Un grupo de 20 matones, comandados por Mariano Martínez Rojas, destrozó las instalaciones del diario mientras los efectivos policiales impedían el ingreso de los trabajadores. Este martes saldrá a la calle una edición especial.

Y Tiempo no para

Catalina Sarrabayrouse, Alina González Etter @aligonzalez_ y Alvaro Nanton @Nantonalvaro

28 DE MARZO DE 2018

El periodismo es libre o es una farsa”, expresó una vez Rodolfo Walsh y sentó las bases del oficio. Su imagen, que estaba enmarcada enalteciendo su figura, hoy yace en el suelo, destrozada en la redacción de Tiempo Argentino. Allí no se reciben buenas noticias desde diciembre pero aún así continúan ejerciendo su tarea periodística a pesar de no recibir un sueldo por su trabajo y con la pasión puesta en juego desde el nacimiento de la cooperativa que, hace unas semanas, celebró los primeros pagos y la dignidad de los laburantes.

El aire que se respira en el lugar está cargado de dolor. Las palabras, tan cuidadas por estos profesionales, hoy se repiten: tristeza, indignación, impotencia y abandono. La búsqueda de sinónimos llegó a su fin. Los colegas se preocupan y se ocupan. Entre tanto desorden, los dueños de casa le dan la bienvenida a todo aquel que se acerca a ver, a ayudar y sobre todo a difundir lo ocurrido. Las pecheras azules, las caras largas por la falta de sueño y el fastidio son las vestimentas de los periodistas en Amenábar 23, donde funciona el diario y Radio América. Los cuadros rotos, los pisos repletos de vidrios, las sillas destrozadas y las paredes abolladas y agujereadas, pruebas contundentes de lo que sucedió la noche anterior, recrean una escena digna de película de terror. Nadie quiere creer. Nadie lo puede creer.

En la madrugada del lunes 4 de julio, al igual que en tantas otras desde fines de diciembre, un grupo de trabajadores se encontraba en la redacción haciendo guardia. Mariano Martínez Rojas, quien se adjudicó el título de dueño del diario y la Radio América (después de una negociación con Sergio Szpolski, en enero de este año), decidió ingresar por la fuerza al establecimiento, acompañado de 20 matones. El ataque tuvo un objetivo claro: intentar romper, dentro del edificio, todo aquello que pueda permitir la salida del diario. El ataque periodismo libre que no tiene patrón y desde donde la línea editorial responde al ejercicio de la profesión, desde una mirada sobre los hechos.

Nos da mucha bronca la desidia del Estado y la fuga de los empresarios, pero nosotros logramos ponernos al frente, mantener los puestos de trabajo y un medio de comunicación, algo que no fue fácil. Vamos a salir adelante. No nos van a frenar estos 20 patoteros, ni Mariano Rojas”, declaró el periodista Alejandro Wall, vocal de la cooperativa y delegado de Tiempo Argentino. Entre tanta impotencia, al igual que sus compañeros, se mantiene de pie y más plantado que nunca. Sus raíces están en la redacción y con la bandera en alto rindiendo culto a la libertad de expresión, listos para dar batalla.

El origen del conflicto se remonta a diciembre del 2015 cuando los empresarios Sergio Szpolski y Matías Garfunkel (socios mayoritarios del Grupo 23) decidieron dejar de pagar los sueldos a los trabajadores del diario y la radio, cerrar publicaciones y caminar sueltos por la calle. Pero el amor a la profesión fue más fuerte y no pudieron callar sus voces. Entre festivales (el más recordado, con 20 mil personas en Parque Centenario), colectas y eventos callejeros) los miembros de Tiempo Argentino decidieron montar una cooperativa y ”Por más Tiempo” salió a pisar fuerte. A partir de aquí el camino se volvió arduo y la mochila se hizo día a día más difícil de cargar. El primer paso fue lanzar dos ediciones online y luego la vuelta al papel se materializó el 24 de marzo, a 40 años del último Golpe Cívico-Militar. En un contexto de memoria y reivindicación a la libertad, el diario salió a la calle. El país valoró el retorno y 30 mil ejemplares fueron vendidos en una movilización multitudinaria.

Cada domingo sale publicada una nueva edición escrita por trabajadores, ya sin cobertura médica porque la empresa también atentó contra la salud, pero el amor al periodismo y la capacidad de resistencia de las fuentes laborales no los deja bajar la cabeza, con una organización muy distinta a la de una redacción convencional. A la hora de cerrar los ojos, recostarse y finalizar el día, muchos de ellos no se encuentran cómodos en sus casas durmiendo en su cama apoyando la cabeza en una almohada reconfortante. Están en ese trabajo que no pueden abandonar por miedo a que sea arrebatado, atacado y maltratado como sucedió ayer por la noche.

La libertad de prensa es uno de los derechos que poseen todos los ciudadanos del país y violentar un medio de comunicación es un delito. A pesar de que sus miembros no cobren salarios de una patronal fugada, no reciban una respuesta del Estado ante sus reclamos legítimos (pese a las repetidas marchas y reuniones que el Ministerio de Trabajo, con Jorge Triaca como titular, nunca atendió con responsabilidad funcionaria), los laburantes se abrazan para sostener su fuente de trabajo pese a recibir este tipo de apretadas.

Intentaron callarlos, intentaron silenciarlos pero no pudieron ni podrán, Tiempo Argentino seguirá. El martes saldrá publicada una edición especial donde estos periodistas contaran lo sucedido porque como dijo una vez aquel señor cuya imagen fue destrozada, se mantienen “Fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en tiempo difíciles”.

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La patota de la patronal

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