La delegación argentina de tenis de mesa adaptado, que ya está compitiendo en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016, se entrenó arduamente en el CENARD para llegar en óptimas condiciones al torneo. En la fase preliminar, sólo Cópola consiguió un triunfo, mientras que Depérgola y Eberhardt perdieron dos partidos cada uno. 

Ping pong sobre ruedas

Matías Kreutzer

28 DE MARZO DE 2018

Una semana antes de viajar a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro, la delegación argentina de tenis de mesa adaptado, como siempre, entrenó. Ingresaron al segundo piso del gimnasio de boxeo del CENARD, donde había nueve mesas de ping-pong, los deportistas Mauro Depérgola, Gabriel Cópola y Fernando Eberhardt, junto con el entrenador Luis Ferreyra y sus 17 alumnos que entrenaban a la par de los anteriormente mencionados.

La práctica de tres horas comenzó con ejercicio aeróbico y calentamiento de brazos. “Los que están en silla de ruedas, dos giros a la silla para un lado y movimiento circular con la otra mano, después cambien de brazo. Los otros, caminen alrededor de las mesas haciendo rotar los hombros, uno y uno”. Ese tipo de indicaciones dio Ferreyra durante 30 minutos, antes de pedirles a los jugadores que formaran parejas para jugar.

El salón parecía un santuario en el que lo único que se escuchaba era el toc-tac-toc-tac de la pelotita contra la paleta y la mesa. Los jugadores golpean con velocidad, precisión y efecto.

En dos mesas se encontraban los tres representantes argentinos para Río de Janeiro y un alumno de gran nivel, Gonzalo Acosta. "Un partidito libre, chicos, a ver cómo están hoy", dijo el entrenador. Los partidos eran muy parejos. Generalmente, el que sacaba se quedaba con el punto. La pelotita iba con mucho efecto y al querer devolverla, y no dejarla fácil para el contragolpe rival, hacían golpes arriesgados y muy cerca de los flejes de la mesa, con gran probabilidad de errar. Pero esta paridad terminó con un gran punto de Mauro Depérgola, quien se dirigió a un costado de la mesa y pegó un revés con gran potencia, que pasó por el lado exterior de la red e ingresó a la cancha. Un punto válido en ping pong y primer set para el nacido en Buenos Aires.

Depérgola comenzó a jugar hace ocho años en el Club 25 de Mayo de Olivos, donde había ping-pong. "Un día me quedé mirando, me dijeron que se podía jugar en silla de ruedas y me gustó la idea”, dijo durante el descanso entre set y set del partido. “Empecé a probar partidos amistosos y después vine a practicar al CENARD. Fue todo muy rápido, en seis meses ya estaba en competencias nacionales e internacionales. No era un amante del tenis de mesa, pero una vez que empecé a practicar, nunca más pude dejarlo”, comentó.

A Depérgola le llamó la atención que, incluso al jugar contra personas sin discapacidades, él mostraba un nivel superior. Eso lo llevó a practicar cada vez más, todos los días. Encontraba algún tiempo libre y decidía invertirlo en el entrenamiento. Debido a los buenos resultados que obtuvo en los torneos que se hacían durante el año, decidió ir a entrenar al Cenard, donde practicaban los que ahora son sus compañeros de equipo: Gabriel Cópola y Fernando Eberhardt. Como integrante de la delegación argentina, Depérgola participó de Grand Slams y muchos torneos, hasta que este año tuvo la posibilidad de estar en Río mediante un Wild Card (invitación que el Comité Paralímpico Internacional da a algunos deportistas que no pudieron clasificar por el sistema convencional a los Juegos y que cree que deberían haber accedido).

"Los Juegos Paralímpicos no son para cualquiera, así que no se distraigan y vamos a terminar los partidos, a los tres les digo, dejen de hablar", les dice el entrenador, entre risas, a Depérgola y sus compañeros. "Último ejercicio y a casa”, dijo Luis. “Vamos a meterle con ganas, cánsense que después de este ya se van a dormir". Cada jugador debía alejarse de la mesa y tirarle una pelota alta a su contrincante para que rematara y se la devolviera. Eso, veinte veces.

Al final del entrenamiento, las luces se apagaron y el entrenador, mientras dejaba las llaves en la administración, despidió a cada uno por su nombre y apellido como lo hacía siempre, inculcando respeto y valores además de técnica.

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