrado presenció otra historia, ciertamente bélica. No rodaba la Telstar 18, rodaban tanques. No había botines, había fusiles. No había selecciones eliminadas, había millones de muertos. En la Batalla de Stalingrado en 1942 no jugaron Panamá y Bélgica o Egipto y Arabia Saudita. La Wehrmacht -las fuerzas unificadas de la Alemania Nazi y el Eje- eran los visitante, y el Ejército Rojo, los locales.
De acuerdo a los ciclos mundialistas, 1942 era un año de Copa del Mundo. Sin embargo, no corrió el balón porque Europa (el planeta) estaba en guerra. El Imperio Nazi seguía en constante expansión. No había jugadores, había soldados. Volgogrado ese año tomó el papel de punto de inflexión de la historia. Esos momentos que marcan el fin y el nuevo comienzo. La Wehrmacht invadió Stalingrado con el objeto de ocuparla y el Ejército Rojo, los soviéticos, se encargaron de defenderla. Ese fue el inicio del declive del Imperio Nazi. La batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial. Las victorias alemanas se transformaron en pérdidas, la URSS logró torcer el brazo de los nazis y el III Reich comenzó a caer.
Allí, en la ciudad donde hoy está el Volgogrado Arena, ocurrió una de esas historias que habitan el limbo. Un duelo uno contra uno, no como el que tuvo Ferjani Sassi ante el arquero inglés Jordan Pickford. Se dió un duelo de francotiradores. Para el Ejército Rojo jugaba Vasili Zaitsev, cuyos Nikes, muy lejos de ser Tiempo, eran un rifle Mosin-Nagant. Para los de Wehrmacht, estaba el Mayor Konig, del que poco se sabe pero que utilizaba un rifle Kar-98. El Conejo Ruso contra el Pájaro de Berlín.
Zaitsev sí que existió. De orígen humilde, sus padres eran pastores. Un francotirador de la Unión Soviética, de mucho renombre pese a no ser el mejor, era Iván Sidorenko, responsable de 500 muertes. En esa parte de la historia no hay dudas. Y en que mató a 225 alemanes durante la Batalla de Stalingrado tampoco.
Las dudas surgen con su rival, Erwin Konig. Poco se sabe del alemán. Pero lo poco es amigo de los grandes rumores. Los rusos cuentan que era el director de la escuela de francotiradores de la Wehrmacht, enviado para matar al Conejo Ruso. Sin embargo, los rusos no tienen documentación que certifique la existencia de tal duelo. Sí existe el testimonio de Zaitsev, su libro “Memorias de un Francotirador en Stalingrado”. También se dice que Konig era un seudónimo, que el verdadero nombre del alemán era Heinz Thorwald pero que eligió el nombre del Mayor para no ser utilizado por la propaganda rusa. El partido no era parejo. Los alemanes ocupaban casi la totalidad de Stalingrado. Pero en situaciones adversas nacen los héroes y los relatos épicos. Una prensa rusa que agigantó la figura de un francotirador como Zaitsev. El rol de los medios siempre es preponderante. Para pasar de héroe a leyenda se requiere lo extraordinario.
El francotirador ruso de ascendencia rural contra Herr Konig, un alemán de elite. El humilde contra el rico. Un rico cuya documentación se presupone quemada por los alemanes por la vergüenza de la derrota. En tiempos difíciles se necesitan grandes figuras, ejemplos que inspiren. Ese fue el papel de la prensa rusa. El héroe sin superpoderes fue Zaitsev, quien no estaba tan seguro de su victoria porque creía en las habilidades del Mayor. Pero el Ejército Rojo tenía certeza absoluta, la victoria del Conejo Ruso ante el Pájaro de Berlín era inminente. Las dudas estaban y así fue como Zaitsev decidió prepararse y consultar con otros francotiradores. Debía adquirir todas las tácticas, estrategias y formaciones posibles para edificar una construcción de juego que anule la capacidad del rival. La paciencia en un partido de francotiradores es la clave. Una rotación equivocada es un balazo en la frente.
Moverse o quedarse quieto. Mantener la posición. Por esa optó Konig. Zaitsev sabía que el alemán no abandonaría su recinto. Había que sacar al pájaro del nido. Pero antes de hacer el gol, debía encontrar el arco rival. Era consciente de las habilidades de camuflaje del Mayor. Intentó pensar en él. Meterse en su cabeza. Así fue como divisó en el frente enemigo, una chapa, en un terreno liso, sobre unos ladrillos rotos.
El Conejo Ruso hizo una jugada de potrero. Ató un guante a un palo y lo alzó. Al instante, se oyó un disparo y el guante ya no estaba entero. Un círculo perfecto, del cual Zaitsev dedujo que su instinto estaba en lo cierto. El francotirador soviético no estaba sólo. A su lado tenía a Kúlikov, un compatriota.
Cautelosos, una vez descubierto el escondite, esperaron a que pasara el mediodía. El sol hubiese delatado su posición, reflejando las miras de los rifles. Kúlikov remató con su rifle al voleo para hacer sonar la alarma del Mayor. Era la hora de actuar. El compañero del Conejo, alzó su casco y sonó un disparo. Al instante Kúlikov se paró, emitió un grito y fingió una caída. Simula juez. El Alemán se asomó para protestar que la acción sea sancionada correctamente. Ni bien levantó la cabeza, Zaitsev desenfundó, forzando el pitido final, que significó la victoria del Conejo Ruso sobre el Pájaro de Berlín.

El fútbol está lleno de historias. En sus pases, en sus goles, en cada caño, en cada pifia. Historias verídicas. Historias que no lo son tanto. Historias que están en el limbo, en donde hay que elegir un bando. La camiseta de la verdad o la camiseta de la fe ciega. Particularmente los Mundiales dejan muchas de estas historias ambiguas. Funcionan como un teléfono descompuesto. El boca en boca las distorsiona, las baña en subjetividad y las deja a libre interpretación. El bidón de Branco en 1990, la sentada de Antonio Ubaldo Rattin en la alfombra roja de la Reina Isabel II en 1996 o la Copa del Mundo escondida en una caja de zapatos, bajo una cama durante la Segunda Guerra Mundial, para que no se la robaran los nazis.

Si de algo se puede estar seguro es que el Mundial de Rusia dejará este tipo de historias. Tan seguro como que el Volgogrado Arena no presenciará los partidos de los Octavos de Final en adelante. Tan seguro como que cuando el estadio no acoja más partidos mundialistas, los aproximadamente 45 mil asientos serán privilegio de un club de la segunda división rusa llamado FC Rotor. Tan seguro como que Volgogrado solía llamarse Stalingrado en honor a Iósif Stalin, jefe supremo de la Unión Soviética.

Este estadio se anticipó al surgimiento de nuevas historias ambiguas porque ya tiene qué contar. El fútbol suele asociarse, a pesar de toda exageración, a enfrentamientos bélicos. Partidos a muerte. Los futbolistas son soldados, la patria misma. Volgogrado presenció otra historia, ciertamente bélica. No rodaba la Telstar 18, rodaban tanques. No había botines, había fusiles. No había selecciones eliminadas, había millones de muertos. En la Batalla de Stalingrado en 1942 no jugaron Panamá y Bélgica o Egipto y Arabia Saudita. La Wehrmacht -las fuerzas unificadas de la Alemania Nazi y el Eje- eran los visitante, y el Ejército Rojo, los locales.

De acuerdo a los ciclos mundialistas, 1942 era un año de Copa del Mundo. Sin embargo, no corrió el balón porque Europa (el planeta) estaba en guerra. El Imperio Nazi seguía en constante expansión. No había jugadores, había soldados. Volgogrado ese año tomó el papel de punto de inflexión de la historia. Esos momentos que marcan el fin y el nuevo comienzo. La Wehrmacht invadió Stalingrado con el objeto de ocuparla y el Ejército Rojo, los soviéticos, se encargaron de defenderla. Ese fue el inicio del declive del Imperio Nazi. La batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial. Las victorias alemanas se transformaron en pérdidas, la URSS logró torcer el brazo de los nazis y el III Reich comenzó a caer.

Allí, en la ciudad donde hoy está el Volgogrado Arena, ocurrió una de esas historias que habitan el limbo. Un duelo uno contra uno, no como el que tuvo Ferjani Sassi ante el arquero inglés Jordan Pickford. Se dió un duelo de francotiradores. Para el Ejército Rojo jugaba Vasili Zaitsev, cuyos Nikes, muy lejos de ser Tiempo, eran un rifle Mosin-Nagant. Para los de Wehrmacht, estaba el Mayor Konig, del que poco se sabe pero que utilizaba un rifle Kar-98. El Conejo Ruso contra el Pájaro de Berlín.

Zaitsev sí que existió. De orígen humilde, sus padres eran pastores. Un francotirador de la Unión Soviética, de mucho renombre pese a no ser el mejor, era Iván Sidorenko, responsable de 500 muertes. En esa parte de la historia no hay dudas. Y en que mató a 225 alemanes durante la Batalla de Stalingrado tampoco. Las dudas surgen con su rival, Erwin Konig. Poco se sabe del alemán. Pero lo poco es amigo de los grandes rumores. Los rusos cuentan que era el director de la escuela de francotiradores de la Wehrmacht, enviado para matar al Conejo Ruso. Sin embargo, los rusos no tienen documentación que certifique la existencia de tal duelo. Sí existe el testimonio de Zaitsev, su libro “Memorias de un Francotirador en Stalingrado”. También se dice que Konig era un seudónimo, que el verdadero nombre del alemán era Heinz Thorwald pero que eligió el nombre del Mayor para no ser utilizado por la propaganda rusa. El partido no era parejo. Los alemanes ocupaban casi la totalidad de Stalingrado. Pero en situaciones adversas nacen los héroes y los relatos épicos. Una prensa rusa que agigantó la figura de un francotirador como Zaitsev. El rol de los medios siempre es preponderante. Para pasar de héroe a leyenda se requiere lo extraordinario.

El francotirador ruso de ascendencia rural contra Herr Konig, un alemán de elite. El humilde contra el rico. Un rico cuya documentación se presupone quemada por los alemanes por la vergüenza de la derrota. En tiempos difíciles se necesitan grandes figuras, ejemplos que inspiren. Ese fue el papel de la prensa rusa. El héroe sin superpoderes fue Zaitsev, quien no estaba tan seguro de su victoria porque creía en las habilidades del Mayor. Pero el Ejército Rojo tenía certeza absoluta, la victoria del Conejo Ruso ante el Pájaro de Berlín era inminente. Las dudas estaban y así fue como Zaitsev decidió prepararse y consultar con otros francotiradores. Debía adquirir todas las tácticas, estrategias y formaciones posibles para edificar una construcción de juego que anule la capacidad del rival. La paciencia en un partido de francotiradores es la clave. Una rotación equivocada es un balazo en la frente.

Moverse o quedarse quieto. Mantener la posición. Por esa optó Konig. Zaitsev sabía que el alemán no abandonaría su recinto. Había que sacar al pájaro del nido. Pero antes de hacer el gol, debía encontrar el arco rival. Era consciente de las habilidades de camuflaje del Mayor. Intentó pensar en él. Meterse en su cabeza. Así fue como divisó en el frente enemigo, una chapa, en un terreno liso, sobre unos ladrillos rotos.

El Conejo Ruso hizo una jugada de potrero. Ató un guante a un palo y lo alzó. Al instante, se oyó un disparo y el guante ya no estaba entero. Un círculo perfecto, del cual Zaitsev dedujo que su instinto estaba en lo cierto. El francotirador soviético no estaba sólo. A su lado tenía a Kúlikov, un compatriota. Cautelosos, una vez descubierto el escondite, esperaron a que pasara el mediodía. El sol hubiese delatado su posición, reflejando las miras de los rifles. Kúlikov remató con su rifle al voleo para hacer sonar la alarma del Mayor. Era la hora de actuar. El compañero del Conejo, alzó su casco y sonó un disparo. Al instante Kúlikov se paró, emitió un grito y fingió una caída. Simula juez. El Alemán se asomó para protestar que la acción sea sancionada correctamente. Ni bien levantó la cabeza, Zaitsev desenfundó, forzando el pitido final, que significó la victoria del Conejo Ruso sobre el Pájaro de Berlín.

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