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Se cumplieron 10 años de la segunda desaparición de Jorge Julio López. (Télam)

Desaparecer dos veces

Jorge Julio López fue secuestrado y torturado durante la última dictadura cívico militar, pero volvió de la muerte para dar testimonio en el juicio al represor Miguel Etchecolatz. Después, en plena democracia, desapareció para siempre.

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Tomás Godoy (@tomigodoy1994)
20 de Septiembre de 2016

El 18 de septiembre de 2006 se produjo la segunda desaparición de Jorge Julio López. Querellante y testigo clave en la causa que se le seguía a Miguel Etchecolatz por delitos de lesa humanidad, López desapareció en plena democracia el mismo día en que debían llevarse adelante los alegatos finales en el Juicio Oral que luego condenaría a uno de los represores más siniestros de la Argentina.

Si bien su primera declaración había sido en los Juicios de la Verdad de 1999, el 28 de junio de 2006, casi tres meses antes de su desaparición definitiva, López dio su último testimonio. Esos detalles fueron decisivos para condenar al genocida emblema de la Policía Bonaerense. Para ese entonces, él ya estaba desaparecido. En la siguiente crónica, se reconstruye la manera en que López recordó el accionar de Etchecolatz, Camps y sus cómplices con un nivel de precisión que aterrorizó a los presentes.

El recuerdo del horror

—¿Quién decía todo eso?

—¡¡Etchecolatz, el señor Etchecolatz!! Él personalmente dirigió la matanza.

Corría el 28 de junio de 2006 y una voz se había alzado temblorosa pero con determinación para acusar al ex Director de Investigaciones de la Policía Bonaerense, Miguel Etchecolatz, y otros genocidas por perpetración de torturas, privación ilegal de la libertad, homicidio calificado, desaparición y otros crímenes cometidos durante la última dictadura cívico militar.

Era Jorge Julio López, que gritó con firmeza ante la pregunta del Dr. Carlos Rozanski, Presidente del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata a cargo de la investigación de la causa en la que se condenaría a Etchecolatz, brazo ejecutor de los delitos de lesa humanidad planeados por el ex Jefe de la Policía de Buenos Aires, Ramón Camps.

López había ingresado al Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata para brindar su declaración testimonial acompañado por su familia, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y organizaciones de DD HH. Usaba una campera polar bordó y camisa a cuadros. Se sacó la boina azul y se dirigió hacia los jueces, con la cabellera canosa al descubierto.

Inclinó la cabeza y realizó el juramento de decir verdad en su declaración como testigo clave. En lo formal, por la imposición de las normas legales que condenan el falso testimonio. En los hechos, por la incontenible necesidad humana de retratar, con palabras, el tormento vivido, por la obligación de conciencia que le imponía su minuciosa memoria y por la responsabilidad moral de hacer realidad la promesa que les había hecho mientras estaban secuestrados a sus compañeros de militancia. Luego, se dirigió a la silla y se sentó de frente al Tribunal, retrotrajo su mente al pasado y comenzó a narrar su historia.

"Fui detenido en mi casa. Fue el señor Etchecolatz y se estableció en un auto con su chofer (Hugo) Guallama. Los reconocí. Después me subieron a un carromato, me vendaron los ojos y me ataron las manos con alambre".

Su mente parecía escenificar esa noche del 27 de octubre de 1976 en el que los militares y policías lo habían ‘chupado’ de su casa de 140 y 69, en Los Hornos. Ese mes, la Unidad Básica ‘Juan Pablo Mestre’, donde militaba, había sido acribillada y quemada. La mayoría de sus miembros habían sido secuestrados y muchos continúan desaparecidos.

"Fui llevado a la aviación, donde estuve dos días y ahí, Etchecolatz, dijo: 'Voy a felicitar al personal por haber agarrado a dos montoneros'. Nos picanearon toda la noche".

Prohibido Olvidar

López estuvo secuestrado-desaparecido entre octubre de 1976 y junio de 1979. En ese lapso fue torturado hasta el hartazgo en las Comisarías 8va y 5ta, y en el centro clandestino de detención Pozo de Arana. Luego, fue derivado a la Unidad 9, donde continuó detenido hasta ser liberado a mediados de 1979. Allí se reencontró con otros secuestrados y conoció asesinos en serie vestidos con uniforme militar o chaleco policial.

"Nos pusieron en una celda y nos volvieron a picanear, a todos. Sentí a una mujer que gritaba. Me asomé y estaba el señor Plaza (Antonio, Arzobispo de La Plata), que la había llevado. La mujer le decía: '¿Por qué no me defendió Padre?' Cuando la torturaban, dijo que la había entregado Plaza, porque cuando la perseguían se metió en la Catedral".

Jorge Julio López fue uno de los pocos testigos que identificó a los dos máximos jerarcas de la Policía Bonaerense Ramón Camps y Miguel Etchecolatz, mientras comandaban, en persona, las torturas. En este Juicio Oral, Etchecolatz fue condenado por la responsabilidad directa en el secuestro, tortura y asesinato de 281 víctimas, 18 de ellas mujeres embarazadas. Camps ya había muerto.

"A Camps lo vi en la (Comisaría) 5ta y en el Pozo (de Arana). Le pusimos 'Capitán Cucaracha', porque salía a las 11 de la noche, como las cucarachas".

Camps y Etchecolatz tenían una forma de proceder tan bestial como la que ejerció Eduardo El TigreAcosta en la ESMA. López describió su accionar plagado de detalles: nombres, lugares, armas, vestimentas. Ambos represores fueron recordados como fríos e impunes para torturar y asesinar. No tenían, en el costado más profundo y rancio de sus seres, una conciencia moral que reprimir, olvidar o violentar. Simplemente eso no existía.

"Te ataban a un colchón, manos y pies. Y te ponían una pinza en la punta del dedo, acá o acá (López se señaló los genitales y luego agarró el lóbulo de su oreja). Un día, nos picanearon toda la noche. Etchecolatz se reía".

Los represores creían tener la posibilidad de decidir quién vivía y quién no; y, mediante las diversas formas de tormento que aplicaban u ordenaban aplicar, le rendían pleitesía al poder de dar muerte.

"Entonces Etchecolatz me dijo: 'Me conocés. Ahora vas a ver. Hacete el guapo como aquella noche'. Se dio vuelta y les dijo a los milicos: 'Prendela directo desde la calle a la máquina, que a este gringo que está en la parrilla yo lo picanié en otro lado y la batería estaba floja. Subile un poco más, así matamos al montonero hijo de puta este'".

Mientras recordaba, López señaló imaginariamente a los torturadores.

"Había un grupo que le decían La Patota, que era el de Camps. Y al de Etchecolatz le decían la Gestapo, así se nombraban ellos".

Embriagados de odio y rencor, los secuaces de Etchecolatz y Camps se deleitaban con el sufrimiento de sus víctimas hasta terminar en el exterminio sin motivo de cientos de personas deshumanizadas. Pero cuando así lo deseaban, prolongaban la agonía de individuos cuyo destino de muerte ya estaba decidido.

"De comer nos daban cada dos días. Agua, cuando se acordaban. Cuando nos sacaban para picanearnos, decían: 'Acá no se puede ni entrar del olor a mierda que hay'. No nos llevaban ni al baño. Y cuando nos abrían la cabeza de un bastonazo, meábamos la herida para cicatrizar. Nos meábamos, así nos curábamos. Quería que me maten, por Dios lo digo".

López hizo una pausa. Se sentía ahogado por la tragedia que rememoraba pero se mostraba pleno por no faltar a la verdad. Tenía grabado en la mente el momento en que lo trasladaron a la Unidad 9, para su posterior liberación.

"Entraron a la celda y nos dijeron: 'Julio Mayor, levántese. Jorge López, levántese'. Entonces, Mayor susurra: 'Cagamos. Chau Gallego, en el cielo nos vemos'. Creímos que nos iban a boletear (…) Nos dieron de comer unas albóndigas que algo le habían puesto. Nos dormimos. Cuando nos levantamos en la Unidad 9, los que estaban ahí nos preguntaron: '¿De dónde los trajeron, del cementerio?'"

Durante su cautiverio, López supo convivir con gente que tenía los ojos opacos por el dolor, propios de una muerte en vida. Muchas personas con ganas de vivir, que miraban con la frente en alto a una vida que abrazaban y que sabían que podían perder en cualquier momento. Algunos de ellos, rendidos, no temían, esperaban la muerte y ya. Otros cómo él, por el contrario, no tenían miedo de morir, sino de quedar vivos.

Violaciones a mujeres

Cuando narraba las miserias que sufrió junto a otros hombres, López soportó la angustia. Sin embargo, al recordar las penurias de mujeres, comenzó a llorar.

"A Patricia Dell'Orto la conocí desde antes de la universidad. Nunca agarró un arma. La trajeron toda torturada. Le sacaron un mechón a la rastra con pelo y todo. Sangraba mucho y me dijo: 'Esos hijos de puta de la patota me violaron. Uno me tenía del brazo y el otro me violaba'”.

López no pudo contener más el llanto y se quebró, una vez más

"La sacaron mientras gritaba: 'No me maten, no me maten, llévenme a una cárcel pero no me maten. Quiero criar a mi hija'. Y ellos la sacaron. Si un día encuentran el cadáver, van a ver que tiene un tiro que le entra por la frente y le sale por la nuca. 'Boom', se escuchó. Después sacaron al marido".

Un servidor

Jorge Julio López recuperó la libertad en junio de 1979. Volvió a su casa, en silencio, a ganarse la vida y mantener a sus hijos con changas y trabajos de albañilería. Pero en prisión había hecho el juramento de no olvidar lo vivido. Para eso, ejercitó la memoria durante las épocas en las que aún reinaba el miedo, en plena dictadura, la amenaza latente de un nuevo golpe de Estado, en la década del 80’, o la impunidad, a partir de los 90’.

Recién en junio del 2006 (20 años después de su primer secuestro), cumplió su promesa. Dar testimonio de lo vivido: ser voz y alma de los compañeros a los que vio ser torturados y asesinados en los centros clandestinos de detención que conformaron el ‘Circuito Camps’. En él hablaban, sentían, oían, recordaban y denunciaban varios desaparecidos.

Gritó con un tono manso y uniforme lo que muchos habían intentado acallar, otros ocultar y algunos ignorar: la perpetración de las más monstruosas y repugnantes violaciones a los derechos humanos. Tras declarar durante casi tres horas ante los jueces Rozanski, Lorenzo e Insaurralde, el Presidente del Tribunal, le agradeció. López se levantó de la silla, con las manos rectas y paralelas a las piernas, hizo una pequeña mueca y afirmó, mientras en el Salón Dorado retumbaban los aplausos:

"Por favor. Todas las preguntas y cooperación que necesiten, un servidor"

 

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