En 1971, un año después de la magia de Brasil, el Estadio Azteca fue el escenario donde 110 mil personas ovacionaron a Alicia La Pelé Vargas, figura del equipo subcampeón de ese otro Mundial que se llevó Dinamarca.

El día que México fue finalista

Iván Lorenz @Ivanlorenz_

28 DE MARZO DE 2018

¿Y si te dijeran que lo más lejos que llegó México no fueron los cuartos de final en 1970 y 1986? ¿Y que en 1970 México obtuvo el tercer lugar en el Mundial? ¿Y si te dijeran que México ya fue finalista una vez? ¿Y que el Coloso de Santa Úrsula tembló ante el bramido de más de 100 mil personas? ¿Y si te dijeran que Pelé jugó dos finales consecutivas en el Estadio Azteca?

Es raro. 1971. No coincide con los ciclos mundialistas. En efecto, no es un Mundial reconocido por la FIFA, al igual que el transcurrido en Italia en 1970, donde el Tri obtuvo el tercer puesto. Un Mundial donde México fue la única presencia americana en el Viejo Continente, y llamó la atención del mundo del fútbol con dos partidos de tres ganados. Uno de ellos por 9-0, donde surgiría aquella “Pelé” que aportó seis de los nueve para la goleada del Tri ante Austria y que, casi 12 meses después, corearían en el Estadio Azteca. Tal fue el impacto que las tierras donde residieron civilizaciones como los Mayas, Aztecas e Incas fueron elegidas para ser sede al año próximo. Año en el que México fue finalista.

Hay algo aún más raro. La respuesta a la rareza que es, quizás, lo que desconcierta. En un país como México, donde la figura de El Macho es bien conocida, el mayor logro futbolístico a nivel internacional lo obtuvo un seleccionado de mujeres. La época dorada del femenil mexicano. En fin, lo raro.

Ya en 1970 había sido raro. Además, un Mundial avalado por la FIFA se estaba jugando en México, lo cual opacó aún más el viaje que emprendieron las Tri. Un viaje para el cual no tuvieron reconocimiento oficial y en el que la mayor parte de los gastos fueron costeados por las jugadoras, ayudadas por la Federación Internacional Europea de Futbol Femenil (FIEFF), que las había invitado a competir, y la Federación Italiana de Futbol Femenil. Un Mundial en el que los uniformes que utilizaron fueron donados por un exfutbolista mexicano, Enrique Borja, el ídolo del Chavo del Ocho. Un Mundial en el que, previo a partir, conocidos de las mexicanas les alquilaban sus campos para que entrenen. Un Mundial sin bandera mexicana que flamee, ya que nadie se las otorgó.

A pesar de todas las trabas que tenía el Femenil, en 1971 se realizó el segundo Mundial en México. Seis, el número de selecciones que participó: Italia, Dinamarca y Francia por el grupo B, y por el grupo A, Argentina, Inglaterra y el local. Un Mundial de tan solo 34 goles y dos sedes: los del B en el Estadio Jalisco y los del A en el Azteca. Cuando no jugaba el Tri, se calculó un promedio de aproximadamente 20 mil personas asistentes. Pero cuando participaba México, era otra historia. En sus victorias ante Argentina e Inglaterra se estimó un promedio de 90 mil personas.

Puntera en la fase de grupos. Un doblete de María Eugenia La Peque Rubio, y un gol de Patricia Hernandez le dieron la victoria por 3-1 ante la Selección Argentina. La máquina mexicana no paraba. Despachó 4-0 a Inglaterra, con un doblete de Teresa Aguilar y, para completar la cuenta, sus compañeras Silvia Zaragoza y Erendira Rangel, sumarían un tanto cada una.

El sueño cada vez más cerca. En la semifinal tocaba un rival conocido: Italia. Un año antes las Tri habían perdido contra el país del Mediterráneo por 2-1. Sin embargo, de local y con el respaldo de una multitud de hinchas fue tiempo de dar vuelta la tortilla. Empezaron perdiendo por un gol de la jugadora italiana Carmela Varone. Pero estaban acostumbradas a ser salmón. Dos tantos de Hernández le devolvieron la alegría a México. Eran finalistas. Dinamarca era el rival. Llegaba luego de ganarle a Argentina 5-0 en semifinales. En fase de grupos, había derrotado por 3-0 a Francia y firmó las tablas, 1-1, ante Italia. Las Tri no podían confiarse. El duelo, pactado para el 5 de septiembre en el Estadio Azteca.

Una final que casi no se juega. Suena familiar, por lo menos hoy, donde las mujeres comienzan a ganarse aquello que les corresponde. Las jugadoras habían solicitado apoyo económico al presidente del Comité Organizador: Jaime Haro. Pero eran amateurs. ¿Por qué les pagarían? De hecho, si no aceptaban jugarla, la autoridad del Comité no se mostró preocupada, ya que podrían armar cualquier otro seleccionado local para reemplazarlas o podrían devolver las entradas. Eran finalistas, no una prioridad.

¿El amor todo lo puede? Antepusieron la pasión ante lo económico. Eligieron respetar al público mexicano. Ese mismo que copó el estadio cada vez que participaron. Al amor se le sumó un llamado de Octavio Sentíes, el regente de la Ciudad de México de ese momento, que las convenció de jugar.

Una final siempre es especial. 110 mil personas coparon el Estadio Azteca. Una multitud que coreó el nombre de Alicia La Pelé Vargas. 110 mil personas. La cifra más alta en la historia del femenil, que hizo temblar el campo donde Maradona 15 años después haría historia, al igual que las muchachas. ¿Cómo no va a ser especial cuando se juega por amor propio? ¿Cómo no va a ser especial cuando gambetearon todas las trabas habidas y por haber por el simple hecho de querer representar a su país?

Pero la Diosa Alada quedó en manos de Dinamarca. Las Tri esta vez no pudieron. Una joven de 15 años, Susanne Augustesen, decidió anotar tres tantos para llevarse al Viejo Continente aquel ángel de oro de 70 centímetros, que posaba sobre un pedestal con una corona griega como ornamento, y el balón en sus pies, el elemento.

Olvidadas. Recordadas cada tanto. Las mujeres que demostraron en México que el fútbol no era un deporte solo de hombres. Ellas también podían jugarlo. Ellas también podían sentir la camiseta. Ellas fueron algo que ellos no pudieron ser. Ellas, las mujeres, fueron finalistas.

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