Pablo Garretón, ícono del rugby tucumano, trazó su camino entre la medicina y el deporte, y en ambos logró lucirse. No sólo se recibió como neurocirujano, sino que alcanzó el punto máximo deportivo al disputar el Mundial de Inglaterra 1991 como capitán de Los Pumas.

Un neurocirujano con la cinta de Los Pumas

Flavio Grieco y Javier Nieva

28 DE MARZO DE 2018

Faltan pocos metros para cumplir su objetivo. Después de correr seis horas diarias durante un mes, comienza a creer que es posible llegar. Ya dejó atrás más de 1.300 kilómetros desde su partida en su Tucumán natal; no es momento para decir basta. La meta está cerca, y la palabra rendirse no está en su diccionario. Como lo hacía en cada partido durante sus años como rugbier, Pablo Garretón demuestra una vez más su valentía y esfuerzo ante las adversidades.

Este trayecto atravesado hace 17 años tuvo una finalidad: reunir dinero para construir un hospital general que atienda las necesidades de su ciudad. Y, pese a los obstáculos que se le interpusieron en el camino, hoy está a pocos meses de hacer realidad su sueño. “Hay veces en que es posible lograr los objetivos que uno se propone, y Pablo siempre fue un fiel reflejo de ello”, comenta Pedro, padre del soñador que está a punto de inaugurar dicho centro médico.

Sus comienzos en el rugby se dieron por herencia: su padre y su tío también tuvieron sus historias con la ovalada. Tras formarse en las categorías menores, a los 17 años tuvo su debut en la primera división del Universitario Rugby Club de Tucumán. Desde aquella tarde, el deporte lo marcó a fuego lento y lo acompañaría por el resto de su vida. Apenas siete años le bastaron para quedar en la historia del Uni, club en el que demostró cada una de sus virtudes dentro de la cancha. Así fue cómo llegó a vestir la celeste y blanca con tan sólo 21 años. “Lo conocí aquel día de su debut, en un partido contra España en Mar del Plata. Recién volvíamos del Mundial del ‘87, y empezaban a sumarse nuevos jugadores”, describe el Chapa Eliseo Branca, con quien compartió vestuario en Los Pumas hasta el ‘90 y con quien todavía sostiene una relación.

Ser ajeno al ámbito del rugby de Buenos Aires le pasó factura en sus primeras convocatorias al seleccionado, al que había llegado por recomendación de los dirigentes tucumanos. Tal es así, que Rodolfo O’Reilly, recién arribado a la dirección técnica de Los Pumas, lo confundió con el resto de los periodistas y lo invitó a retirarse para charlar con los “jugadores”, tras una conferencia de prensa. Sin embargo, sería el mismo O`Reilly quien luego lo posicionaría dentro de los 15 titulares del combinado nacional.

Tranquilo y de ideas claras fuera del campo, Garretón mostraba una faceta totalmente diferente dentro de él, y ésta le permitió consolidarse como uno de los mejores alas argentinos. Tenía su carácter, según detalla El Chapa: “Era un pibe muy temperamental, muy aguerrido; no le tenía miedo a nada. Iba a cada jugada como si fuese la última”.

“Mis hijos tenían sólo dos obligaciones: estudiar y hacer deporte”, remarca Pedro. Y vaya si Pablo adoptó esos ideales: a pesar de seguir estudiando medicina en la Universidad Nacional de Tucumán, Garretón mantenía su nivel deportivo y se afianzaba cada vez más en la selección mayor. A tal punto, que fue galardonado con el Olimpia de Plata en 1990 y, luego, para el Mundial de 1991 viajó a Gran Bretaña como capitán de Los Pumas, convirtiéndose así en el único jugador del interior en alcanzar este hito hasta el momento. “Fue una alegría enorme ver a Pablo como líder de aquel grupo; nunca lo hubiera imaginado, superó todas mis expectativas”, rememora su padre desde el lejano barrio de Yerba Buena, ubicado 12 kilómetros al oeste de la capital tucumana.

Si bien volvió del Campeonato del Mundo sin festejos (derrotas ante Australia, Gales y Samoa, en una primera fase durísima), Garretón se llevó ese mismo año un título bajo el brazo: se recibió de neurocirujano. Otra meta alcanzada. Sin embargo, esto, a la larga, terminaría afectándole en su carrera en el rugby. Ya desde un comienzo debió abandonar su querida Tucumán para hacer su residencia en el Hospital Italiano de Buenos Aires, y, lógicamente, también debió cambiar de club: Belgrano Athletic.

La doble vida ya comenzaba a pasarle factura a Garretón, que sufría tanto la falta de horas de entrenamiento como las de descanso. Tras dejar la cinta de capitán en 1992, sólo jugaría un puñado más de partidos con la camiseta de Los Pumas al año siguiente. Luego, tras perfeccionarse en su profesión en Estados Unidos, recayó en Hindú, equipo con el que jugó otras cuatro temporadas, hasta que decidió ponerle fin al ciclo. “Fue un adversario bravísimo, de los mejores tercera línea que me tocó enfrentar. Fue un placer haber compartido cancha con él”, recuerda con lujo de detalles Lisandro Arbizu, histórico del Marrón, quien lo tuvo como rival mientras daba sus primeros pasos en el equipo de Belgrano.

Hoy, con 49 años y seis hijos, Garretón todavía reparte su tiempo entre sus otros dos amores: la medicina y el deporte. Aunque se entrena a diario para competir en pruebas de triatlón, el ex capitán de Los Pumas no logra despegarse de esa pasión que le inculcó su padre cuando era niño. Desde la publicación de un libro hasta la presidencia del club donde se formó, este capitán de la vida ha intentado difundir por todo el país esos valores que la ovalada le ha enseñado: “Si el rugby no es escuela de vida, entonces no sirve para nada”.

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