La primera misa terminó con un sabor amargo. La ilusión se rompió en Olavarría y los debutantes se quedaron con las ganas.

No lo soñó

Magalí Robles

28 DE MARZO DE 2018

“Se rompe loca mi anatomía

con el humor de los sobrevivientes

de un mudo con tu voz, de un ciego como yo

vencedores vencidos”.

Suenan Los Redondos en el auto y también en mi corazón.

Son las horas previas a mi primera misa ricotera, de esas que tantas veces me contaron. Abrazada a la ilusión que me condena de poder ser partícipe de un hecho histórico no imagino lo que después iba a ocurrir. No tengo por qué pensar en el desenlace que deja dos muertos y muchos heridos.

Las 8 de la mañana del sábado fue el horario elegido para salir rumbo a Olavarría con mi papá, mi hermana y dos amigos. Estuvimos 10 horas arriba del auto, que dejamos a unos 7 kilómetros del predio La Colmena. El viaje que normalmente se hace en cinco horas duró el doble. La ruta estaba colmada de micros varados, y la gente se desesperó. Los 354 kilómetros que hay desde Buenos Aires a Olavarría se hicieron eternos.

Finalmente, a las 18 del sábado, tres horas antes de lo que se suponía que empezaría el show, arribamos a Olavarría. Empezamos a caminar, en caravana. Por las calles la gente ponía canciones de Los Redondos y todos juntos cantamos. Cuando dicen que estos shows son como ir a misa, lo dicen de corazón. El amor que siente la gente hacia el Indio Solari es increíble. Si el mundo entero sintiera al menos un cuarto de la felicidad que te da escuchar su música, todo sería mucho más fácil.

Después de dos horas de caminata, llegamos a la calle Avellaneda, a siete cuadras del predio. Siete cuadras que hicimos en 40 minutos. Era de esperarse, 300 mil personas para ingresar a un predio por un mismo sector. No vi seguridad, tampoco ambulancias. Ingresé al show con la entrada en la mano y la tuve que guardar en el bolsillo porque no me la pidieron. No se percataron tampoco de la gente que entró con bengalas y botellas de vidrio, lo que después dejó heridos.

Luego de tres canciones, llegó Ropa Sucia. Desesperado, el Indio Solari paró el recital para pedir al público que se corriera aunque sea dos metros para atrás, ya que había gente tirada en el piso. Desde abajo jamás nos imaginamos la gravedad de la situación, ni que dos de esas personas caídas resultarían muertas. Se sentía una emoción plena y una melancolía de pensar que ése podía llegar a ser el último show del Indio Solari.

La banda estuvo sin tocar por 30 minutos, hasta que volvió al escenario, pero se sentía en el aire, en la voz del Indio y en el resto de la banda una preocupación extrema. El recital no volvió a ser el mismo, en la cabeza del Indio ya retumbaba un desenlace fatal. Llegó el momento más esperado del show: Jijiji y el pogo más grande del mundo. Pero no se sintió así. Terminó el show y el Indio se fue sin saludar.

“Quiero salir, quiero escapar. Las puertas siguen encerrojadas”. Momento de la salida. 300 mil personas queriendo salir del predio, desesperadas, por un mismo embudo.

“Si va a pasar algo conmigo...

quiero que sea en libertad. ¡Allá afuera!”

“A brillar mi amor”, pero por su ausencia. El estado, otra vez, dejó qué desear en una organización de un megaevento. Ezequiel Galli, intendente de Olavarría perteneciente a Cambiemos, declaró que no esperaba a tanta gente. ¿Jamás escuchó hablar de un recital de Los Redondos?

Después del show vuelvo a escuchar Vencedores vencidos y recién en ese momento entiendo la canción. “Con el humor de los sobrevivientes, de un mudo con tu voz, de un ciego como yo”. Paradojas del destino.

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