Argentina derrotó 2-1 a Nigeria, se clasificó como segunda en el Grupo D y el sábado jugará por los octavos de final ante Francia. 

Argentina, entre la pasión, la razón y las oportunidades

Joaquín Arias

28 DE MARZO DE 2018

El corazón siempre intenta imponerse cuando hay una pelota y una camiseta celeste y blanca de por medio y más aún si se trata del certamen más codiciado del deporte más popular. Y más aún si Marcos Rojo se convierte en héroe en una San Petersburgo argenta como nunca antes. Y más aún si lo hace faltando cuatro minutos cuando las posibilidades parecían esfumarse entre tanto hombre verde. Por eso, la sensación inicial es unánime, visceral y dominante: una alegría inmensapropia de estar entre los 16 mejores de Rusia 2018luego de un partido de eliminación directa adelantado. En un país en el que no es asunto sencillo proyectar a futuro, una caricia al alma semejante aquí y ahora cotiza en bolsa.
La felicidad y el desahogoinvaden a todo aquel y toda aquella que se encuentra en estado mundialista. Sepa en qué club juega Marcos Rojo o no. Entienda el peso de lo anímico en el equipo de Sampaoli o no. Sin embargo, aquellos y aquellas que fueron siguiendo los procesos y comprenden la sucesión de desaciertos que encaminaron a la Selección Nacional hacia la cima del precipicio –se evitó una vez más, en el epílogo, una caída abrupta-, se ven atravesados algún miligramo de racionalidad entre tanta pasión. Detrás de esos latidos eufóricos, afloran bien tímidas, como pidiendo permiso, algunas preguntas que entienden de sensatez: ¿qué factores se conjugaron para llegar una vez más a una situación límite con Lionel Messi todavía vigente? ¿si el desorden institucional reina y así y todo la jerarquía individual nos salva, qué ocurriría si el entorno conspirase positivamente?
Al argentino le encanta el heroísmo. Se encandila cuando alguien se disfraza de superhéroe. Casi siempre en el último tiempo fue Lionel Messi. Hoy le tocó a Rojo. Pero esa heroicidad no debe eclipsar una vez más esos desatinos que se fueron encadenando en los últimos años provocaron que se necesitara irremediablemente de ese cirujano que esconda con un gol ese kilométrico hilo de despropósitos. Un gol a los 86 minutos debe cambiar el humor pero no un profundo diagnóstico.
El pasaporte agónico a octavos de final presenta diversas oportunidades. La más deseada, que a esta camada de jugadores con Lionel Messi a la cabeza se le avecina un nuevo desafío de poder avanzar hacia instancias decisivas. “Vamos que podemos”, aclama eufóricoen el centro del campo Cristian Ansaldi, uno de los nuevos. Lleguen lejos o no, dejarán la vara alta. Otra chance latente es que este enorme alivio que significó el triunfo ante Nigeria sea utilizado como estímulo para renovar la energía positiva y creer que con proyectos definidos y una línea de trabajo coherente y seria es muy probable que los resultados sean mucho más positivos. Habrá tiempo para capitalizar estas posibilidades. Mientras tanto aprovechemos que la llama de la pasión está más viva que nunca.

El corazón siempre intenta imponerse cuando hay una pelota y una camiseta celeste y blanca de por medio y más aún si se trata del certamen más codiciado del deporte más popular. Y más aún si Marcos Rojo se convierte en héroe en una San Petersburgo argenta como nunca antes. Y más aún si lo hace faltando cuatro minutos cuando las posibilidades parecían esfumarse entre tanto hombre verde.

Por eso, la sensación inicial es unánime, visceral y dominante: una alegría inmensa propia de estar entre los 16 mejores de Rusia 2018 luego de un partido de eliminación directa adelantado. En un país en el que no es asunto sencillo proyectar a futuro, una caricia al alma semejante aquí y ahora cotiza en bolsa.

La felicidad y el desahogo invaden a todo aquel y toda aquella que se encuentra en estado mundialista. Sepa en qué club juega Marcos Rojo o no. Entienda el peso de lo anímico en el equipo de Sampaoli o no. Sin embargo, aquellos y aquellas que fueron siguiendo los procesos y comprenden la sucesión de desaciertos que encaminaron a la Selección Nacional hacia la cima del precipicio –se evitó una vez más, en el epílogo, una caída abrupta-, se ven atravesados algún miligramo de racionalidad entre tanta pasión.

Detrás de esos latidos eufóricos, afloran bien tímidas, como pidiendo permiso, algunas preguntas que entienden de sensatez: ¿qué factores se conjugaron para llegar una vez más a una situación límite con Lionel Messi todavía vigente?, si el desorden institucional reina y así y todo la jerarquía individual nos salva, ¿qué ocurriría si el entorno conspirase positivamente?

Al argentino le encanta el heroísmo. Se encandila cuando alguien se disfraza de superhéroe. Casi siempre en el último tiempo fue Lionel Messi. Hoy le tocó a Rojo. Pero esa heroicidad no debe eclipsar una vez más esos desatinos que se fueron encadenando en los últimos años y que provocaron que se necesitara irremediablemente de ese cirujano que esconda con un gol ese kilométrico hilo de despropósitos. Un gol a los 86 minutos debe cambiar el humor pero no un profundo diagnóstico.

El pasaporte agónico a octavos de final presenta diversas oportunidades. La más deseada, que a esta camada de jugadores con Lionel Messi a la cabeza se le avecina un nuevo desafío de poder avanzar hacia instancias decisivas. “Vamos que podemos”, aclama eufórico en el centro del campo Cristian Ansaldi, uno de los nuevos.

Lleguen lejos o no, dejarán la vara alta. Otra chance latente es que este enorme alivio que significó el triunfo ante Nigeria sea utilizado como estímulo para renovar la energía positiva y creer que con proyectos definidos y una línea de trabajo coherente y seria es muy probable que los resultados sean mucho más positivos. Habrá tiempo para capitalizar estas posibilidades. Mientras tanto aprovechemos que la llama de la pasión está más viva que nunca.

Fotos: @SelecciónArgentina

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