Murió Eduardo Rafael, maestro de periodistas en las redacciones y en las aulas de Deportea.

Chau, Flaco

Andrés Mazzeo

28 DE MARZO DE 2018

"¡Qué frase!", dijo una vez escuchando una letra de Cátulo Castillo. Porque para el Flaco Rafael el tango primero, y el fútbol después, eran una devoción. Era el exponente de una bohemia que se perdió en el tiempo, cuando los periodistas salían de las redacciones a la madrugada y se iban a comer o a tomar una copa escuchando tangos por la avenida Corrientes hasta que amaneciera. Las mañanas no existían y la vida recién empezaba después del mediodía.

Como buen porteño, amaba a su madre y, machista al fin, de joven fue un "cuida" de sus hermanas menores. A Marta, la mayor, la acompañaba a las milongas y no la dejaba bailar más de tres tangos con la misma pareja. Y a Cristina sólo le aprobó al novio cuando supo que era fana de Pugliese. El orgullo de las dos se mantiene en el tiempo cuando hablan de aquel flaco alto y pintón: "Todas nuestras amigas estaban enamoradas de él".

Recordaba siempre sus inicios en el periodismo en el vespertino Noticias Gráficas pasando información desde las canchas. A pocos meses de entrar se jugaba la final del Mundial de 1962 entre Brasil y Checoslovaquia y un jefe, al que la pasión por el vino había superado la que le despertaba el fútbol, le dijo si se animaba a cubrir el partido desde la redacción mientras él se iba al bar. Y el Flaco se animó, y la nota salió tal cual la había escrito. Y así comenzó su trayecto. El siguiente paso fue el diario Crónica, en el que empezó como colaborador y terminó como secretario de redacción. Ahí cubrió la campaña del Estudiantes multicampeón desde La Plata hasta Manchester y hasta viajó para entrevistar a Perón cuando estaba en Puerta de Hierro. "La noche anterior me agarré una tremenda descompostura con fiebre, no sé si por los nervios o por algo que había comido. A duras penas pude ir al día siguiente. En la foto del diario pareciera que Perón me estaba haciendo un análisis político y lo que realmente hacía era darme consejos para cortar la diarrea", contaba entre sus innumerables e increíbles anécdotas. La Opinión, redacción en la que tiró paredes con Osvaldo Soriano, La Tarde, El Gráfico, La Maga, Tiempos del Mundo fueron otros eslabones de su carrera.

Se definía como "hincha de Atlanta de corazón y de Vélez por adopción". Fue amigo de Osvaldo Zubeldía y de Carlos Bianchi, quien durante su etapa de gloria en Vélez recibía su visita en la concentración el día anterior a los partidos. También compartió horas y viajes con César Luis Menotti y con Carlos Bilardo, entre otros hombres del fútbol, y cafés con poetas como Enrique Cadícamo y músicos como el Gordo Troilo y Osvaldo Piro.

Fue tanguero hasta para elegir el nombre de sus hijos, aunque tuvo que negociarlo con Rosa. Por su admiración por Discépolo quería que el varón fuera Enrique Santos, pero tuvo que limitarse a colarlo a Manzi en el Alejandro Homero. Y la mujer tenía que ser Malena, ¡qué otra!, pero fue Laura (por la "sala de baile" de la calle Paraguay que competía con la de María la Vasca a principios del siglo pasado).

Era cabezadura a veces, como cuando sostenía inflexible que el Beto Alonso no estaba entre los mejores 50 jugadores de la historia de River y en uno de los manteles de papel de Pippo, artísticamente salpicado de tuco y pesto, empezaba a escribir: Pedernera, Moreno, Labruna, Walter Gómez, Sívori…, sin dar el brazo a torcer. Y generoso siempre, como lo puede atestiguar cualquiera que lo haya conocido.

Eso sí, hay que reconocer que Rafa tenía dos grandes defectos en sus pasiones. Porque al Flaco no le gustaban ni Riquelme ni Piazzolla, aunque aceptaba que Adiós Nonino era uno de los tres mejores tangos instrumentales de la historia. Pero esto puede ser considerado como un pequeño desliz, un detalle menor en su vida.

Las charlas que durante muchos años dio los lunes a la mañana en Deportea quedaron grabadas en todos los que las presenciaban."Hoy a la mañana, cuando mi mujer me despertó para que viniera acá, dije '¡la concha de la lora!'". Y ante la sorpresa de los chicos, que no se esperaban semejante arranque, les preguntaba: "¿Saben de dónde viene esa frase? ¡Cómo puede ser!. La usan cada cinco minutos y no lo saben". Y ahí sí, ya con todos en el bolsillo empezaba a contar historias de frases, de tangos, de partidos y de todo aquello que tuviera que ver con la vida cotidiana en Buenos Aires.

Cuando se acercaba el final, Carolina, la secretaria de Deportea sacó un papel de su cuaderno. "Hace más de 10 años el Flaco me dijo que en su velorio quería que tocaran estos cuatro tangos. Y yo los guardé". Los elegidos: Desde el alma (un vals), Recuerdo, Responso y Te fuiste ja ja (la puta madre Flaco, ¿te parece que era un momento para hacer esa joda?). Y allí sonaron, en un celular, claro, toda una herejía en el caso del Flaco que hasta se resistía a las computadoras tecleando su vieja Olivetti.

El último adiós lo encontró rodeado de sus afectos en la misma fecha y hora en la que había muerto su madre, quizá un guiño a esa persona a la que había adorado.

Chau Rafa. Y sí…, tenías razón. ¡Qué frase la de Cátulo! "La vida es una herida absurda".

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