El Ascenso y sus historias pasadas son parte esencial de este plantel del seleccionado que representará al fútbol argentino en Rusia.

Argentina nace lejos de los flashes

Joaquín Arias

28 DE MARZO DE 2018

Fluía el 2003. No había ballotage pero sí triunfo de Néstor Kirchner, mientras en Brasil Lula da Silva comenzaba su primera presidencia. La salsa lloraría el viaje hacia la eternidad de Celia Cruz y la vida hubiera sido un carnaval para Estudiantes de Buenos Aires, si alguna o algún clarividente le hubiera informado que 11 años más tarde uno de sus delanteros titulares jugaría una final del mundo. Las risas hubieran abundado también al escuchar que ese mismo jugador andaría lanzando agua al entrenador argentino. Ezequiel Lavezzi, el Pocho hoy pero el Loco en esos días, debutó y transitó su primer año profesional distante, muy distante, de las cámaras HD y los micrófonos que hacen eco.

El rosarino expone un vínculo: aquel que la Selección Nacional fue sosteniendo con los clubes alejados de la escena principal, esos a los cuales el periodista Ariel Greco denomina, en su libro Maldita B, la clase obrera de la pelota número 5. Lazos tantas veces desapercibidos pero imprescindibles para comprender el origen de múltiples jugadores trascendentes en la rica historia celeste y blanca, así como también momentos icónicos de la historia del fútbol mundial. ¿O acaso los términos gol olímpico y vuelta olímpica no nacieron, allá por 1924, en la cancha de Sportivo Barracas, un club que en aquel tiempo adquiriría resonancia producto de una gira a Europa pero que habitó la última categoría del fútbol argentino durante la mayor parte de su existencia?

Una década después de aquel hito porteño, cuando los diarios criollos aún empleaban los términos británicos football, match, goal y score, llegó el Mundial de Italia. Y Argentina asistió. Lo hizo con una peculiaridad para esta época: la nómina estaba compuesta exclusivamente por futbolistas amateurs de Buenos Aires y de ligas del interior. Que el resultado haya sido la eliminación en octavos de final (instancia en la que se inició el certamen) no debe opacar que deportistas no remunerados fueron los delegados de un país entero en el máximo evento del juego más popular. Tampoco se debe omitir que dos planteles de la Selección abastecidos netamente por jugadores de la segunda categoría conocieron la gloria. Primero en 1962, año en el que futbolistas de Nueva Chicago, El Porvenir, Excursionistas, Sarmiento y Newell´s se adjudicaron el primer Campeonato Sudamericano de Segunda División. La otra conquista se produjo en 1983, cuando bajo el rótulo de Buenos Aires XI un conjunto dirigido por Carlos Chamaco Rodríguez se impuso en la Copa Merdeka, competencia celebrada en Malasia.

Del Sudeste Asiático a Rusia, sin escalas. La Telstar 18, Zabivaka y los estadios mundialistas más caros de todos se asoman voraces en el horizonte. Querer entender los presentes de Marcos Acuña y Federico Fazio (campeón de la Copa del Mundo Sub-20 en 2007 y oro olímpico un año después), por ejemplo, sin reparar sobre sus respectivas formaciones en Ferrocarril Oeste equivale a querer comprender el triunfo de la selección de Rosario a la de Argentina previo al Mundial 1974 sin contemplar a la figura de aquel partido, Tomás Trinche Carlovich, un volante ofensivo de Central Córdoba de la segunda división. Más aún: ¿Cómo querer analizar la identidad actual de Fazio dentro de las líneas de cal sin conocer que a los seis años en Estudiantil Porteño, club de su Ramos Mejía natal, ya buscaba siempre al mejor rival para marcarlo? ¿O cómo pensar en la satisfacción -tan grande como el país anfitrión- que debe sentir Huevo estos días ignorando que en su adolescencia en Don Bosco de Neuquén fantaseaba con llegar al fútbol grande, con jugar en la Selección y con ser vendido algún día a Europa?

Estudiantes de Mercedes. Olimpo. Deportivo Maipú de Mendoza. Almagro. Liniers de Bahía Blanca. Algunos más alejados de los flashes, otros un poco más cerca. Todos coinciden: fueron el primer espacio en el que alguno de los 35 jugadores preseleccionados para el Mundial escucharon las palabras táctica y estrategia.

“Siempre yo les digo a los jugadores, no te olvides de donde saliste para saber hacia dónde vas. Ahí va a estar el camino de tu vida, porque si te olvidaste de dónde saliste no vas a saber cómo volver”. La sugerencia obligatoria la ofrece una persona que alcanzó el desafío máximo de cualquier entrenador habiendo consolidado sus raíces en una Liga Amateur. Una persona que se nutrió del club Renato Cesarini de Rosario (al igual que Javier Mascherano y tantos otros) para erigirse hacia lo más alto de América un puñado de años más tarde. Esa persona -el zurdo para los casildenses y Jorge Sampaoli para el resto de los argentinos- será el motivo de que clubes como Alumni, Aprendices y Belgrano de Arequito gocen de representatividad en Rusia.

“La sombra no existe, sino que es la luz que uno no ve”, cuentan. O la que uno no quiere ver tal vez. Y esa clase de instituciones que trabaja detrás de los faroles más visibles, iluminan y alimentan la pelota albiceleste. En silencio. Sin llamar la atención. Ayer, hoy y mañana también.

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