Luis es protagonista de una de las tantas historias que, entre medio de la muchedumbre, se pierden en el olvido.

La Plaza y el recuerdo de los desaparecidos

Germán Trucchi

28 DE MARZO DE 2018

Luis tiene 79 años. Está parado en la esquina de Bolívar e Hipólito Yrigoyen. Tiene la mirada tenue. Como si en ese preciso momento estuviese viendo algo que va más allá de lo que está ocurriendo. Pero luego cierra los ojos. Y vuelve ahí. A esa esquina, al frente de esa plaza, en donde tantas veces luchó por el pueblo. Saca las manos de los bolsillos de su campera color gris y agarra un pañuelo blanco que una joven le entrega. Hace un nudo y cubre su cuello con el pedazo de tela. Sonríe, pero con tristeza. Melancolía, quizás. Son las cuatro de la tarde de un día que ya es histórico. Frente a él, la Plaza de Mayo, lugar elegido para marchas y manifestaciones, que, poco a poco, va colmándose de gente. De gente que protesta. De gente que repudia. De gente que quiere justicia. Algo que en Argentina, no abunda. El fallo de la Corte Suprema de Justicia, que le otorgó el beneficio del 2x1 a genocidas que mataron, torturaron y desaparecieron a más de 30.000 personas, hirvió la ciudad. La Plaza. Y el país. Y Luis está ahí, firme. “Para el pueblo lo que es del pueblo”, susurra cuando el grabador todavía sigue apagado.

La barba y el bigote blanco, canoso -típico de la edad- se unen para dejar al descubierto sus labios, que comienzan a moverse en la sintonía con la que las palabras salen de su boca. Afirma estar buscando el renacer de la justicia argentina: “No hay palabras para una persona que tiene esta edad y que vivió la historia en carne propia. Es inadmisible reivindicar a los postulados de la revolución del 76”.

Luis vuelve en el tiempo. Regresa al año 1976 cuando, por estar en desacuerdo con los principios básicos de la dictadura, se quedó sin trabajo. “Yo era dirigente gremial y me echaron. El gremio no me defendió y mis compañeros tampoco”, sentencia. Menciona que la revolución lo persiguió. “Lo sufrí en piel y hueso”, dice.

La conversación prosigue a 15 metros de, unos de los tantos, puestos de choripanes y hamburguesas que rodean la Plaza de Mayo. Para el inicio del acto que tendrá lugar en el escenario principal aún restan poco más de dos horas. De fondo suena un hit de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, banda que se creó en el año 76. Luis, envuelto en un viaje al pasado –entre la música y el fallo que se discute, continúa su relato. Y se mete en el fútbol:

“En el año 78 se festejaron los goles de Mario Alberto Kempes pero nadie sabía lo que estaba pasando a 20 cuadras de distancia. Había una ignorancia total, estaban todos en ayunas, pero salieron a celebrar el Mundial”, expresa. Y le apunta a los medios de comunicación: “Los medios, con algunos empresarios que aún siguen vigentes, cubrían un manto junto con la iglesia muy pesado, muy oscuro y tenebroso. No le permitía al necio conocer lo que pasaba”, retrata, para dar a entender por qué razón el argentino colmó las calles para cantar victoria. Cuando en realidad, Argentina estaba perdiendo, y por goleada.

El reloj marca las cuatro y dieciséis de la tarde. Los stands de distintas agrupaciones que se reúnen en Plaza de Mayo ya están repartiendo folletos y papelitos. Los carteles y las banderas comienzan a elevarse para llegar a lo más alto del cielo. Y, cuando la charla va llegando a su fin, suena, de fondo, una canción de La Renga: Hablando de la libertad. Como si todo fuera un circo armado a merced de la conversación. Pero no lo es.

Luis se encorva y, con sus manos, hace una casita en el grabador para que el sonido que viene del escenario principal no tape la nitidez de su voz. Su metro setenta y cuatro parece mucho menos. Su mirada ya no es tenue. Su sonrisa no es de alegría. Luis está triste. Y no hace esfuerzo por ocultarlo.

La charla es íntima. Los recuerdos salen a la luz y se disipan en el aire porteño. Y Luis sufre, en silencio. Pero cuando escucha una pregunta se quiebra. Con las primeras lágrimas que empiezan a recorrer las mejillas dice: “Yo perdí amigos… yo perdí amigos… en la dictadura…”. Hace una pausa. Tiene los ojos rojos pero trata de no ceder ante la situación de tristeza y continúa: “Entraron rompiendo la puerta de los milicos a patadas y se los llevaron. No los vi más”. Los labios tiemblan. Abre y cierra sus ojos, como si quisiera meter adentro el llanto.

El grabador se apaga y Luis se pierde entre la multitud que está en los alrededores de Plaza de Mayo. En una hora y media, con su pañuelo blanco en el cuello y sus 79 años, Luis marchará pidiendo justicia. Por los desaparecidos. Por los torturados. Por sus amigos.

Y por él.

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