El Indio Solari realizó un nuevo show multitudinario en Olavarría que terminó con la muerte de dos espectadores. Crónica en primera persona de un recital que culminó en tragedia. 

Una fiesta que no fue

Catalina Sarrabayrouse

28 DE MARZO DE 2018

"¡Mierda, cuanta gente!",me repetía una y otra vez internamente. A cada paso que daba abría los ojos un poco más grandes y se me llenaba el pecho de emoción. Olavarría me parecía una ciudad horrible, pero se convertía en hermosa gracias al Indio que con toda su gente lograba maquillarla de unión, rock and roll, diversión, fanatismo y pasión. Durante ese rato se volvía la más bella y yo una enamorada de ella. Mientras caminaba al predio recordaba los consejos que me habían dado, esta misa era mi bautismo y me habían preparado con advertencias y sugerencias. Sabía que tenía que permanecer unida en todo momento y repetía internamente cada uno de los puntos de encuentro. Las calles eran anchas, pero estaban colmadas de personas. Intentaba buscar algún hueco donde no haya nadie preparando unos choripanes o agitando una bandera y no pude, no había. Cuanto más cerca estábamos del campo donde se realizaría el concierto, más gente veía, pero para mi sorpresa no tenía ni un poquito de miedo. Todos caminábamos contemplando al otro, los empujones y las corridas nunca existieron.

Me habían dicho que el camino al estadio sería una locura, que esté muy atenta. Agradezco haber estado alerta porque gracias a eso pude percatarme de la magnitud y si, era una locura, pero de esas que te revolucionan internamente y no te permiten dejar de sonreír ni un segundo. Horas atrás había estado lloviendo, incluso había granizado, pero para ese momento ya no estaba ni nublado. El cielo parecía una pintura realizada para todos los presentes y la combinación de naranjas y celestes junto a todas esas personas era un escenario bellísimo.

Al llegar al momento del cacheo, comenzó la catarata de sorpresas. Nadie me pidió la entrada, no tuve que mostrarla y a pesar de haber levantado las manos ilusamente y preguntarle "¿no me vas a cachear?", nadie controló que ingresaba yo al recital. Tanto a mi como a las personas con las que fui nos sorprendió, pero seguimos avanzando hasta nuestro destino. Llegamos y comentamos lo tranquila que había sido la entrada, retratamos con nuestros celulares el momento y pactamos dónde nos encontraríamos en caso de que alguno se perdiera. Estaba todo dado para que esta primera vez sea perfecta y cuidada, pero no lo fue.

En medio de toda esa energía apareció él, saltamos todos. "Esta vez por fin, la prisión te va a gustar", gritábamos fuerte. Mientras saltábamos me sentía parte de una masa enorme que se sostenía gracias al de al lado, cada uno saltaba y gracias a ese salto el otro se mantenía en pie. El juego de luces, la voz de él, la fuerza de la gente, la fortaleza de las letras, me generaba algo adentro que solo invocando a Cortázar podré explicarlo: "Las palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma". Así estaba yo, con el alma desbordada y miles de emociones a flor de piel.

De repente la montaña rusa bajó más rápido de lo que esperaba y yo que estaba tan arriba me encontré bien abajo. El Indio comenzó a pedir desesperadamente que ayudaran a los que estaban caídos, que los rescataran y de repente esa euforia fue transformándose en preocupación. Ninguno de los que estaba conmigo pudo volver a disfrutar después de eso. Fueron varios minutos de tensión, no sabíamos qué sucedía más adelante e internamente sentía como varias historias que había leído se despertaban en mí. El recital se reanudó, pero ya la energía no era la misma. Todos sabíamos que algo pasaba cerca del escenario y no podíamos abstraernos de eso.

El Indio volvió a frenar el recital porque la situación continuaba y había gente desmayada. Ante esto muchos decidimos retroceder, preparados por si teníamos que irnos. En ningún momento me sentí apretada ni recibí ningún empujón, la gente podía moverse y muchos pedían permiso y seguían avanzando. El recital continuó, así como el fuego se apaga lentamente. Solo en un momento tuve miedo, creo que fue por tener consciencia histórica al ver una bengala roja encendida. Eso me hizo sentir amenazada. El grito de "pelotudo, apagala", "boludo apagá eso", me hizo sentir contenida, éramos varios los que repudiábamos al que se olvidó de esas 194 personas que murieron en Cromañón. La montaña rusa de emociones continuaba.

"En este film velado blanca noche", se escuchó y ahí el bloque saltó, se unió, cantó lo último que pudo y gozó un rato más. Después de ese instante de adrenalina, todo bajó. Empezamos a emprender el regreso y la salida no fue sencilla. Todos pegados unos a los otros como si nos hubiesen puesto plasticola, avanzábamos a la par evitando perder a nuestros amigos, pero una vez más nos cuidábamos entre todos. Nadie empujaba ni intentaba pasar sin respetar al otro, si algún padre necesitaba que se le abriera el paso para sacar a su hijo todos nos corríamos de alguna forma para dejarlo pasar.

Salimos del predio aliviados y luego de haber estado tan apretujados volvíamos a respirar. La odisea no había terminado y ahora la caminata a Luján parecía una entrada en calor en comparación a todo lo que nos faltaba para llegar a la combi que nos llevaría de regreso a Capital. Charlábamos para evitar pensar en el silencio y estábamos cansados, pero no abatidos hasta que llegó la noticia. Según Twitter, habían muerto seis personas en el recital y había varios heridos. A partir de ese momento no pude volver a hablar, algo que habitualmente me es imposible, pero en ese momento no podía pensar en otra cosa más que en eso. Me dolía el pecho al pensar que donde hace un rato saltaba y cantaba habían muerto personas. Algunos habían ido a ver a su ídolo y no regresarían jamás a su casa, alguna esposa había despedido a su marido pensando que volvería más tarde con anécdotas y no volvería jamás. De repente, comenzaron a entrar cientos de mensajes de amigos y familiares desesperados preguntándome si estaba bien, que habían visto en las noticias que había personas muertas y necesitaban asegurarse de que yo no fuese una de ellas. La angustia continuaba porque no solo no podía enterarme qué había sucedido ahí dentro, sino que tampoco podía responder los mensajes, no había señal y la situación emporaba cada vez más.

Llegamos a la combi y lloré, lloré por miedo, por tristeza y por desesperación. Empezamos a llamar a nuestros conocidos que sabíamos que estaban en el recital, muchos no atendían y era imposible no pensar lo peor. Los celulares comenzaban a quedarse sin batería y la angustia crecía cada vez más. Al cerciorarme de que todos estaban bien pude sentir un microscópico alivio, pero me dolía el pecho. No podía ni puedo aún comprender cómo puede ser que alguien vaya a un show y no vuelva a su casa, cómo aquel espacio de contención donde la unión es tan fuerte haya sido vulnerado.

La angustia no se va, ni creo que se vaya esa amargura al hablar del 11 de marzo de 2017, porque mancharon un espacio con una fuerza admirable. El diablo metió la cola por envidia y probablemente mi bautismo haya sido la última misa.

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