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La gente se fue de Olavarría en camiones.

Bautismo y ¿despedida? de la misa

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Alejandro Magariños
16 de Marzo de 2017

Fue el día que nos sentamos con mi viejo a ver “Tsunami”, el recién estrenado documental sobre el Indio Solari producido por Vorterix, cuando decidimos que iríamos, por primera vez, a la tan famosa “misa ricotera”.

El Indio había anunciado que padecía una enfermedad en la previa al comienzo del show de Tandil (12 de marzo de 2016). “Míster Parkinson me anda pisando los talones”, fueron las palabras del cantante en lo que parecía, para la tristeza del público, un anuncio de que aquel recital podría ser el último.

Esto no fue así, sin embargo, y la confirmación de que la banda se presentaría en Olavarría en marzo de este año no tardó en llegar. Ante la posibilidad de que esta fuera la última chance para vivir el furor de un recital del Indio en persona, compramos las entradas para asegurarnos un lugar en “La Colmena”. Sólo quedaba esperar hasta la fecha del espectáculo.

El viaje fue una tortura. Partimos de casa a las 7 am del sábado (el día del recital) y llegamos a la ciudad a las 16.30. Estacionamos el auto sobre el pasto, al costado de una calle de tierra, a casi 20 cuadras del predio, y nos preparamos para el show. Cambiamos las bermudas que llevábamos por pantalones de jean y nos calzamos las zapatillas más viejas que teníamos.

El camino hasta el predio nos tomó alrededor de una hora. Ante la inexperiencia en este tipo de eventos, caminamos con cuidado, atentos a lo que podría llegar a ocurrir, y disfrutamos de la previa del show. Incontables puestos de parrillas que vendían “choris y patys”, sitios de camping, remeras tiradas en el piso para ser vendidas y carpas con la música de los Redondos a todo volumen.

Guiados por los rumores que decían que cualquiera iba a poder entrar al predio, incluso sin entrada, nos sorprendimos al ver que cada molinete de entrada contaba con personal de seguridad. Cortaron nuestros tickets, pasamos por el “cacheo” y entramos. Encontramos un lugar cerca de la segunda hilera de torres de sonido y nos sentamos en el pasto, todavía algo embarrado por la lluvia, a esperar el inicio del show, previsto para las 21.30.

Tres horas antes del arranque, ya se palpitaba la fiebre ricotera. Al canto de “Vamos los Redooo”, el público saltaba, preparado para vivir una fiesta. Todo lo que antes había podido ver únicamente en videos de conciertos anteriores, o imaginado al escuchar las experiencias de amigos que ya habían tenido su bautismo, era ahora una realidad. “La Revancha”, llamada así porque un show de los Redondos en Olavarría se había cancelado 20 años atrás, estaba cada vez más cerca de comenzar.

Para mi sorpresa, pude ver a un joven en silla de ruedas, otro que fue en muletas, niños de 5 años o menos e, increíblemente, dos mujeres embarazadas. El que llega en un Audi se junta con el que caminó 50 kilómetros para llegar, los jóvenes se mezclan con los viejos, el canalla se hace amigo del leproso. Algo que parece ilógico se da en este festival que se produce una o dos veces al año, que empieza días antes del show y se vive cada vez como si fuera la última.

Las luces del predio “La Colmena” se apagaron a las 22 y se escuchó la voz a través del parlante pronunciar las palabras que todos estábamos esperando: “Damas y caballeros, los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”. La gente explotó al ritmo de “Barbazul versus el amor letal” y así comenzó un show que prometía ser inolvidable.

En este momento comenzó el descontrol. El líder de la banda decidió parar la música para hablar con el público. Las primeras filas estaban viviendo una fiesta aparte, en la que reinaban los empujones y las caídas. “Gracias a Dios, y desgraciadamente, se junta mucha gente y no se puede controlar”, exclamó el Indio, que pedía que retiraran del predio a los caídos antes de continuar con el show.

La música continuó al compás de “Héroe del Whisky”. Irónicamente, lo que faltaba era whisky, pero sí sobraban los vasos de fernet y las latas de cerveza, que, de no haber sido por la capucha de mi campera, se habrían vaciado de lleno sobre mi cabeza.

Un par de temas más tarde, el Indio decidió suspender nuevamente el show, y esta vez parecía la decisión final. “Que quilombo se va a armar si cortan el show acá”, fue lo primero que se me cruzó por la cabeza.

Tras una pausa que pareció eterna bajo el cielo de Olavarría, los Fundamentalistas volvieron al escenario y continuaron con el recital. Pero ya no era lo mismo. El ambiente era frío y para nada como lo había imaginado. El público ya no saltaba y las canciones no se sentían iguales.

Ocho temas disfrutamos de forma tranquila, sin empujones, siguiendo el espectáculo por las pantallas gigantes. Hasta que llegó el famoso “Todo preso es político”. En ese momento, el público cobró vida nuevamente y estalló en una fiesta que nadie quería perderse. El pogo volvió a armarse y las bengalas a prenderse.

Las canciones finales se vivieron con más intensidad hasta que sonó el punteo inicial de “jijiji”. Lejos de amargarse porque terminaba el show, y posiblemente el último del Indio, la gente se preparó para “el pogo mas grande del mundo”. Sorprendentemente, el show no terminó ahí, sino que sonó “Mi perro dinamita” antes de dar por terminado el recital.

Lo peor de la noche se dio a la salida. Según nos informaron los vecinos de Olavarría, cinco de las seis salidas habían sido bloqueadas. No había señalización hacia las salidas ni un operativo que diera indicaciones de cómo salir. Tratamos de ubicarnos, seguimos al malón de 300 mil personas y esperamos que saliera todo bien. A paso lento, llegamos al auto casi dos horas y media pasadas desde el final del show.

No teníamos hospedaje reservado en Olavarría, así que decidimos emprender el viaje de vuelta a casa. A las 3, salimos a la ruta y el tráfico se quedó completamente parado unos minutos más tarde. Dormimos en el auto hasta las 8, cuando pudimos hacernos a un costado de la ruta y estacionar para descansar más tranquilos.

En ese momento llegaron los mensajes de familiares y amigos que me preguntaban si estaba bien. No entendía de qué hablaban. Cuando mi viejo vio que estaba despierto, me contó que había llamado a casa y se había enterado de lo ocurrido: al menos dos muertos.

Enterarse que habían muerto dos personas donde nosotros habíamos estado festejando hacía tan solo unas horas no fue fácil de procesar. Si bien había visto gente desmayada, y desmayarse cerca de mí, no creía que podría haber muertos.

Pensándolo unas horas más tarde, teniendo en cuenta el estado en que se encontraba una gran mayoría de la gente, borrachos o drogados, más la falta de organización en la salida y los habituales riesgos que se corren en recitales de esta magnitud, me parecía imposible que “solo” dos personas (y agradezco que hayan sido dos y no diez o veinte) hubieran muerto.

El viaje de vuelta fue peor todavía. La fila de autos no caminaba y cada cinco minutos nos parábamos completamente. Tardamos más de 11 horas, lo que podríamos haber tardado para llegar hasta Neuquén en un día normal, en llegar hasta Capital. Exhausto, cené, me duché y me dormí.

Lo que puedo rescatar de estas 38 horas fuera de casa es que el recital en sí no estuvo mal, pero se vio opacado por lo sucedido a la salida del predio, y que, si bien por momentos fue una experiencia horrible, estoy contento porque fue una experiencia que necesitaba tener. ¿Y cómo no sentirme así? Si era mi primera y probablemente última “misa ricotera”.

 

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