Río de Janerio fue elegida como el centro del Mundial y para albergar a la final, pero lejos de abrazar su identidad, la FIFA montó su negocio sobre todo.

La ciudad de la FIFA

@equipotyd

28 DE MARZO DE 2018

Río de Janeiro es Brasil. En su esencia. En sus venas. Es donde converge las arterias más finas del corazón brasileño: la locura de la noche, el mar y la playa, y las distintas casitas que iluminan hasta casi el cielo a toda la ciudad desde lo morros.

Es la pobreza de pibes pateando descalzos frente al consumismo capitalista masivo del FIFA Fan Shop, local casi del tamaño de una cancha de fútbol. Para llegar a una comparación fehaciente, el peluche de la mascota oficial, que tiene un mes y días de vida útil, cuesta $72 reales (casi 400 pesos). Río es así, tan cara como global en sus gustos y calles. Una pizza normal y promedio cuesta 30 reales, mientras que a menos de 500 km en San Pablo aparece la misma a 10.

De espalda a la locura de la rutina, la costa alberga a cientos corredores, jugadores de fútbol, vóley y cualquier otra disciplina durante todo el día. Tanto a las cuatro de la mañana como a las 11 de la noche. Siendo las 2 AM de un martes, las luces iluminan las canchas, los postes de los arcos y cualquier escenario para practicar deporte, esté o no ocupado.

¿Se imaginan qué planteos sobre el "malgaste" de energía se originarían desde la pantalla caliente de la TV en Argentina? 20 km lejos de las arenas mundialistas de Copacabana, la medianoche pasa y los pibes juegan a la pelota. Los cracks se sienten a los lejos. Un flaquito por el costado derecho deja en evidencia que Cafú, Roberto Carlos y demás no son casualidad.

Tanto desfasaje pierde agua por varios lugares. El primero, tal vez de lo más molesto, es el constante tráfico que recién durante la madrugada suele dar un respiro. Otro, la falaz mentira de unidad que se expande desde el seno de la FIFA y los mainsponsors como Coca-Cola, cuando es malo para el negocio la convivencia con clases humildes que no poseen el capital importante y necesario para incursionar por las vías de la Copa del Mundo. Hasta en el propio Fan Fest, lugar de comunión y comunidad según los eslogan, se restringe el ingreso de alimentos y bebidas, obligando a consumir necesariamente en el predio a precios internacionales. La lata de Brahama cuesta seis reales (31,5 pesos) y la de gaseosa, cuatro.

Así es Río, la ciudad que en los papeles y en los hechos, es la más influyente y mundialista de Brasil. Quedará en el ojo crítico de cada visitante recordar el ostentoso local para aficionados de la FIFA (¿cuántos socios tiene el Sr. Blatter y Julio Grondona en el mundo?), o del mismo tamaño unas cuadras más adelante, unos pibes jugando al futbol en la playa sin más que una pelota entre sus pies descalzos.

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